lunes 23 de noviembre de 2009

Octava y última llamada



Llevo dos horas sentado en la misma comisaría de policía, desde las seís de la mañana, hora en la que los periódicos salen de la imprenta para ser distribuídos en cada esquina de la ciudad. Nueva York es un tapete donde lo importante es repartir las mejores cartas a los jugadores, y los chicos del New York Herald saben que para repartir las mejores cartas hay que tener una buena fuente: la policía, ese peculiar terrario al que van a parar todo los gusanos.

-Jerry, maldito bastardo, dile a Bob qué hiciste ayer en el local de Madame Dirken, que se lo cuente a su hermanito y que lo publiquen en su panfleto de mierda.

Aquí todo el mundo me llama Bob. Darnton Junior, si acaso, pero solo algunos peces gordos que conocieron a mi padre, Vincent Darnton, famoso periodista que recibió de golpe toda el reconocimiento que había deseado a lo largo de su carrera al mismo tiempo que recibió una bala en el culo al otro lado del charco. Peces gordos que le conocieron en los años posteriores a su accidente, en aquellos cinco años en los que que continuó ejerciendo el noble pero amargo oficio del periodismo local antes de morir por las heridas obtenidas. Pero estos peces gordos son una excepción, desde luego. La policia sigue siendo igual de corrupta pero ha perdido la vista global, decía mi padre, se han vuelto ciegos. Al menos en comisarías como la de Brownsville, en la que como ya he dicho llevo dos horas sentado, los idiotas como los agentes Jerry y Mike están por todos lados.

-Jeje... diablos, Bob... ¿Te... te acuerdas de Claudia?. No me mires así, Bobby, yo te respeto, respétame tú a mí. Oh, vamos... aquellas, sí, bueno, aquellas furcias que encontramos en el gabinete del señor Sullivan, el tipo australiano que... ¿Me estas escuchando?
-¿Qué te parece eso, Jerry? No te está escuchando, sigue leyendo esa bazofia que le dieron en Cambridge. Enséñaños qué llevas ahí, muchacho.

Si sigo aquí es en parte por honrar su memoria pero sobretodo por la presión de mi hermano Chris, columnista del Herald como todos y cada uno de los miembros de la familia Dartnon. Prometí pasar aquí cada mañana de los lunes, miércoles y viernes para tomar apuntes sobre casos policiales. Desprecio a los policias dentro de lo que mi situación me permite. Por lo general no molesto, me llevo algunos libros para ditraerme y procuro no estar en medio. Tampoco a ellos les hace demasiada gracia tener a alguien como yo fisgoneando en sus archivos, para la policía no soy más que la variación de un picapleitos. Sin embargo, poca o ninguna diferencia hay entre un periodista, un policía y un historiador.

-¡No te jode, Jerry! ¡El muchacho guarda una novela dentro del Penthause!

Me gradué en Historia hace ocho años. Entré en la universidad de Columbia gracias a los contactos de mi padre, que hurgó en su orgullo lo suficiente como para encontrar alguien a quien pedirle un favor tan humillante. Que me decantase por la Historia no sentó bien a nadie, pero que además recibiese una beca para marcharme a Inglaterra fue la gota que colmó el vaso del pragmatismo de los Darnton.
A tu padre no le mató aquel metal coreano que los coreanos le pusieron en el culo, me recuerda mamá a veces, fue tu decisión de irte a Cambridge a por ese condenado doctorado. Y razón no le faltaba, corroboraba mi hermano.

-¿Qué demonios os pasa, chicos?- contesté al mismo tiempo que arrebataba el libro de Huizinga de las manos de Mike, compañero de patrulla de Bob y, lo peor de todo, el portavoz del sargento Woody. Eso lo convertía en mi conexión con la comisaría - Llegaís tarde.
-¿Qué estabas leyendo?
-No es de tu incumbencia, Mike.
-¿Pero por qué lo escondes?
-Escucha pedazo de animal, la secretaria de mi hermano me llamará enseguida y querrá información sobre el caso del cadillac del alcalde que hayaron en la bahía. Dicen que dentro había una chica. Bien ¿Qué tienes?
-Verás, Bob, el sargento no me dijo qué se puede y qué no puede decir -dice Mike- así que me temo que no hay nada que decir.

Nada nuevo bajo el sol. En Cambridge no se me previno para esto. Aún así, parece ser una buena vacuna contra el empirismo ingenuo que tanto adoran los beefeaters amantes del Cricket. En Nueva York la policia tiene una versión sobre los hechos; versión que es, en primer lugar, la versión oficial. Aquí no se hace trabajo de campo. A partir de sus declaraciones la prensa negra escribe sus crónicas. Se presupone que la falta de objetividad se compensa con estilo. Desde la portada hasta las necrológicas: sencillamente, ni método ni moral. Por no hablar de la censura.

-Pero te contaré algo mejor. En realidad lo hará Jerry, ¿Verdad Jerry?
-Bueno, no creo que sea necesario, Mike.
-¡Oh, venga! Está bien. Verás, hijo, el agente Jerry Graham, encontró una cosa muy especial en el coche patrulla esta mañana -los dos se ríen a carcajadas- ¿Y sabes qué era, hijo? Una preciosidad, sí señor ¿Sabes el qué?
-Sorpréndeme -le digo.
-El maldito hijo de puta estuvo anoche con su pequeña furcia jugando en el asiento de atrás después de hacer la inspección por, bueno, ya sabes, aquella chica del alcalde trabajaba allí y todo eso -Jerry mira al suelo con algo de vergüenza e introspección-. Resulta que la pequeña fierecilla estaba practicándole una buena...
-Ahórrate los detalles -le interrumpo.
-¡Vamos Bob! !Pareces uno de esos remilgados con tu condenados aires a lo Irving Berlin!
-Dime lo que tengas que contarme y déjame en paz.
-Bien, pues resulta que la muchacha era tuerta y Jerry no lo sabía. Estaba tan borracha que ¡Se le cayó el ojo de cristal entre las piernas de Jerry! ¡Un magnífico ojo azul!

Aquello tenía gracia, la verdad. Aunque no quisiera estar en el pellejo de la pobre muchacha ahora mismo. Me gustaría poder mandar a mi hermano una historia parecida, o, incluso, ¿Por qué no? Debería escribir algún libro sobre la historia de la prensa negra, sobre las relaciones entre los policías, los asesinos y los periodistas. Quizás algún día lo haga. Antes de que todo se vaya al carajo. Al menos esta gente leería algo de historia y, de paso, hacer algo útil a ojos de mi hermano. Aunque, en realidad ¿Qué importa? El hermano del rector de Cambridge era un granjero mucho más rico que él. En un mundo que es cada vez mas un mundo los diarios sólo se preocupan por el patio trasero. Los crímenes tienen más importancia que los artículos sobre asuntos internacionales, lo privado predomina sobre lo público. Nueva York no es ni ha sido el paraíso, sencillamente los neoyorkinos se sienten más cerca del cielo como si... como si ciudad fuese en realidad un faro deslumbrante.

-Te crees muy gracioso, Mike, pero por qué no le cuentas a Bobby lo de aquella chica de Kansas, ¿Eh?
-Cierra el pico, Jerry.
-Oh, vamos, eso me interesa. Seguro que te puedo conseguir una buena portada.
-¿Ves como tienes la prensa en la sangre, Bobby? -se burla Mike- En realidad no es mi cuñada, bueno... -se ríe- todavía no.
-¡No se si lo será después de todo!
-Que te calles, he dicho. Espero que no tengas una condenada grabadora por ahí, Bob. Verás, llevé a Mery al teatro hace dos noches. Tendrías que haberla visto, toooda una monada. Bueno, este uniforme que ves es toda un amuleto para las mujeres aunque pocas veces conseguimos atraer a chicas tan dulces como Mery, palabra. ¿Sabes, Bob? Te pegaría, es muy de tu estilo.
-¡Pero cuéntale lo de la bolsa!
-Maldito estúpido, estoy haciéndolo. Bueno, todo fue perfecto. Después del teatro fuimos a zampar en un italiano del Soho donde nos tomamos una botella de vino entera. Y, bueno, el resto puedes imaginártelo. Todo de maravillas.
-Peero... -le hice entreveer que no tenía tiempo, lo cual, aunque era cierto, no estaba reñido con cierta curiosidad por saber qué clase de historia sería esta.
-Sí, sí... verás Bob, cuando ayer me desperté en el departamento de aquella preciosidad, a su lado, me sentí el tipo más feliz del mundo. Sin embargo, aquellos jodidos italianos... en fín, tuve que ir al servicio.

Tengo que detenerle para comprobar que no he recibido ninguna llamada de la oficina del Herald. Van a llamarme en cualquier momento y no sé qué narices decirle sobre la chica del cadillac.

-¡Que se joda tu hermano, Bob!- sugiere Jerry- ¡El final es lo mejor!
-Soys un publico estupendo, vosotros dos -dice Mike, bastante lacónico.
-Y vosotros largaís demasiado y además nunca sobre lo que me interesa.
-Bueno, que tuve que ir al servicio -prosigue Mike sin hacer caso a mi comentario- y, vaya..., todo lo del italiano tenía mejor pinta que cuando nos lo sirvieron, palabra. Pero no fue hasta que fui a estirar de la cadena cuando me di cuenta de la gravedad del asunto -Jerry estalla en carcajadas-. Imagínatelo, después de siete citas intentandolo no podía dejar un rejalo similar en aquel retrete. Probé con todo, Bobby, con todo. En aquel maldito cuarto no había manera de hacer tragar aquello. Probé con el agua de la fregona, el único que había en todo el departamento pues al parecer Mery no paga sus facturas a tiempo -la risa de Jerry es tan exagerada que atrae las miradas de otros agentes- ¡Maldito Jerry, vas a meternos en problemas!
-Mike, escúchame bien: no tengo todo el día -le digo sin poder esconder media sonrisa.
-Te lo estas pasando tan bien como este gusano ¿Verdad? Bueno, pues, decidí "cazar" esa ballena con mi calcetin y sacarlo bien por la ventana o por la puerta. No hará falta que te cuente lo que me costó aquello, supongo -niego con la cabeza, a punto de reir yo también- bien, chico listo. Decidido a salir de allí lo antes posible para deshacerme del cuerpo del delito, me propuse dar un pequeño beso de despedida a Mery, que seguía, o eso pensaba yo, dormida en la cama. Pero, bueno, no me malinterpretes, Bob, pero al verla allí semidesnuda pensé qué demonios, quizás pueda darme otra fiestecilla si Mery está por la labor ¡Y vaya si lo estaba!, ante tamaño espectáculo se me olvidó todo el asunto del calcetín, así que cuando tuve que marcharme, lo dejé sobre la mesa de la cocina sin más.
-¡Santa Claus se ha adelantado este año! ¡Apuesto a que no volverá a colgar otro par de medias en diciembre nunca más! - culmina Jerry. Los tres estallamos en sonoras carcajadas hasta que desde dentro del despacho del sargento un par de dedos entreabren la cortina.

-Soys unos idiotas, los dos, ¿Me oís?
-Verás Bob, no todos tenemos un bonito doctorado. Dime: ¿Qué le dirás a los del Herald cuando te llamen?







Imagen: Brassai

domingo 15 de noviembre de 2009

Septima Llamada

(o también conocido como "¿La última llamada?")


La puerta se cierra con un sereno “clack”, y haciendo desaparecer el último rallo de luz artificial (algo es algo), que iluminaba la estancia. Si hubiese estado allí habría escuchado los pasos alejarse por el pasillo hasta el ascensor, la puertas metálicas del ascensor abrirse y cerrarse, incluso el ascensor moverse hacia la planta baja. Pero yo no estaba allí. Nadie estaba allí. La casa estaba vacía.

En la oscuridad total nadie podría adivinar la disposición del apartamento, donde empiezan y acaban las paredes, ni donde están los muebles, si es que los hay, donde empieza el techo, ni de si tienes los ojos abiertos. Oscuridad, no penumbra. Absoluta oscuridad. Oscuridad casi también auditiva, rota de vez en cuando por un coche cruza la apartada calle, casi como un susurro ligero. No llueve, no hace viento, no ladran los perros, no se escucha a los vecinos, parece que ha comenzado el fin de la luz y del sonido, y que ahora todo estará en una total, absoluta, inmutable, y asfixiante paz. Desde esta noche, y para siempre.

Y cuando no nadie allí esperaba nada, un sonido de alarma irrumpe desde quien sabe que punto en el interior de la casa. Es un teléfono, un sonido clásico, lo que entendemos por el sentido estrictamente de timbre, un teléfono viejo a lo años 30. Resuena y retumba por toda la casa, en intervalos muy breves de tiempo, dejando menos de un segundo de espacio entre el fin de un timbre y luego otro. El sonido es insistente, penetrante, taladrante, molesto. Se trata de un dispositivo que se pensó precisamente para eso, no es ni una radio ni un tocadiscos, es la alarma de un teléfono, y cumple su función. Golpes en el silencio, golpes contra la oscuridad, golpes que no pueden durar para siempre, y que finalmente, tras un minuto, todo vuelve a la oscura normalidad.

Fuera quien fuera quien llamase no ha dejado mensaje. Esta llamada telefónica se ha perdido para nosotros, que no pudimos cogerla, y para quien viva en el piso, que no estaba allí. Quizás no era tan importante, o sí, nunca lo sabremos. No tengo más conocimiento de que pasó en aquel lugar, ni de que pasa, y mucho menos de lo que puede llegar a pasar. No se si hubo más llamadas o de si las habrá. Lo que si que sé es que en cualquier momento y sin ningún aviso puede volver a sonar el teléfono.

lunes 9 de noviembre de 2009

Sexta llamada

Pequeña fábula también conocida como: "plagiando a Kafka y a Conrad" o incluso:

"Pero no hagamos ya más literatura: (ni nos escribamos, ni nos saludemos si -de camino a clase- nos cruzamos en el pasillo)."



Pero no hagamos ya más literatura. Por este mismo correo (o mañana) te envío, certificado, mi cuaderno de versos, que guardarás, y del que podrás disponer para cualquier fin como si fueras yo mismo. (...) Adiós. Si mañana no consigo la estricnina en dosis suficientes, me arrojaré al metro... No te enfades conmigo.

Mario de Sà-Carneiro (Carta a Pessoa del 31-3-1916)*






Los señores X y Z entran en la cafetería y registran el local con los ojos sin sacar las manos de los bolsillos. El señor J no ha llegado aún. Habrá vuelto a perderse, opina el señor X; no, no, esto ya ha ocurrido algún martes, suele llegar tarde por culpa del palique de su profesor, afirma el otro. Cuelgan los abrigos y se adentran en el local. Piden dos cafés dobles y el señor Z dedica a la camarera un chiste obsceno bastante vulgar que hace reír sonoramente a su compañero, contagiando con esta risa a un grupo de profesores que apuran sus vasos de orujo antes de marchar a clase. A pesar del hambre deciden no pedir nada y, tras quedarse solos en la barra, los dos caballeros se dirigen a una mesa cerca del ventanal para que, si se diera el caso, poder avistar mejor al señor J.


¿Cómo va tu pieza? pregunta el señor X frotándose las manos, entumecidas por el frío de afuera. El señor Y se toma algo de tiempo para su respuesta y cuando finalmente parece haberla encontrado, una camarera -no es la misma camarera que les ha tomado nota- les trae los cafés de la forma más brusca que la diplomacia hostelera le permite. El del señor Y tiene un cuarto del café bailando por el platillo de la taza, deliberadamente derramada. Ustedes me disculparan, señores, se disculpa ella, ¿Querrán que les traiga otro? Los dos jóvenes escritores se miran divertidos y niegan con la cabeza. Se escuchan algunos gritos en la cafetería y la camarera se aleja. Sirven el carajillo demasiado cargado aquí, dice el señor Z, a lo que el señor X responde con una renovada carcajada con ganas la nueva ocurrencia.

Tu guión, que cómo va, repite el señor X tras un par de sorbos a su café. Esta vez la respuesta es definitivamente interrumpida por la aparición del señor J desde el otro lado de la calle, bajando la avenida muy lentamente sujetando el teléfono con una mano, gesticulando de forma violenta con la otra.
Te apuesto el café a que se trata de la señorita de J, bromea Z. Quizás su madre, dice el señor X, su madre con la tercera amenaza en lo que llevamos de mes. No, no, mira sus ojos, no le gritaría así a su madre, de todas formas enseguida lo sabremos, concluye el señor Z, quien a continuación lanza una nube de humo que podría parecer burlón pero en realidad contiene algo de desazón mezclado con ¿envidia?, al menos así lo piensa el señor X.


Este último se levanta a por otro paquete de tabaco y, de paso, pide otros dos cafés sin provocar a las camareras, que parecen haber olvidado el asunto anterior. Al volver a la mesa no puede evitar fijarse en una pareja que discute acaloradamente en el otro extremo de la cafetería, situación que comenta a su colega Z.


-¿Has visto aquellos dos, junto al servicio?

-Llevo escuchándoles desde que hemos entrado ¿Qué les ocurre?

-No sé, los dos están muy excitados. Es decir, -se adeanta a la broma de su compañero- bastante nerviosos.

-Aham...

-Ella ha intentado levantarse dos veces y él le ha retenido sujetándola por la muñeca-. Esto parece divertir a su colega, que juguetea de nuevo con el humo del segundo cigarro- Hoy estás un tanto distraído ¿Se puede saber te hace tanta gracia?


El señor Z tampoco responde esta vez pues el señor J ha entrado en la cafetería y se dirige hacia ellos con las manos sobre la cabeza, dejando entrever cierta desesperación.


-¿Qué tal está la señorita J? - pregunta Z, burlón.

-¿Cómo sabes...?

-Te hemos estado observando a través del teléfono- corta el señor X.

-Y yo he ganado la apuesta. ¿Dime, J, Lo has traído?- pregunta Z.

-Se acabó -balbucea J, sin contestar la pregunta- hemos terminado. No pido tanto, qué se yo... tampoco no hay que ser... ¡Un momento! ¿Apuestas? ¿Habeís hablado con Agnes?

-¿Quién es Agnes?- pregunta el señor X cuando, de repente, vuelve a sonar el teléfono de J, que se disculpa y sale apresuradamente olvidándose el abrigo. Los otros dos observan como cruza la estrecha avenida y vuelve a recorrer primero hacia arriba y luego hacia abajo un pequeño trecho de la acera sin dejar de tiritar y gritar por teléfono.


Agnes, dice el señor Z, es la chica que conoció en el taller de narrativa del sindicato. El señor Z resume entonces los cerca de dos meses de relación tormentosa entre el señor J y Agnes, las llamadas telefónicas de madrugada en las que aquel -mucho más joven que los señores Z y X- le consultaba sobre varios asuntos. Por un lado, continua Z, parece que la chica es una belleza pero que, por otro lado, según J su talento literario deja mucho que desear. Al parecer hace tres noches ella estuvo leyendo lo que parecía ser un relato de género infumable, y así lo calificó J procurando un mínimo de sensibilidad. Creo que llevan así desde entonces. Comprendo, murmura el señor X, además hoy es día de taller. En efecto, corrobora el señor Z. Es increible lo mucho que sabes sobre tu camello, añade el señor X. Esta vez es Z el que ríe. Necesito esa mierda ahora.


Hagamos un inciso. Los señores X y Z están en la cafetería de la facultad por un motivo en concreto: adquirir cierta cantidad de hachís del señor J, también escritor aunque todavía estudiante y, por tanto, lógicamente más joven que aquellos.


El señor X vuelve a levantarse -esta vez para ir al servicio- y aprovecha la ocasión para observar el desarrollo de los acontecimientos en la mesa de la otra pareja. Para su sorpresa, en la mesa hay ahora otra mujer y los tres conversan animadamente. El señor X incluso cree detectar algo sonrisa en el rictus del muchacho que antes sujetaba a su ¿novia? de forma violenta. Desde su sillón el señor Z, que también les observa, piensa algo parecido. Aprovecha la ausencia tanto de su colega como del joven señor J para hurgar en los bolsillos del abrigo de este en busca del tan ansiado costo. No tarda demasiado en encontrar una pequeña piedra algo cimbreante y de no más de dos gramos. El señor Z, experto en estos menesteres coloca en una cucharilla y la calienta colocando el fuego del mechero debajo de ella hasta que consigue la consistencia necesaria para ser diluida en el café y remueve bien la cuchara en el suyo hasta quedar una cantidad insignificante que, movido por el compañerismo, la diluye en la taza de su colega.


Al mismo tiempo el señor X se adentra poco a poco en los denigrantemente sucios aseos de la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras. Él considerado asímismo un tipo bastante pragmático, se encuentra claramente indignado por el estado del aseo. Incluso llega a compadecerse a por los alumnos, aunque enseguida su solidaridad se convierte en irritación al observar que en el pasillo que lleva al aseo de las mujeres un riachuelo de burujos líquidos de color amarillo anaranjeado causados casi con seguridad por una mala digestión remata el cuadro. No pienso pedir nada de comida en la cafetería, se dice. Con las ganas de orinar desvanecidas, decide entonces tomarse la justicia por su mano y se acerca a la conserjería para preguntar por algún responsable. Parecía conducir directamente al corazón de las tinieblas, vocifera citando a Conrad sin apenas darse cuenta, pero con su ilustrada queja no recibe más que un cruce de brazos. Frustrado, vuelve a la cafetería decidido a acabar rápidamente con lo que ha venido a hacer y, al pasar por la barra, pide un whisky con hielo.


En su camino de regreso coincide con el señor J, que parece más enfurecido todavía que antes y tiene las orejas coloradas. Mierda, mierda, mierda, farfulla exhibiendo su teléfono completamente destrozado. Lo lancé al suelo. Maldita sea, hace un frío de narices ahí afuera. Mierda, mierda. Se vuelve a colocar la chaqueta ante la tensa mirada del señor Z y, tras murmurar "ahora vengo", se va a la barra, donde los señores X y Z le ven solicitar el teléfono de la cafetería. Al parecer lo obtiene no sin poca diplomacia y -desde allí no lo pueden asegurar a ciencia cierta- alguna propina.


Entretanto los señores X y Z guardan silencio y observan cómo el tierno señor J manotea y hace gestos de que sus llamadas no obtienen respuesta alguna. Absortos como están los dos amigos que, casi no reparan en que la pareja que discutía en el otro extremo de la cafetería abandonan el lugar muy alterados y vuelven a entrar inmediatamente después con un semblante más inquieto todavía.


El señor X accede a regañadientes a seguir un poco más con la situación. Intenta incorporarse para pedir otro vaso de Whisky pero no puede moverse. Desde la barra, pero como si hubiese el doble de distancia, le llega la voz enfurecida del señor J gritando "no hagamos ya más literatura" y machacando el aparato contra el mostrador ante el horror de las camareras. Súbitamente, la muchacha que andaba con la pareja de enajenados del fondo ulterior, la tercera en discordia, arranca a correr hacia la mesa en la que estan sentados los señores X y Z para dirigirse finalmente hacia la salida, desde donde continúa corriendo avenida abajo.


-¿No crees que deberíamos detenerla? -pregunta monsieur X, que empieza a tener ganas de vomitar a causa del hachís.


Inmediatamente la otra pareja le sale a la zaga. Paralelamente, en la barra el señor J se acurruca en un extremo de la barra. El señor Z le hace una señal para que traiga algo de beber, que sea fuerte, añade a gritos.


-¿Qué relación crees que tendrán? - continúa aquel- Parecen sonámbulos.

-Cierra el pico X, pueden estar armados - el señor Z comienza a tener las pupilas dilatadas y acaricia su taza con esmero.

-¿Crees que corren hacia la cama?

-Lo que en realidad me pregunto es qué cojones estará haciendo el señor J. Francamente, me duele la cabeza.

-Hemos bebido mucho. Estoy cansado, vayámonos.

-Espera, espera... hemos venido a por algo y no me iré sin ello.


Los gritos del cocinero vuelven a distraerles de la conversación. Ha sacado un cuchillo y amenaza al señor J con llamar a la policía si no deja a las camareras en paz, si no suelta la botella de whisky que ha cogido de la barra. Este retrocede, da la espalda al gordo cocinero solo cuando se encuentra muy cerca de los dos colegas. Les ordena: dadme un móvil mientras del bolsillo interior de su abrigo saca una pequeña placa de costo que tira en medio de la mesa. Dadme el móvil y estamos en paz.

-Pero... ¿Y el dinero? - le interroga el señor Z.

-Simplemente tu puto teléfono. Te lo devolveré la próxima vez


En cuanto consigue prestado el teléfono de X, el jóven J sale también disparado de allí. Tras observar el material y asentir, el señor Z propone pagar la cuenta y pasear hasta la colonia residencial degustando el botín. El señor X se siente realmente enfermo y así se lo hace saber su colega, que amablemente se ofrece a pagarle un taxi a casa.


El señor Z abandona la mesa y se dirige hacia una barra en la que se acantonan un cocinero y unas camareras de mirada desconfiada que no parecen demasiado dispuestas a prestar su teléfono de nuevo. A medio camino, se gira para gritar un hermoso "que te jodan" y escapa con su premio en el bolsillo a a misma velocidad que los anteriores clientes del local.


El señor X se desliza hacia abajo en su sillón como si de una bañera se tratase. En realidad se alegra de perder de vista por fin a todos.






*Recogido de Enrique Vila-Matas"Suicidios ejemplares" publicado por Anagrama.

martes 3 de noviembre de 2009

Quinta llamada

Otra manifestación en París. Columnas de manifestantes bien encuadradas se agolpan alrededor de la plaza de Chatelet en dirección al puente de l'Ille de la Cite. El ambiente es festivo sin dejar de lado la función principal del acto en cuestión. En un bolsillo de un pantalón comienza a vibrar un teléfono móvil

-¿Mama?
-Holaaaa
-¡Hola Mama!, ¿Qué tal?
-Holaaa hijo. ¿Dónde estas que se oye ruido por ahí?
-Nada nada ¿Todo bien?
-Si si, todo bien
-¿Qué tal por casa?
-Uy, como siempre. ¿Y tú? ¿Hace frio por ahí?
-Bueno, bastante bastante
-Ya te he comprado los pijamas. Cuando tu hermana vaya para allá te los llevará
-Bien bien
-Es que aquí hace mucho calor. Estamos a treinta grados
-Madre mía... yo ya llevo la trenca...
-Pues aquí mucho calor hijo, aquí mucho calor
-Se te oye muy mal. ¿Estas en la cocina?
-Si
-Pues sal de la cocina que allí hay mala cobertura
-Un momento
-¡Liberte, Kurdistan!¡Liberte, Kurdistan! ¡Liberte Kurdistan!
-¿Qué dices?
-¡Ya se te oye mejor!
-¿Y donde estas que se escucha tanto alboroto?
-Pues que me he ido para el centro a estudiar a la biblioteca y me he topado de frente con una manifestación
-Ten mucho cuidado hijo. Ten mucho cuidado. ¡No hagas ninguna tontería que nos conocemos!
-Pero si me he encontrado con ella. Ni si quiera se de que va. No tengo ni idea.
-Ten mucho cuidado que.... madre mia. ¡No te metas en lios!
-Que no mamá, que no. No te preocupes. Es que he estado mucho rato en la biblioteca y me los he encontrado, que me voy ya para el metro hacia casa
-… ¡Que en esos grupos.. !ays... ¡que la extrema derecha os está manipulando!
-¡Que no se de que va la manifestación y que me voy ya para casa!
-¿Has comido?
-Si
-¿Qué has comido?
-Sopa. Sopa de sobre. ¡Aquí están muy buenas!
-Pero no como la que te hace tu madre ¿verdad?
-No...
-Oye, la sopa no será de ajo ¿no? Que ya sabes que eso es como una bomba y te duele la tripa
-No mama, no es de ajo.
-Ays...Ya tienes ganas de volver a casa, ¿a que sí?
-Si, bueno, si...
-¡Que te hecho mucho de menos!- de repente los tambores empiezan a tocar más fuerte
-Y yo también mamá
-¿Qué?
-¡Qué yo también te hecho de menos!
-¡Vale vale! ¡Ahora te paso con tu padre! ¡Nada de capulladas ni gilipolleces ¿eh?! ¡Que estas ahí --para estudiar!
-¡Un beso!- Justo en ese momento aprece una bella y hippiosa protestante con unos panfletos en la mano. No a la privatisation de la poste! Tien! Sarkozy il veuz privaticer le serveux postal!. Le da un panfleto y con la cara muy enfadada se va a seguir repartiendo panfletos. En ese momento el padre coge el teléfono.
-Chaval
-¡Merci!
-¡Chaval! ¿donde estas?
-Volviendo a casa
-Volviendo a casa... No quiero que te despistes ¿eh? Mira lo que te paso el año pasado
-¡Pero que me la he encontrado!¡Que acabo de salir de la biblioteca y me voy para casa!
-Bueno. Yo advierto.¿ Anoche que, a las 7 de la mañana?
-Si
-¿Y es necesario salir hasta las 7?
-Si
-Bueno... espero que las notas salgan como tienen que salir
-Saldrán tranquilo
-Si yo tranquilo estoy. Pero no te me descentres
-No no
-¿Esta noche sales?
-Si
-¿Y a qué hora volverás?
-Pues tarde
-Tarde no es una hora que salga en el reloj
-Ya pero es que no te puedo decir una hora. Porque a lo mejor vuelvo a las 5 o a lo mejor a las 7, no lo se
-Bueno, no tardes ¿Todo bien?
-Todo estupendo
-Ten cuidado
-Tendré cuidado. ¿Por casa bien?
-Si. Tu madre y yo nos hemos ido a casa de tus abuelos. Luego hemos estado andando por ahí un rato, y ahora dejamos a Teresa en su casa y nos volvemos a cenar. ¿Has llamado a tus abuelos?
-No, aún no. Cuando llegue a casa
-Acuérdate de llamarles
-¿Como están?
-Bien Bien- sirenas de policía, la gente grita y silba, alguien tira una piedra- Oye, ten mucho cuidado que no quiero tener ningún disgusto
-Pero, vamos a ver. ¿Cuando no me cuido?
-Bueno. Mi obligación como padre es decírtelo.
-Vale vale. Pero que sepas que me se cuidar, tranquilo
-¿De que es la manifestación?
-Pues no lo se. Aquí la gente gritaba algo sobre el Kurdistan, pero me han dado un panfleto sobre la privatización del servcicio postal. Ni idea la verdad. Aunque me ha parecido ver una bandera del PCF por ahí
-Uy el PCF... No te puedes fiar de los comunistas.
-Si, bueno, yo que se... me la he encontrado de frente, que me he ido a estudiar a Pompidu hoy. --¿Esta la teta por ahí?
-Se ha ido al cine
-Dale un besito de mi parte- la gente grita más fuerte. Llegan más sirenas de policía. En alguna parte en la que ninguno de los interlocutores puede llegar a ver la policía se pone los cascos y dirige sus manos hacia las porras. ¿Acto de simple intimidación o están a punto de cargar?
-Bueno chaval, un beso. Perdida cuando llegues a casa esta noche
-Vale. Voy a ver si encuentro un hueco para entrar en el metro
-Cuidate mucho
-Un beso papa- te quiero mucho, dice la madre de fondo
-Tu madre que te quiere mucho
-Yo también os quiero. Un beso

Se corta la comunicación, y el teléfono vuelve de nuevo al bolsillo. No lejos de allí, en una furgoneta blanca, dos gendarmes, desconcertados, leen la transcripción de la llamada.

-¿En que idioma esta esto?
-Creo que es en Italiano, pero no sabría decirle, señor. Puede que sea en Rumano, en Portugués, incluso en Español
-¿Español dices?- Retuerce su bigote nerviosamente. Su sudor, que es espeso y de un olor desagradable, brota en su frente. Saca rápidamente un cigarrillo- avisa a la central. Quiero que un par de hombres sigan a ese elemento las 24 horas. Quien es, que come, que hace, a quien se folla y que tipo de azúcar prefiere.
-Le capto inquieto señor. ¿Ocurre algo?
-Me voy al ministerio de interior. Si Hugo Chavez tiene algo que ver, esto se nos queda grande- sale de la puerta de la furgoneta resuelto a tomar cartas en el asunto- ¡Ah!, y dile a los antidisturbios que carguen. ¡Y con contundencia!


Este relato esta dedicado con todo el amor del mundo a Enrique Vila-Matas y todos los pseudo-situacionistas del mundo. También a mis compañeros de asamblea de la Facultad de Geografía e Historia, ¡que el año pasado estaríamos en alguna asamblea de asambleas o algo así! Presupongo que alguno de vosotros habrá vivido una conversación telefónica similar. También a aquellos dos simpaticos policias de incognito que adecuadamente disfrazados se colaron aquella noche en la que protestamos enfrenete del Bancaja y a aquellos chivatos (quienes sean) que relataban nuestros planes a rectorado.

Pero sobretodo quiero dedicárselo a mis padres, quienes mucho padecen por mi, y a los que inevitablemente quiero.

jueves 29 de octubre de 2009

Cuarta llamada

CUARTA LLAMADA

(Versión del relato de Géza Csáth remasterizada)


Dos celadores de bata blanca vestían a un cadáver de baja estatura y pelo rubio. Sobre la enorme mesa de disección metálica hubiesen cabido dos personas como él. El menudo cadáver de carne blanquecina que respondía al nombre de Moritz Malicka

Los dos hombres realizan a la perfección la tarea que les había sido encomendada, enabonando primero los magníficos pies del cadáver, enormes en relación con el resto del cuerpo, recorriendo después concienzudamente con la esponja el resto, comenzando por las pantorrillas y acabando por los hombros. El agua levemente enrojecida por la sangre se cuela por el desague.

Una vez secado, los dos celadores limpian las uñas al fiambre, colorean sus pómulos, componen sus cejas de forma adecuada y limpian su dentadura. Con cuidado limpian sus cabellos y aplican una mascarilla para potenciar el brillo. Rematarán la faena peinando hacia atrás los rubios cabellos del difunto.

Por último, visten al muchacho con la ropa que les facilitaron para ello. Calcetines negros, ropa interior y camisa blanca de algodón, traje azul marino de seda con el logo del programa y unos zapatos italianos con cordones a juego con la corbata color ocre.

Cuando han terminado, acuden al dossier del material gráfico para corroborar que su imagen se corresponde con el aspecto que Moritz Malicka tenía al entrar en los platós de la famosa cadena. Solo el señor Witman en calidad de caporal tiene acceso al sobre.

"No, idiota, no era ese su peinado, llevaba raya en la izquierda" increpa así a su ayudante que, dócil, corrige su trabajo.

Tras cuatro horas de trabajo, no pueden más que admirar su estupendo trabajo. La única tarea es llamar para que pasen a recoger el cadáver engalanado. Utiliza el teléfono móvil que ha recibido junto al dossier del muchacho y la ropa.

Todavía no ha anochecido y el resultado es excelente, tanto que deciden bajar a la cafetería y sumar una copita de coñac al cortado de rigor.

Con el calor de la bebida, el más joven rompe las reglas del oficio:

-Pues ha ido bastante bien, ¿No, don Nicolás?

-Sí, sí ha ido bien.

-...

El ayudante juguetea distraido con los posos de café, algo descontento con la respuesta.

-Dame fuego, chico.

-Sí, eh....¿Dónde... dónde se lo llevan?

-¿El qué?

-Al fiambre, tan emperifollado, que dónde...

-Que me des fuego, cojones. Y cierra la puta bocaza, joder.

Witman no quiere mal a su muchacho, pero sabe la clase de problemas que traen cierta clase de preguntas, por lo que toma la misma actitud que tomaron con él cuando empezó el negocio. Sabe que no será la última pregunta del muchacho, que toda precaución es poca con la clase de gente que han hecho el encargo. El encanto de la ideosincracia y su álbum pintoresco de categorías fueron para él un paisaje excitante, pensaba el experimentado Witman, decidido a no perder un ápice de su fama.


Vuelven a subir en silencio. Todo se ha producido como acordado y en la sala solo quedan las herramientas y el hedor a muerte, el inicio de la posteridad.

La llamada telefónica ha desarrollado toda una mecanismo. En menos de veinte minutos el cadáver ha sido recogido y ahora va de camino al plató de televisión desde donde anuncian una gran sorpresa tras la publicidad.


Dos dias antes, ante un consejo de dirección formado por tres personas, la secretaria había traido una carpeta de color negra con el logo del programa que contenía las copias para cada uno de los asistentes del plan de emergencia contra la caída de audiencia. Aquello parecía realmente una buena inversión, pero el nuevo docu-reality simplemente no estaba causando el efecto esperado. Solo algo estaba claro: cadena había arriesgado mucho, muchísimo dinero en el proyecto.

El directivo de mayores ojeras resume el contenido de los planes. Todos asienten, dispuestos como están en seguir adelante. El aparato logístico está en marcha.

Alguien entrará en la academia militar donde los jóvenes homosexuales serán corregidos, disparará su 9 milímetros y convertirá un programa de mierda en un tesoro mediático. Aunque se le prometió lo contrario, la entrada del señor Witman y su tiro certero sí fue recogido por las cámaras de Televisión. Para cuando lo supo, los poemas del joven asesinado ya tenían editor.



domingo 25 de octubre de 2009

Tercera Llamada

La muchachita se volvió hacia mi- ¿Le interesa el comunismo?
-Rymond Chandler-

No estaba mirando, ninguno de los dos lo estaba. Una sensación de abatimiento y de quietud, casi de velatorio diría yo, cubría el amueblado despacho de la fábrica. Ya sabéis, la mirada perdida de la catástrofe impenetrable, los ojos de los que miren al cielo el día en el que retruenen las trompetas en el cielo y la balanza nos juzgue a todos y cada uno. Big Crunch. Porque saben lo que está apunto de pasar. “Si algo deberíamos de saber ya los japoneses, es lo que nos puede caer del cielo”, dijo el que se sentaba más cerca de la la puerta.

-Yasuo Mori, nos conocemos desde Princeton- continuo hablando, con la cabeza y la corbata metida entre las piernas- Se cuando estas preocupado, y se cuando no lo estas. Pero lo peor de todo es que se cuando deberías de estarlo. ¿Es qué no te das cuenta de todo lo que está en juego?
-Mira, asisto a las reuniones, aunque creas que no. Me paso aquí mucho tiempo revisando gráficas, aunque creas que no. Mi vida es esta empresa, y no solo mi vida, sino el legado de mi familia. Soy el presidente y el principal accionista. Soy muy consciente de todo lo que está en juego. Pero no creo que un ataque de histeria solucione nada.
-...Necesito una copa. ¿Quieres algo?
-Un vicepresidente que no se comporte como una mujer cuando se le requiere en su sitio.

Cabreado, desapareció del despacho a zancadas, en dirección a donde estuviese el whysky, y con él, el manto de pesadumbre y tragedia. Simplemente el despacho estaba en silencio, como cualquier otro día en el que hubiese estado concentrado en los informes trimestrales, solo que esta vez estaba quieto. Quieto. Le gustaba. No era la primera vez esta semana, ni la segunda en este mes. Llevaba dándole cada vez más vueltas al tema, desde hacía tiempo. Calma, reposo, felicidad, vida campestre, volver a Osaka.

Descubrió que sus ojos se habían posado en el retrato que 3 años atrás le había regalado la junta de accionistas. Seriedad, confianza, previsión, esa era el mensaje que intentaba transmitir el pintor a quien lo mirase (ordenes estrictas de la junta, claro). Pero para él, bajo los ojos de su propio retrato se escondía una sórdida historia de amor, o mejor dicho, una dulce historia de sexo. No pudo evitar recordar gemidos puntuales, fotografiás no recomendadas para menores, variedades de posturas y lugares tras el seguro pestillo de la habitación y bajo su atenta mirada. A ella le gustaba mirar los ojos del cuadro mientras él se corría.

El recuerdo fue interrumpido de nuevo por el intranquilo vicepresidente, que balanceaba un “on the rox” por encima de la alfombra, desesperado, incapaz de imaginar como pagaría todas las facturas, y saltándose todo protocolo rogó al superior:

-Capitulemos. ¡Podemos capitular, no pasa nada!. Más vale dar un poco que perderlo todo ¿no? ¡Negociar!
-¿Negociar dices? Solo pueden negociar los hombres, no la chusma.
-¡Maldito egoísta! ¡¿Y que pasa con los demás?!¡Los demás ¿Qué hacemos?! ¡Solo te interesas tu mismo y esa puta!
-Por nuestra larga amistad, voy hacer como que no has venido hoy a trabajar, porque estabas enfermo. Ahora, por favor, vete.

Horas más tarde la secretaría descolgó el teléfono, y miro con gravedad al señor presidente. “Habrá huelga”. Se levantó con una actitud que parecía parodiar a los galanes de Hollywood, se acercó ridículamente hasta ella, levanto con suavidad su mentón, acerco sus labios y le dijo “Bueno. Están en su derecho”.

Mientras se besaban, pasaron torpemente de nuevo hasta el despacho, y el pestillo volvió a cerrarse de nuevo. Los empleados comentaron durante mucho tiempo como no pararon en toda la tarde, e incluso en toda la noche, aunque lo cierto es que se quedaron exhaustos poco después de las 12. Pero el pestillo se quedó cerrado, quedando desnudos con una manta, observando las luces de la fábrica desde la ventana del despacho. Pero para ser sinceros, tampoco aquella noche las dos personas que había en allí miraban nada en especial. El, con la mirada perdida más allá de las apagadas chimeneas que apenas se distinguían en la noche, y ella, exhausta.

Un coche de empresa la deja en su apartamento,un cuartucho a las afueras de Tokyo, amueblado a duras penas.

Y de pronto, la llamada telefónica:

-Camarada, buen trabajo.
-Lo que sea por la revolución.

miércoles 21 de octubre de 2009

Segunda llamada

"Cuando un hombre, por causa de su aspereza natural, pretende retener lo que, siendo superfluo para él, es necesario para los demás, y, debido a la terquedad de sus pasiones, no puede corregirse, habrá de ser expulsado de la sociedad por constituir un peligro para ella."

Thomas Hobbes


Suena el teléfono suena desde el interior del establecimiento. El empleado es perezoso y está fuera, a pocos pasos de la puerta, por lo que alcanza a escuchar el timbre. A regañadientes, suelta el cigarrillo y en cuatro grandes zancadas -tan grandes como sus estrechos pantalones se lo permiten- se apodera del aparato.

-Videoteca Amargord, dígame.
-Si... eh, hola -balbucea una voz- sí, mira, que soy el del otro día, el de la película esa de Tarragona de los alemanes.
-¿Cómo? ¿Perdona?
-Que el martes pasado me llevé una película.
-¿Aham, hay algún problema?
-Bueno, por mi parte no, vaya -rie nervioso- el caso es que tengo dos días de retraso.
-En ese caso-dice el empleado sin cambiar a un tono más severo- deberías de traerlo lo antes posible.
-Ya pero... esque no va a poder ser, resulta que he salido de viaje y no volveré hasta la semana que viene.
-Entonces deberás abonar la consiguiente multa.
-Oh, vaya, pero si la película es un tostón.
-Eso no tiene nada que ver. Mira... ¿te llamas..?
-Pedro, por Pedro tiene que salir mi ficha.
-Vamos a ver, te voy a poner un tope de 5€ por el retraso, pero tráemela en cuanto puedas.
-¿5 pavos, encima que te llamo? Joder con la política interna, ¿pero creeís que mucha gente os iba a alquilar un bodrio como este?
-Las normas son así para todos, Pedro.
-Pues que os jodan, ya os tiraré la cinta por el buzón y no volveré nunca más. Habeís perdido uno de los pocos clientes. Puta secta de enteradillos, seguro que teneís una tapadera en el videoclub.
-Es una videoteca -comenta antes de colgar, algo divertido, el dependiente.

Mientras, en el establecimiento ha entrado una pareja. Les observa curiosear en la sección de cine Europeo, ella lleva un pañuelo palestino con lentejuelas. Jodido pueblo, piensa el receloso empleado. Procura recordar a qué película se referia el cliente del teléfono y recuerda haberla adquirido en uno de esos lotes que las cadenas de Televisión subastan, más que nada para rellenar la vacía sección de cine alemán. Recuerda que El Jefe le había mandado allí. Probablemente sí fuese basura, concluye. Acto seguido, apunta una cruz roja en el borde superior de la ficha del cliente y dibuja bigote y cuernos sobre la fotocopia de su DNI.

Tras un par de minutos el empleado, fastidiado por no poder salir a fumar enseguida, decide acabar con la pareja y se decide a cortar por lo sano.

-¿Qué buscaís? -pregunta el joven subalterno de la videoteca con sonrisa del gato de Chesire en ristre.
-No sabemos exactamente... ¿Qué teneís de cine alemán? -replica el chico.
-Huy, os recomendaría una estupenda pero se la acaban de llevar. ¿Conoceís a Werner Herzog?
-No, no, películas raras no - espeta ella- ¿Por qué no cogemos alguna del Woody Allen?
-Sí, -acepta el chico- ¿teneís la de Annie Hall o la Tapadera?
-Annie Hall es horrible, no la tenemos. Y... ehm, La Tapadera no me suena, ¿estaís seguro que es suya? -de repente suena el teléfono fijo de nuevo- Será mejor que os largueís, ya es tarde voy a cerrar enseguida.

A pesar de los reproches de la pareja, el ahora eficiente asalariado del negocio logra sacar a los inoportunos clientes, cierra la llave tras ellos y corre la cortina. El teléfono no ha dejado de sonar. Vuelve al mostrador y lo descuelga.
-Ábrelo ahora.

El empleado de los cinco epítetos se dirige a la colección de cine europeo del aparador empotrado donde se exponen las películas, aparta el par de carátulas del Werner Herzog de los 70 que nadie, insisto, nadie toca nunca y deja descubierta una manilla.
La manilla, al estirarse, abre una compuerta por la cual sale un reguero de pequeñas mujeres en silencio: tailandesas, chinas, camboyanas... hasta 23 de ellas. Como cada día, al final de la fila aparece el supervisor del pequeño taller.
-¿Cómo ha ido hoy? -pregunta este último.
-Bien, bien, pero empiezo a tener paranoias con esto de la Tapadera.



sábado 17 de octubre de 2009

Primera llamada

La eterna derrota también puede ser la eterna esperanza”


Esperaba con paciencia la llamada telefónica.

Días anteriores le habían dicho que le llamaría, lo que claro está sonaba a que tal situación no se daría ni en un universo paralelo contiguo a este. Sin embargo y haciendo acopio de todas sus fuerzas, exponiendo su ego a un más que probable probable impacto directo, llamó. “Sí, sí, de hecho iba a llamarte ahora, pero es un poco... un mal momento.... mucho estrés, ¿puedes esperar 10 minutos o... una hora como mucho?”. A mi parecer se le exigía demasiado, y era toda una muestra de debilidad decir sí, pero si , dijo sí, y esperó, porque no le importaba esperar. Así que se sentó en el sofá, cerró los ojos durante 2 segundos exactamente, y cuando los abrió observó con terror y asambro, con la crédula incredulidad del que observa un milagro, EL DESIERTO.

Es una bella imagen. Durante muchas noches había soñando con la inmensidad, con la materialización del concepto eterno en un plano temporal y espacial ante sus ojos, con aquella visión que le permitiesen por fin entender y comprender. No se había esforzado en buscar realmente algo así, soñaba pero no lo buscaba, pues lo suponía algo meramente teórico, y de repente se había topado con ello en su salón, de la mano de la perspectiva de esperar entre 10 minutos y una hora. La inmensidad, la insignificancia. Mirando hasta donde alcanzaba su visto, creyó ver ese punto donde finalmente convergía dos planos paralelos, el fin del mapa. Se levantó, apartó la mesita de noche, dio dos pasos para adelante, y cayó en la cuenta de que no era más que una ilusión óptica. Aquello plantado ante sus ojos, aquel espectaculo era realmente el infinito. ¿Cuantos habían experimentado esta misma sensación y cuanto esfuerzo les costo encontrarlo? Se sintió afortunado, dichoso, acababa de entrar en el circulo del primer Vikingo que puso un pié en Terranova, en el círculo de Gagarin y del primer anfibio que salio del mar hacia la tierra. Que visión tan atractiva. De hecho era muy atractiva. Pero ante aquel panoramana sin embargo, actuaba como quien lo la estuviese viendo, por si acaso se desvanecía, pero sin poder disimular una sincera y estupida sonrisa. Se dirigió hacia la cocina y puso la cafetera en marcha. Mientras el agua se calentaba, apagó todas las luces de la casa, cerró las cortinas, y se sentó de nuevo sobre el sofá para contemplar sin inmutarse el espacio, literalmente.

Una luz vibró sobre la mesilla de noche. Si, dijo la voz al otro lado del teléfono. ¿Estas ahí? Sí, sí. No pareces muy contento. Es que aún no me lo creo. Lo dicho, el lunes, en el lugar y a la hora. Bien, tengo que colgar, Adiós. Apartó el teléfono de su oreja, y lo volvió a dejar donde estaba. Mientras duraba la llamada telefónica, algún momento de la breve conversación, todo el infinito se había borrado de golpe. Permanecería quieto en su sofá, varias horas, esperando a su regreso, pero nunca fue así. Finalmente acabó él mismo desistiendo y marchándose.

viernes 9 de octubre de 2009

Iceberg

Este cuento trata sobre tres personajes. El primero de ellos realiza el camino más sencillo y es el única que sabe a dónde va. En un primer lugar cruza el patio del bloque de viviendas donde se aloja y tras pasar el pequeño porche gira a la derecha. Continua por la pequeña callejuela hasta desembocar en Lauriston Place, recorre ésta dirección Tollcros y al llegar a la Home Street camina hacia la parroquia de la aguja en forma de canino o baba afilada que desafía, si no la gravedad, al menos sí la altura media de los demás edificios del ensanche.
Aunque su recorrido -como hemos avanzado- es el más sencillo, sin embargo no es el más corto. Para llegar al número veintiocho de la Home Street ha de dejar atrás un par de comercios, algunos grises como el negocio especializado en dormitorios o el bar de Lap Dance con nombre de artista y modelo de coche familiar; otros coloridos como la oficina del banco o la franquicia de bocadillos extremadamente caros. Pero todo esto es irrelevante y no aparecería en el cuento de no ser el camino que separa su habitación del cine un trayecto de tan reducidas dimensiones. Me disculpen los impacientes.

El tercero de los tres personajes recorre exactamente el camino pero de forma opuesta, desde la entrada del cine hasta su pequeño cuarto en la residencia de Tollcross. Con una sola variación en el camino; para en una cafetería y comprar un sandwich de queso, algunas cervezas y cigarrillos. La diferencia, a modo de avatar, a modo de advertencia a lector y también a modo de pie de página, es el rictus. Este tercer personaje tiene la expresión degenerada de un Munch -léase Monk- que ha aprendido a no ser tan impresionable, un Monk más viejo aunque no necesariamente más sabio, más acostumbrado aunque en absoluto resignado o dócil. El tercer personaje vuelve a casa y, además, no camina del todo sólo.

Entre uno y otro hay un lapsus de tiempo que dura casi dos horas. Hay una metamorfosis, una montaña mágica y una Odisea parodiadas en los diarios que escribe el segundo personaje de este cuento y que por desgracia serán pasados por alto. A diferencia de los otros dos, éste tiene una perspectiva limitada. No me malinterpreten, el primer y el tercer personaje lo intentan, otean el horizonte y colocan sus manos a modo de visera sin lograr ver más allá. El horizonte en este segundo caso es la pantalla del cine y si diera más detalles de cómo ha llegado allí abusaría de la paciencia del lector.

En el primer corto de la noche un grupo de vaqueros jóvenes llegan a la recepción de un pequeño del Oeste. El recepcionista comenta nervioso haber recibido un telegrama desde Chicago, después comenta algo sobre una visita similar hace cinco años, los nervios los produce los maletines en forma de rifle que llevan los hombres. Uno espera que suban arriba y acribillen a alguien y entre toda esta confusión aparezca un nombre de mujer pero tras apenas dos minutos de cháchara lo que tenía que pasar en el establecimiento ha pasado ya y el jefe del grupo prefiere no arrepentirse aquella noche, algo que arrepentirá por cierto el resto de su vida, piensa el personaje número dos.

Aquí cabe decir que el personaje número dos es algo parecido a un aficionado al cine que envía artículos a la revista que coodirige el amigo de un amigo, que no le paga nada pero le invita a algún preestreno casi siempre -a excepción de una vez que fue por teléfono- vía correo electrónico. Lo realmente importante es desvelar el secreto del susodicho personaje: su manía a creerse partícipe de lo que ocurre a su alrededor, el guante al que van o aspiran ir todas las bolas del pitcher. Aunque quizás esto es importante sólo si se compara con el personaje número uno, que sería algo así como el bate tímido que deja pasar las bolas sin rozarla a pesar del elegante swing.

El segundo corto iba sobre un marino del primer cuarto del siglo veinte que desaparece en el mar. La composición del argumento recuerda a Andréi Rubliov solo que, en aquella la locura es un personaje secundario y tiene límite visible.

El tercer corto es de animación y en una escena un niño extraviado y un pequeño duende tienen la siguiente conversación:
-Esto no es la noche- dice el niño refiriéndose a la extraño vapor morado que cubre sus cabezas desde una distancia suficiente como para obtener el calificativo de cielo.
-Tienes razón. -contesta el otro- Sean cualesquiera que sean los misterios y males que trae la noche no se puede comparar con la penumbra que ahora viene – dicho lo cual se produce un silencio.

El último y cuarto corto era de estilo documental y tenía el curioso efecto común a cualquier documental histórico de vincular la experiencia contemporánea del espectador con la de generaciones anteriores, inmediatas o no. Parecía seguir el hilo argumental de la magnífica prosa de Mark Twain en aquel relato "Oración de Guerra", y tras el documental el segundo personaje queda muy afectado y sale de la sala antes de los créditos para encerrarse en los aseos a escribir la crítica de rigor a modo de diarios. Con caligrafía irregular el impresionable muchacho llena hasta la última página de la libreta. No será suya la tarea de procesar su contenido.

De esos aseos precisamente saldrá disparado el número tres justo en el momento en el que el segundo personaje escribe la última palabra de los diarios. En la huida que es este regreso a casa se incorpora el personaje número uno al cruzar aquel las taquillas de la entrada. Entre número uno y número tres hay una diferencia de peso que hemos olvidado mencionar. El tercero camina con un peso muerto añadido y solo caminan juntos los ochenta primeros metros. No lejos de allí, el risco sobre el cual se apoya el castillo de Edimburgo parece un iceberg y la fortaleza hongos petrificados llenos de ventanas. Desde allí arriba se ve el rastro que han ido dejando los tres personajes confundiéndose con las huellas de otros cuentos. Desde el cuarto de la residencia no se ve el castillo pero sí la parroquia que preside la Home St con su pestaña afilada como remate. Como el final de un cuento similar a un cuerpo ahogado cuya única parte visible en el medio de la corriente es la cabeza pequeña de un niño curioso y a todas luces demasiado confiado.


lunes 5 de octubre de 2009

“Yo no soy el responsable, solo recibía ordenes, dijo el jefe. Y Yo no soy el responsable, solo recibía ordenes, dijo el oficial. Entonces ¿Quien es el responsable?"
-ALAIN RESNES-



Volvió a mirar al cielo y se sintió menguar en cada respiración. Las palmas de las manos se incrustaban en el material del que estaba hecho el edificio, pero él no notaba ese dolor. Contemplaba las estrellas como quien contempla un manuscrito en una lengua antigua e indescifrable. Más allá del mensaje encriptado creyó poder entender qué es lo que decían aquellas palabras en forma de galaxias aparentemente tranquilas. Con el cuello en máxima tensión, cerró con lentitud y fingida serenidad sus párpados. Se estaba muriendo de miedo, sobrepasado por conceptos que nunca llegó a comprender en la primera de sus vidas. Como quien aprieta un botón, su cerebro había comenzado a arrojarle toda la información que almacenaba sobre el universo y las estrellas, pero sobretodo, pero con especial ímpetu, todo aquellos datos relacionados con los agujeros negros.

“...El vasto universo que nos rodea empezó como un punto infinitamente pequeño de gravedad y densidad infinitas…
Un agujero negro comienza con un acontecimiento de gran trascendencia, la muerte de una estrella. Cuando muere una gran estrella se contrae sobre si misma. Donde estaba la estrella la gravedad se vuelve infinitamente potente, y todo lo que se aproxima a ella es absorbido, incluso la luz. La luz no puede escapar, ninguna radiación puede escapar. Es una esfera absolutamente negra en el espacio, por eso tiene aspecto de agujero negro.

El núcleo invisible de un agujero negro es un lugar misterioso donde se transforma la estructura del tiempo y del espacio y las ecuaciones de la física se vienen abajo. Si seguimos las ecuaciones hasta su conclusión inevitable la materia se contraería para formar un punto único. Este punto único es infinitamente pequeño e infinitamente denso. El centro de un agujero negro tiene un curioso parecido con el principio del Big Bang. Los agujeros negros son lugares donde el espacio y en el tiempo llegan a su fin y la materia desaparece por aplastamiento. Si pudiéramos entender como el tiempo llega a su fin en los agujeros negros... eso podría ayudarnos a entender como empezó el Big Bang ”


Idiotamente, una vez toda la información acumulada se disipó, comenzó a elaborar su propia información ficticia, y sus propias teorías. Si el universo empezó con algo absolutamente similar a el núcleo de un agujero negro, tal vez en los diferentes núcleos de los agujeros negros , se halle la puerta de entrada a otro universo distinto... como si al otro lado del agujero, al otro lado de la muerte de una estrella, no es que esa estrella siga viviendo, sino que hay un universo infinito lleno de ellas. Pero entonces volvió a recordar otra cosa con respecto al tema.

“Lo que ocurre con la información dentro de un agujero negro es que simplemente desaparece. Esto destruye la mayoría de leyes fundamentales de la física, de causalidad y transformación de la energía. Una vez algo sobrepasa el horizonte de sucesos de un agujero negro ya no hay vuelta atrás, se ha perdido para siempre. Y si hay alguna forma de destruir la energía, si esta no solo se transforma sino que efectivamente se destruye, eso quiere decir, que hay partes del universo que están desapareciendo”

Soltó un gran vaho desde su boca hacia el espacio y vio como se disipó a los 10 segundos. Apreto los dientes con fuerza, miro al cielo nocturno solo una vez más, y por un momento creyó derrumbarse.

-¿ Por qué no me lo has dicho antes?
- No vi la necesidad. Que lo supieses o no, no cambiaría absolutamente nada.
-Aún así, creo que tenía derecho a saberlo en su momento
-No me hables en ese tono. Yo no soy el responsable de todo lo que está sucediendo. Además, hice lo que hice y creo que lo hice bien. Y sobretodo lo hice por tú bien.

Quedaron otro momento en silencio, pero ya no miraban al cielo. Miraban ahora a la calle, la gran inmensidad de edificios, y a las luces que se iban apagando, como si la ciudad también estuviese desapareciendo. “Y entonces ¿qué podemos hacer?” “Nada” dijo en un tono que sonó más a advertencia que a otra cosa; “Nada” volvió a mascullar entre dientes.







*Para evitar capulleces troleras, decir que la letra en negrita no es mía, claro está, ya que poca física puedo ofreceros, por mucho que la astrofísica me fascine (me fascina directamente proporcional a lo que la desconozco). Esta información la he sacado de un documental de la BBC sobre la paradoja de la información. Y ya se que eso de que el universo esta desapareciendo es una teoría refutada por Leonard Zaskyn. Pero yo digo, si la paradoja de la información no fue últil para la ciencia, pues que me sea útil a mi

viernes 25 de septiembre de 2009

V

-Dicen que ahí fuera hay alguien; es más, dicen que hay alguien peligroso, que no debemos salir; Lo dijeron en la tele hace un rato, aunque hace ya un par de horas que se ha ido la luz.
-¿Ni si quiera salir al pasillo? Estamos apunto de quedarnos sin cerillas y vamos a necesitar fuego, no me gusta estar a oscuras todo el rato.
-Si enciendes una vela podrá vernos.
- No si la ponemos ahí. Y además, creo que salir al pasillo seria una buena idea, podemos hablar con los vecinos, preguntarles si tienen algún canal de información, si tienen cerillas, no se, preguntar cosas, y así de paso no me aburro de ti, que en el fondo ya nos conocemos mucho.
- No entiendo como puedes hacer chistes en este preciso momento, cuando nos están rondando por ahí fuera.
Si quieres nos ponemos todos a llorar, si es que crees que los llantos no le atraerán.
Además, tampoco creas que el contacto con los demás vecinos nos ayudará tanto, perderemos lo poco que tenemos, y por suerte aun quedan en la despensa como 7 latas de atún.
- Podemos compartirlas. Tenemos comida de sobra hasta mañana
Tu da tu parte si a ti te da la gana. Yo no lo haré, no sé cuanto durará la noche.
-¿Y cual es tu solución entonces?
-Mi solución. Pues hacer exactamente lo que han dicho. Permanezcan en sus casa hasta la mañana siguiente y no se alarmen.
-¿Y hasta entonces?
-Pues podemos permanecer despiertos o seguir dormidos. Pero aquí

Los nervios hacen que sus palabras suenen más a ordenes que a recomendaciones u opciones. Tal vez lo son, pero como no dijo ordeno, no pasa absolutamente nada.


Finalmente, y cuando mirando al infinito se queda dormido, Otro sale finalmente al pasillo. Solo hay dos viviendas en cada planta., y una gran cristalera que asoma a la ciudad y en consecuencia al mundo. Se acerca a la ventana para hacerse una idea de que es lo que esta pasando por ahí fuera pero nada, la misma nada que dentro de la casa, a excepción de la luna que aquella noche resplandece pálidamente. Llama a cada puerta de todo el edificio, pero nada también. O todo el mundo se marcho al saber la noticia, o es que nadie quiere abrir la puerta, en cualquier caso el resultado es el mismo. Harto de contemplar la oscuridad decide moverse hasta la calle. Estadisticamente tiene que haber alguien que halla llegado a su misma conclusión, se dice con esperanza. Y sale a la calle en busca de un encuentro en la oscuridad.

Pero en la calle no hay nadie. Esta solo ahí fuera. Comienza a correr, buscando una luz, o algún punto brillante y el escándalo de sus pisadas retumba tan fuerte que se oye hasta desde el décimo piso. Y mientras lo pasos retumban secos, las madres susurran a sus hijos que miren por la ventana, que la tele no miente, que sí que es verdad que alguien les esta rondando a todos, y que no deben salir. Pero se confunden de persona. Aunque tal vez no. ¿O si?

domingo 20 de septiembre de 2009

Instintivamente se levanto del sofá intentando respetar el silencio sepulcral que el Domingo por la noche y sus circunstancias habían impuesto en el vecindario. Meó con tranquilidad. Bajo las escaleras y se metió en la cocina (tampoco era muy grande). Saco la ropa de la lavadora, la extendió sobre la mesa y la doblo clasificándola en la clasificación estándar para un posterior almacenaje en sus armarios: calzoncillos, calcetines, camisetas, jerséis, pantalones toallas y una esponja, en la que metió las narices para saber si ya se le había quitado el olor a ajo. Solo la pequeña luz de la cocina estaba encendida, ya que no quería despertar a las visitas (un viejo amigo dormía en su cama durante una semana, y todo el mundo tenía derecho a descansar). Comenzó entonces a fregar los platos, en silencio y con poca agua, dosificando el jabón, mientras realizaba una lista mental de aquello que faltaba en la casa: tomates, leche, jabón, una esponja para la ducha... detergente, tal vez zanahorias. Compraría también al día siguiente, porque no, dulce de leche, y aquellos postres árabes de color naranja. El ultimo plato quedo secado y colocado en su sitio. La ropa preparada para mañana. No podía hacer más de lo que había hecho.

Se tumbó en el sofá y miro a la pantalla del portátil, aun intranquilo. Si todo su universo se hubiese quedado dentro de aquellas 4 paredes, bastaría solo con frotar, secar, y comprar. Pero no. Había un universo ingobernable, inexplicable, y caótico, ininteligible, violento, carente de sentido y sentimientos, que se extendía durante la eternidad y hacia el infinito desde aquel lugar tan insignificante.

Pensó mandar noticias a la Isla, Estoy bien, pero luego cambio de idea y cerró los ojos.

martes 7 de julio de 2009

IV

Todas las salas de espera le llevaban mentalmente a la sala de espera de su dermatólogo, aquella sala de espera de paredes al gotele en consonancia al horrible acne de algunos de los presentes, donde tantas horas había y se había aburrido, malgastado cada maldito segundo en mirar los dibujos que adornaban las paredes, ilustraciones sobre los métodos de cura medievales. Allí es donde por primera vez vio y comprendió el concepto de trepanación, pero eso amigos, es otra historia…

Bien, esta sala de espera, era particularmente anodina, casi de género podríamos decir. Un sofá, unos colores tranquilos, paredes lisas, un reloj, y una serie de revistas apiladas sobre un revistero, organizadas por orden de antigüedad, mezclando los mas variados temas, desde prensa rosa, a revistas de videojuegos, el ultimo escándalo socio-político, un reportaje en profundidad sobre el turismo en el Adriático, y sobretodo entrevistas ligeras a variopintos personajes, que tan rápido se leían y tan rápido se olvidaban…

Y si bien era una sala de consulta normal y corriente, en un piso la mar de corriente, abierto a horas corrientes, la especialidad no era para nada corriente. De hecho, no se trataba propiamente dicha de una consulta médica. Los médicos, todos ellos, habían resultado completamente ineficientes ante lo que le adolecía. Todos ellos, públicos, privados, amigos, recomendados, lejanos, siempre coincidían en el mismo diagnostico: no concluyente, pero nada por lo que merezca la pena preocuparse. Había llegado la hora en ponerse en manos de los paramédicos, y sus paradiagnósticos. Por supuesto, estas no eran las formas que habría escogido, pero su prima, y compañera de piso, estaba ya harta de verle deambular por las noches en peregrinación a la nevera, harta de sus ojeras y su mala cara, su poco humor, y sus continuas quejas, así que lo arrastró hasta una consulta que una compañera de trabajo que le solía lanzar miraditas le recomendó con un tono de voz a mi parecer bastante sensual, aunque ella decidió restarle importancia.

Sí, podríamos decir que no era una consulta totalmente al uso, ya que el diagnostico lo realizaba un gato domestico dotado de gran sabiduría. El anuncio, y todas las personas que habían acudido al lugar lo decían, “un gato muy sabio, y muy suave”. ¿Pero como iba a resolver un gato un problema que ni un neurocirujano había podido llegar a comprender? Eres un antiguo, le dijo su prima, la medicina alternativa puede llegar a ser muy efectiva. Una vez, en la zona oeste, una adivina me tiro las cartas y adivinó que iba a dejarme la carrera. Entonces mi madre es una bruja, pensó…

¿Qué clase de persona busca un gato para que le solucione un problema? Miró a su alrededor, y vió el resto de gente que había en la sala. Tan solo 3 personas, un señor calvo y de larga barba negra, que llevaba un libro bastante gordo bajo el brazo, un ridículo sombrero sobre las piernas, y no dejaba de ajustarse el sonotone y observar el movimiento de su reloj de bolsillo, un niño con cara de trasto acompañado de un tigre de peluche, y una señora que tapaba su cara con un periódico y tenía algún defecto en el habla, acompañada de su hija, que tenía un increíble parecido con Mafalda.

“Esto es un chiste”, pensó en voz alta, agarró los trastos e hizo un amago de salir por el pasillo hacia la puerta. Pero justo en ese momento la enfermera dijo su nombre. Su prima y la enfermera (que no dejaba de mirar de reojo a la prima) lo acompañaron hacia la sala de diagnostico, y lo empujaron hacia dentro, quedándose solas en un pasillo saturado de pacientes.

Y ahí estaba, a solas con el doctor. La habitación parecía la de un doctor normal y corriente. De hecho tenía incluso material de oficina y una pequeña biblioteca medica con obras que podrían encontrarse en cualquier librería universitaria, salvo algún tratado de anatomía especializado, y una curiosa maqueta a tamaño de real de un cerebro humano, en la que cada parte estaba coloreada de un color. Lo único que lo diferenciaba era que bajo el escritorio se encontraba un cuenco con pienso, otro con agua, un pequeño cesto donde con el nombre “Doctor Gato” donde normalmente hay un sillón de cuero en todas las consultas privadas, y por supuesto, el animal en cuestión.

Tomaba el sol sobre un libro bastante grande titulado la dieta de la alcachofa, sobre el sillón del escritorio. Era un gato peludo, gordo y de color rojizo, con pinta de bonachón, y unos ojos enternecedores. Su pelaje se veía suave, y sus bigotes largos y duros. El animal era totalmente impasible, y respondió con total ignorancia a la intromisión del extraño protagonista del cuento.

Al principio, el paciente, se quedó un poco descolocado. Le pareció un gato, y así lo era, totalmente normal. Después de no poder más, y estallar en carcajadas, una vez se hubo reído bastante intento salir de la consulta, pero observó que la puerta no tenía pomo por dentro, sino una simple gatera, de salida. Lógico, si se trataba de una puerta diseñada para un animal que no puede dominar los pulgares. Asomó la mano por la gatera, pero no pareció obtener ningún efecto. Luego empezó ha hablar a través de la gatera, para que le abriesen, y viendo que esto tampoco obtuvo respuesta, asomo el ojo y vió que derepente no había nadie en la consulta. ¿Se habría olvidado su prima de él? Para colmo tenía su móvil. Se había quedado encerrado, hasta mañana, al menos, en la consulta del Doctor Gato, acompañado de Doctor Gato, por supuesto.

Gritó, desde luego que si, abrió la ventana y chilló un poco, pero tampoco nadie parecía escucharle. De todas formas aquella silla de paciente no parecía tan incómoda. Así que tras los primeros momentos de pánico, se recostó en la camilla, y se encendió un cigarrillo. Tarde o temprano la enfermera entraría por la puerta. Y mientras tanto, si corriese el riesgo de inanición, siempre podría comerse al doctor.

Las horas y los cigarros parecían ir pasando, y el doctor estaba ahí, encima del libro, recibiendo un maravilloso baño de sol. El tiempo se había detenido en aquel lugar, sin ninguna duda. Y más o menos a la altura del quinto filtro, el animal por fin, movió ficha. Maulló, y se le quedó mirando fijamente. Por un momento creyó que intentaba establecer algún tipo de comunicación, pero pronto volvió a apoyar la cabeza contra la portada del libro y siguió recibiendo los rayos de sol.

Debe de ser un problema muy gordo si creo que un gato a intentado hablar conmigo, pensó. Debe de ser un problema terrible…

Y su problema…. La verdad es que no era un problema tan especial. Simple angustia mal digerida y prolongada. Él tenía ahora 24 años, y había terminado su carrera, y esta era la excusa del momento, aunque lo cierto es que nunca supo bien porque hacía lo que hacía. Su obsesión por lo cierto y lo incierto, le había llegado hasta la más absurda de las posiciones filosóficas ante la vida, una especie de post-modernismo barato, o quizás era un empirismo radical con un regustillo a reflexiones de autores de nombres resonantes que escribieron allá por los 50. Ni idea. Cierto es que muchas de esas reflexiones habían partido desde un punto de vista totalmente modesto, pero su personalidad tan pretenciosa le llevaba a afirmar con rotundidad la imposibilidad de la afirmación. Precisamente había estudiado historia, y fueron esas actitudes la que le llevo a pensar para si mismo que la historia era imposible conocerla, de ningún modo. Se trataba de una de esas reflexiones fortuitas a las que llegas a una reflexiona sin haber leído antes a ningún autor que hablase del tema, pero resulta que luego hay una escuela historiográfica que ha vendido muchos libros a costa de esta misma idea. Así que había e iba a dedicar su vida a algo inexistente, algo que desde su comenzó se gesto como pura mentira para comunicar el linaje de los reyes con los dioses de la antigüedad, los Zeus y los Ra. Todas las ciencias sociales son meras conjeturas… Y para colmo dar clase de enseñanza secundaria es como mentir sobre una mentira en sí misma. Pero es que no hay nada real, pensaba mientras fumaba, no hay nada que sea real…

Y cuando la palabra real retumbó fuerte en su cráneo, el gato se levantó de su asiento, y comenzó a caminar hacia él, con cara de que le compadecía, y con toda la tranquilidad del mundo. Pero cuando se aproximó lo suficiente sacó las uñas y le dio un fuerte zarpazo en el brazo. Cubriéndose el corte, y retorciéndose del escozor, tras empujar al gato hacia el otro lado del escritorio, no comprendía porque el animal le había hecho eso. Y entonces, el gato le dijo con una profunda voz: “Porque el dolor que sientes en este momento, y la cicatriz que se te quedará en el brazo, son y serán algo indudablemente real. Pero tu verás que haces con el resto”. “¿Acabas de hablar?” Dijo el paciente, y el gato volvió a recostarse sobre el libro, y a continuar con su baño de sol.

Justo en ese momento la enfermera paso a la consulta. “Muy bien, pase por aquí, y le cobraremos le tomaremos nota, de la factura y todo lo demás”. Sin entender aún nada, se dejo arrastrar por la prima hacia el pasillo, observado de reojo al felino, que continuó sentado como si nada hubiese pasado. Ni siquiera tuvo, el doctor claro está, la cortesía de guiñarle un ojo en actitud de complicidad.

jueves 25 de junio de 2009

III (o también, Buscadores de Oro)

"-…El Oro es algo diabólico. Uno empieza por decirse que se conformaría con una cantidad que representase 25.000 dólares ¡que Dios no me ayude si miento! Y va decidido. Después de pasar meses sudando, mareándose, andando escaso de todo baja a los 15.000 y luego a los 10.000. Al final dice, permíteme que encuentre algo por valor de 5000 y no pediré nada más a cambio."

El Tesoro de Sierra Madre.


He aquí la habitual rutina del bar de extrarradio que presento en esta mi ficción. Primero, permanece cerrado, mientras las últimas cucarachas desaparecen en la tranquilidad de la noche ante la inminente llegada de los primeros rayos solares.
Y segundos más tarde, el camarero apaga la primera colilla del día en la misma esquina, y manosea el manojo de llaves antes de abrir el establecimiento. No se trata del típico bar grasiento, de esos ya van quedando pocos. Este se trata de un nuevo tipo de bar. Pertenece a una franquicia que simula aquellos bares añejos, solo que cumpliendo todas las normativas de sanidad (la industria de lo revival vive sin duda una de sus épocas doradas. Parece que nadie quiera vivir hoy). Es nuevo y a la vez es viejo. De hecho, los ejecutivos tomaron a bien la sugerencia que el antiguo dueño y actual encargado les hizo acerca de mantener el nombre viejo nombre para no provocar rechazo en la clientela habitual.

El camarero limpia las mesas, pone los servilleteros en su sitio mientras la máquina de café se calienta, y repone los periódicos, mientras enchufa el televisor, sirviendose su café, antes de que los dos primeros clientes caigan por el local. Antes, cuando venía aún mas gente solía poner unas revistas, pero lleva por lo menos 5 años el mismo muy interesante (aquel con la foto en portada de un antiguo galeón hundido, con un titular de llamativa tipologia en el que se lee “oro en las profundidades”).

Suele ser que los primeros clientes son totales desconocidos. Llegan pronto y esperan a que la oficina del INEM abra. Luego, con más confianza, van entrando los clientes ocasionales mientras los anonimos bebedores de café vacian la taza,pagan y se van (alguno dice buenos días). Un nuevo, y sobretodo, un nuevo que va a la oficina (como se le llama con cariño o tal vez resignación a la oficina del paro) tarda una media de entre 3 y 5 días en entender que pasará varias mañanas por allí, y por tanto no suelen hablar mucho de nada. Poco a poco, y la media de paro es de 6 meses a un año y medio (en tiempos de crecimiento económico), van entendiendo el funcionamiento, el orden único e inevitable de aquel microcosmos, sus personajes, sus tramas, aquellos temas que son omitidos, y quien opina qué en las grandes y estériles conversaciones que desencadenan los muy imparciales medios de comunicación. Conforme sigue pasando el tiempo, los tabúes se van derribando, y las preguntas surgen, para ir siendo contestadas.

-¿Quién es el extraño hombre que de vez en cuando sale a gritar por la ventana?-preguntan los que no saben durante su segundo café a eso de las 10, antes de ir ha hacer aquello que tengan previsto

-Normalmente, a eso de las 12- dice el siempre el camarero, cada día más canoso, secando los vasos de cerveza recién sacados del lavavajillas- el señor Zarzamora, asoma su cabeza todas las mañanas por el balcón para gritar que por fin a convertido el plomo en oro- Superada la pequeña introducción, que suele provocar la risa de los nuevos, el camarero impasible ante nada, continua relatando la historia- Así es, pasa todas las noches en vela, realizando experimentos…Zarzamora, o Don Norberto, como le llamaban cuando era otro de los habituales de esta barra, es un antiguo peletero, que un día, viéndose bien cubierto para la jubilación decidió vender su comercio a unas muchachas que lo transformaron en una herboristería- negocio que procierto no llegó a buen puerto. Después de muchos traspasos y reenfoques del negocio, parece ser que como locutorio funciona muy bien (lo cual rayaba la evidencia en vistas de lo que parece haber cambiado el barrio últimamente.)- En fin, Zarzamora, fue durante un tiempo un jubilado ejemplar: petanca, prensa deportiva, y toda clase de pasatiempos baratos, además de cómo no, la barra de este bar, justo en la silla donde ahora dejo las revistas. Y un día sin saber porque, se subió a su casa sin despedirse. Él estaba tranquilo, viendo la televisión, tomando su café, y se largó- y aquí tiene que hacer una pausa, siempre. Por muchas veces que llegue a esta parte de la historia, le cuesta hablar de ello, porque realmente siente cada cliente como un familiar, y aquello fue para él como perder a un sobrino 10 años mayor. Pero antes de que nada asome más de lo debido, vuelve a reenfocar su tono, tan siempre impasible a todo.- Y desde entonces todo lo que sabemos de él es que puntualmente a las 12 como un cuco se asoma por la ventana y grita que lo ha conseguido. Algunos han subido… yo tengo mucho trabajo y no puedo, pero cuentan como ha convertido su sala de estar en un laboratorio… lleno de chismes, de frascos de colores, de tablas de formulas, todo lleno de tiza. Ha vendido su televisión, y ahora se dedica a buscar oro. Pero lo más extraño es que médicamente no está loco. Su hijo ha intentado internarlo varias veces en una residencia, temiendo por la vida de su padre y por el valor del inmueble, ¡y los vecinos! Pero siempre supera los test psicológicos-
Y como si una cosa fuera ligada a la otra, cuando el camarero dice la ultima palabra termina de secar la última copa, dejando otro café sobre la barra y desapareciendo en el interior de la cocina, a seguir trabajando.

-Pues yo no se si Zarzamora está loco o no, lo que sé es que es un hijo de puta y un mal nacido- llegado a este, y salvo rara excepción o ausencia, prosigue punto la historia el hombre que bebe un tercio directamente del botellín, sin dejar de prestar atención a la máquina tragaperras- Un hijo de la gran puta, se lo digo yo. ¿Sabes de donde saco ese tipo el dinero para montarse su negocio? De todo el vecindario. Ha sido un trepa toda su vida, y seguirá siendo- Maldice un buen rato, no se sabe bien a qué, mientras vuelve a poner otra moneda en la máquina.- Hará ya treantaypico o tal vez tretaymuchos años, ese hombre estaba conmigo y con la mayor parte de los vecinos de antes trabajando en la antigua fábrica de metal, que había donde ahora van a construir el nuevo estadio. Estábamos todos metidos en la U.S.O (Unión Sindical Obrera), y llegamos a un pacto con los de comisiones para que en las elecciones para en sindicato vertical, para nuestra fábrica se presentase sobretodo la gente de nuestro partido. Espera un segundito. -Aprieta un botón luminoso que no deja de parpadear y ahora lo que se mueve es la pantalla de arriba, primero sale un limón, luego unas uvas y por último un cofre del tesoro con la palabra “price” escrito encima. No se lleva el primero pero la voz femenina que sale de la maquina le aconseja que siga miento monedas, que esta muy cerca. Mete la mano en el bolsillo, y continúa el relato mientras el juego sigue-. Bien, una noche, en este mismo bar, justo después que Zarzamora se fuese, una abogada del partido nos dijo que era un soplón de la brigada política. Automáticamente lo borramos de las listas y a la semana, en plena asamblea, en la sacristía de la parroquia de San Roque, hicieron un redada y nos llevaron a todos a la cárcel. Por suerte no estuve mucho tiempo allí, pero cuando salí Zarzamora había pasado llamarse Norberto a que le llamasen Don Norberto el peletero. Si es que este mundo... -y sigue maldiciendo quien sabe a quien, mientras el botón luminoso vuelve a brillar

Lo cierto es que el señor Zarzamora es una figura discutida del barrio. Nunca se ha llegado a demostrar nada de él, y poca gente ha llegado a conocerlo en persona desde el aquel extraño día. Todo el mundo habla de Norberto menos María, una de las mujeres más discretas del barrio. Limpia en casa de Don Norberto todos los Martes y Viernes, y pasa a recoger el sueldo el primer domingo de cada mes. Lo cierto es que a parte del improvisado laboratorio, que en realidad no es más que un alambique y la antiguo mueble de televisión, lleno de elementos inorgánicos y aparatos de medición, la casa estaba totalmente limpia. Zarzamora no come demasiado, y aunque se ducha con regularidad, deja el cuarto de baño como si nadie hubiese estado allí. Ella solo limpia el polvo y friega bien los suelos. Cada 15 días realiza todas estas tareas desnuda de cintura para abajo bajo la atenta mirada del viejo, que le dejaba una propia sustanciosa bajo una falsa figurita de porcelana que representa una carreta vacía llevada por un minero, en la entrada del piso. Sabe que es un abuelo inofensivo, pero se siente sumamente sucia al hacerlo, y a veces infiel. Luego piensa que el dinero bien lo vale. No tiene vacaciones, no tiene contrato, y le pagan miserias en todas las escaleras donde va a fregar. Ella ha venido aquí a ganar dinero. Para cobrar poco y vivir mal se habría quedado en su país.

La historia hace ya un buen rato que se ha acabado, y los consumidores consumen, como indica su sustantivo, ahora en silencio, tal vez pensado o tal vez no. El marroquí de siempre, entra como todos los días, más menos a esta ahora, para vender CDS, mecheros, y figuritas caricaturescas de algo que se le parece a Bob Marley. El hombre de la máquina juega su última moneda, y de nuevo la luz del premio gordo. La aprieta: oro, oro, y unas uvas. No hay premio gordo. El marroquí se le acerca y trata de venderle los últimos estrenos, por 3 euros cada uno, 9 euros si le compra 4, pero le hecha a patadas del bar diciéndole que se vuelva a su país, que aquí también falta trabajo. Ni María, ni el camarero se escandalizan, por todo esto, y quizás los muy nuevos sí, pero cada día menos. Están mirando para otro lado, haciendo cuentas, piensan en las facturas, y en los plazos, rebuscando con la cuchara bajo la capa azúcar alguna dorada respuesta en el poso del café aguado de maquina.

Finalmente todos se van a trabajar o a buscar trabajo. Se van simplemente. Los últimos en levantarse, escuchan una voz que grita desde un balcón que por fin a encontrado oro, puntualmente y como siempre a las doce. Y en unos minutos, 10 a lo sumo, llegarán los funcionarios a comer durante horas.

lunes 15 de junio de 2009

El otro K. Primera parte.



"Todo delito que no se convierte en escándolo no existe para la sociedad" (H. Heine)

El desconocido camina rápido en zigzag a lo largo de la calle esquivando la luz eléctrica de las pocas farolas que funcionan. En lo apresurado de su paso sujeta apenas una grabadora, una libreta en la que se apelotonan indicaciones, direcciones postales y algun número de teléfono, y un esquálido paquete de tabaco. No huye, o al menos no huye de nada. En realidad, se dirige a una cita. Y llega tarde.

Antes de llegar a donde se dirige, ha de preguntar por el nombre del restaurante hasta tres veces. Las dos primeras veces obtiene indicaciones que se contradicen entre sí y a la tercera ocasión obtiene un encogimiento de hombros por respuesta. Finalmente llega con cuarenta minutos de retraso, justo antes de que las nubes de color borgoña abracen en forma de lluvia toda la noche de Berlín. A su llegada la cena todavía no ha comenzado pues la gran estrella -Charlotte Floyd, autora de la nueva trilogía juvenil que está arrasando en toda Europa- no ha aparecido todavía.
Dado que se trata de un acto privado el desconocido ha de presentar su acreditación, y a pesar de su condición de desconocido es poseedor de una, una que además le identifica como enviado del suplemento cultural del periódico de mayor tirada en Irlanda.

Hemos de aclarar algo. El desconocido no se dedica a la crítica literaria, si no a la cinematográfica. El motivo de su traslado es el estreno de la versión cinematográfica del primer volúmen, dirigida por un también jóven Andrzej Zanussi -al igual que la escritora, ronda los veinticinco- director recién salido de la academia de Łódź. De esta industrial ciudad polaca por otra parte desconocida, al joven director le encanta repetirlo en todas las entrevistas que el desconocido se ha leído para hacer un estudio de campo, también provienen sus admirados Polanski y Kieślowski. Aunque debido a los retrasos con el equipaje en el aeropuerto de Tegel el desconocido no ha podido asistir a la premier, no puede permitirse saltarse la especie de rueda de prensa-after party que la productora se ha encargado de organizar.

Para hacer honor a la verdad hay que mencionar que hizo su intento en las columnas literarias, pero la presión que le suponía el enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre el escritor y el crítico -ambos dentro de la tipología de insectos enamorados de su propia sombra proyectada por la lámpara de su estudio- le supuso no pocas noches de insomnio y alguna enemestidad inesperada. Sin el coraje necesario -quizás sin las amistades adecuadas- el desconocido optó por el cine, esfera en la que se mueve más dinero, pero al mismo tiempo lugar en el que las críticas son menos feroces, más indirectas y repartidas. Más cobardes.

Nuestro desconocido pudo haber elegido otra profesión, claro, o incluso hacerse periodista deportivo -profesión ingrata donde las haya, pero donde la opinión de uno no importa una mierda y prima el reporterismo primitivo, la capacidad de pronunciar apellidos extranjeros con correción y la sonrisa de boxeador- especialmente teniendo en cuenta que él es de la opinión de que es mucho mejor leer que escribir, pequeño defecto derivado de la misantropía crónica que brota en la noble profesión del periodismo. Al respecto, y citando al pobre amargado de Kierkegard -lo cual no era precisamente una casualidad- solía decir “¡Qué irónico es que precisamente por medio del lenguaje un hombre pueda degradarse por debajo de lo que no tiene lenguaje!" aunque la mayor parte de las veces obtenía como respuesta a sus pocos destellos de casi-erudicción enciclopédica un lacónico encogimiento de hombros. A pesar de los pesares, acabó con el puesto de encargado de sección cuando poco después de comenzar a trabajar en el periódico, cuando la treintena empezaba a asomar las orejas y todavía recordaba el nombre de al menos cinco compañeros de facultad.

Antes pasarse al suplemento cultural comenzó en la línea dura de la edición diaria, cubriendo parte de la sección de cultura. En la irlanda de su periódico la cultura tenía algo de arqueología dirigida a rendir culto a los grandes de principios de siglo pasado. En los siete años de su carrera periodística su sección fue perdiéndo páginas hasta quedar igualado a las dedicadas a la liga inglesa, que ocupaba un par más que la FAI Primer Division, es decir la irlandesa. A pesar del sueldo decente que le suponía este trabajo, antes de dirigir su sección en el suplemento hizo un par de trabajos para los deportes, aunque siempre con algun trasfondo políticosocial como cuando cubrió la actividad de algunos constructores privados alrededor del permiso de planificación urbanística para actualizar el existente Phibsboro Shopping Centre y su relación con el nuevo estadio de los Bohemians – apodados Bohs entre los que tienen algo de añoro por el gaélico y The Gypsies por el resto-, el equipo local de Dublín. Todos aquellos artículos fueron firmadados con varios pseudónimos para proteger una supuesta fama de crítico de cine que no existía.

Nuestro desconocido, llamémosle K, no se tomó el adelgazamiento de estas páginas culturales como algo de su responsabilidad, no se concebía a sí mismo como el eco de las aspiraciones cinemátograficas de todo un pueblo -que fue exáctamente el término que empleó su superior por teléfono cuando le propuso el puesto- si no más bien kafkiano en el sentido celular de la palabra, al modo de un escritor de hoy día, aislado, en medio de un mundo en el cual hace mucho que la literatura no tiene una función definida, y por consiguiente sin responsabilidad ni misión, libre por su misma inutilidad.

Pero volvamos al restaurante, llamado curiosamente chez Franz, en el corazón de lo que alguna vez fue el boulevard de los posteriormente denominados intelectuales, Schöneberg, a día de hoy conocido por sus locales de ambiente. K es dirigido por el personal del establecimiento a través de un larguísimo pasillo hasta lo que le parece el salón principal de un local al más puro estilo de los años veinte de la capital. Pequeñas mesas redondas para pequeños grupos de cuatro o cinco personas se amontonan alrededor de una muchísimo mayor y algo elevada en la cual se muestran los símbolos del grupo editorial, la productora de cine, el título de la película y los nombres tanto de de la autora como del director en una tipografía estirada y atrevida que nunca había visto.

En aquella enorme mesa, con sonrisa de presidente de una república nueva jugando al poker con sus allegados, el director reaccionaba riendo de forma escandalosa a cada una de las historias que sus compañeros de mesa le contaban.
K. pasó de largo hasta llegar, todavía guiado por el camarero que había pedido la acreditación, al lugar que le habían asignado, prácticamente al final de la sala, lo más lejos posible de la enorme mesa con publicidad. K dejó entrever un mínimo de decepción que provocó una mueca a medio camino entre lo burlón y lo triste del camarero. La mesa la compartía junto con tres tipos de marcado acento inglés -conocidos de la escritora, dijeron- que no llegarían a los 30 -tampoco K lo hacía- que hablaban apresuradamente entre ellos, como interponiéndose en una conversación que versaba sobre el supuesto affair del director con la escritora; y un periodista alemán, que no participaba en la conversación y que parecía doblar la edad a todos. Vestido de forma impecable y de gestos mecánicos aunque en cierto modo también nerviosos por lo incómodo de situación, el alemán -que se llamaba, según dijo, Leibniz, aunque K pensó que era una broma- no ocultaba su desprecio por toda aquella exhibición de juventud.

Aunque la invitación al evento parecía incluir una cena, en las mesas -todavía medio vacías- solo hay copas, que son rellenadas de vino con una más que incómoda regularidad por el ejército de camareros, regularidad que parecía haber sido muy bien aprovechada por los ingleses.

-¿Oye, te han dicho el camarero cuándo cojones va a comenzar esto? -dijo uno de los tres ingleses, Andrew, una vez finalizadas las presentaciones formales.
-No, acabo de llegar a Berlín hace tres horas y estoy un poco perdido. Mierda, ¿Alguno de vosotros ha visto la película?- contestó K procurando emplear un tono amistoso.
-Debería de haber comenzado hace una hora- dijo el alemán ignorando la pregunta, también en inglés y sin ocultar enfado. Apenas hubo acabado la frase, uno de los otros tres, Arthur o quizás Aaron -poco importan los nombres- se levantó y dijo mirad imbéciles, os lo dije, ahí está Lotte.

La sala empezó a hervir en murmullos que se entremezclaban en el aire y llegaban convertidos en una maraña de ruido envalentada en la lámpara de araña que colgaba del techo. Tan delgada como si aquello fuese la rueda de prensa de una rehén recién liberada y no un acontecimiento de tal envergadura, la escritora no parecía tener espacio en su pequeño rostro para albergar una sonrisa. Se trataba de una chica de andar sólido y convincente, alta incluso para ser de familia inglesa y con un cabello lacio a medio camino entre el rubio mohíno y el rojizo aflijido; de piel pálida como si le fuese la vida en ello.
Un par de flashes fueron contenidos de inmediato por los eficientes empleados del chez Kafka, que no pudieron hacer lo mismo con la fortísima ovación que llenó la sala. En cuanto la popular Charlotte Floyd subió el par de escalones que conducían a la plataforma donde se encontraba la gran mesa del director de su editorial, los productores, y el joven director entre otros, su expresión cambió radicalmente. Dibujando una mueca que pocas gente quisiera volver a ver en su vida -desde luego, K no- Charlotte Floyd aceleró el paso y una vez estuvo junto a un todavía sonriente Andrzej Zanussi que se había levantado para aplaudir, y ante el asombro de toda la sala, propinó al director un guantazo en la mejilla que sonó a limpia y medida, pero también a blasfemia en medio del silencio pulcro de un templo vacío.

Tras los obligados dos segundos de estupor aún indoloro, Zanussi se zafó de la muchacha, quien dió media vuelta y entre un celaje de flashes ahora sí imparable, se disolvió como un mensaje secreto escrito sobre la superficie del agua.

domingo 31 de mayo de 2009

II (o la fabula del cementerio de animales)

“La grulla es gracia. El tigre hermoso. El dragón fuerte. Todo enseña: lo alto y lo bajo. Ser uno con la naturaleza, aprender de su magnificencia. Si aprendemos de la naturaleza podremos superar todas las dificultades. De esta forma nos enseñaba el maestro…

De la grulla podemos aprender como desplazarnos en la dificultad, y de ese modo alejarnos de nuestro enemigo. Del tigre, aprender a necesitar ayuda de otros, y del dragón, aprender a enorgullecernos de la debilidad. Hemos de conocer de cada uno de los animales lo que puede enseñarnos, y de este modo aprenderemos a vivir.”


Maestro Shao-Lin

Si a cualquiera preguntaseis os diría que aquella noche era una noche profundamente oscura, pero yo os diré que era tan oscura como todas las demás, porque la noche es básicamente eso, oscuridad. Cierto es que la quietud y la calma eran como una vieja cuchilla apurando los últimos restos de barba en la nuez, pero si 7 noches son una semana, yo diría que 4 de estas 7 son así. Así que era una noche como cualquier otra, en la ciudad.

Por aquel entonces yo trabajaba de repartidor para los hermanos Garmendia, unos mafiosos de poca monta que habían empezado ha hacer negocios con el extranjero, con oriente, importando cantidades de objetos inútiles e invendibles, como falsos jarrones milenarios, feas estampas de segunda mano obtenidas en el puerto de Shandong, y otros objetos como trajes tarados y mascaras defectuosas, que a los ojos del profano policía de aduanas del puerto significaban trastos que solo compraría un rico excéntrico, y a los ojos del sabio coleccionista timos tan evidentes en los que solo un idiota caería. Daba igual que la decoración oriental no triunfase en aquellos tiempos, porque lo realmente beneficioso eran los dobles fondos que pasaban inadvertidos para los ojos de los funcionarios cegados por una paga no justificada.
De remesa en remesa habían conseguido ya cierto renombre, y de la venta directa al consumidor habían decidido pasar a convertirse mayoristas en vistas del florecimiento de los clubs nocturnos por toda la zona del puerto.

Lo cierto es que Manuel y Adolfo (aunque este no era su verdadero nombre) eran dos empresarios que explotaban un mercado con sus correspondientes demandantes, tan culpables como el oferente de la existencia del mismo. Pero aún quitando lo sordido del negocio, se podría decir que eran unos empresarios sin escrúpulos. Unos supervivientes natos, capaces de comerse el esqueleto de una sardina si hacia falta, aunque nunca negándose a un mullido cojín frente a una chimenea y unos cuantos ovillos de lana. Eran dos gatos tuertos y viejos, aunque el único que realmente llevaba parche era Manuel.

Aquella misma mañana me habían ascendido de correo a paquete encomendándome la primera misión aquella misma noche. Debía de llevar un extraño bulto hasta un local que quedaba cerca del puerto, el cual ya no recuerdo bien su nombre, porque cambio tantas y tantas veces y fui otras tantas yo…

La ciudad de noche es peligrosa, me habría dicho mi madre, que nunca había estado en una localidad de más de 250 fuegos. Le habían llegado historias, como a todos. Y muchas veces se desconfía de las historias, de los cuentos y de las fábulas, pero debéis de creer en ellas porque de una u otra manera son verdad.

Por aquella zona una bicicleta es todo un lujo, y más me valía ir con el bulto a la espalda, caminar a lo mío y no fijarme en nada más, ni en los marineros derribados por el alcohol que se disponían en forma de reguero desde el agua hasta bien entrado el asfalto, ni las putas viejas y enfermas que me cogían de la mano si pasaba demasiado cerca, mirandome con ojos enfermos y huecos, ni tampoco en todas aquellas personas que se refugiaban de su bochornosa podredumbre en las oxigenadas avenidas, familias enteras (madre y 5 hijos), famélicos. Dicen que en Europa nadie pasa hambre, pero eso ya es otro cantar.

Me dijeron que cuando llegase al local preguntase por Hop-Frog, el dueño. Había oído cosas horribles de ese tipo. Las peores lenguas decían que era el responsable del asesinato de unos altos cargos de su país, y que había huido hasta aquí, pero yo no podía creer que un tipo de nombre tan simpático no tuviese acorde una simpática personalidad. El plan era entrar y salir y reunirse con los muchachos al otro extremo de la playa para pasar la noche del jueves. Tras las llamadas a la puerta cerrada y la palabra secreta, la primera puerta fue abierta. Un enorme simio sobrio y una sardina china con gafas esperaban en una sala previa al lugar, comprobando las reservas de los clientes y vigilando que nada extraño entrase al ambiente de paz y calma que se ofrecía al consumidor.

- Y ¿ese paquete?- dijo la sardina
- Solo puede abrirlo Hop- Frog- dije con la voz mas púber que he puesto en mi vida.
- Eso ya lo veremos- dijo la voz tras las gafas, mientras los brazos de simio se acercaban con cara de haber hecho esto mismo antes hacia un rato
- ¿Sabe usted para quien trabajo? ¿Le suenan los hermanos Garmendia? No creo que les guste mucho que se discutan sus ordenes. ¿Quiere que mis jefes se enfaden?

Hubo un forcejeo, y me puse a gritar mientras agarraba aquel bulto con mi vida. El escándalo fue suficiente como para que un engominado cuervo, vestido a medida y que fumaba en boquilla cruzase la segunda puerta.

- ¿Qué cojones está pasando aquí?- grazno
- Aquí el muchachito no quiere enseñarme lo que hay en el bulto
- ¿Ocultas algo mequetrefe?- inquirió el cuervo
- No. Pero los hermanos Garmendia me han dicho que esto solo puede abrirlo…
- ¡Ah! Tu eres el chico de Adolfo. Vaya vaya vaya, pensé que llegarías mañana. Da igual, ya se dice normalmente, “cuanto antes mejor”- apuro otra calada mas- ¿En que estabas pensando Nuts? Si te dice que viene de los Garmendia me tendrías que avisar enseguida.
- Lo siento jefe- dijo el simio con cara de mono de circo enjaulado y muy cansado, mientras la sardina se escurría tras la segunda puerta- no sucederá más.
- ¿Vas a venir tú normalmente?- volvió ha hablarme el cuervo
- No lo sé señor
- Cuervo, llámame cuervo
- No lo sé cuervo
- Da igual, voy a enseñarte todo esto antes de llevarte al despacho de todas formas. Un chiquillo tan valiente… podrías incluso trabajar para nosotros- dijo ingenuamente

Cuervo abrió la puerta número dos, y se puso a buscar en los cajones mientras yo regentaba el paquete. Muerto de curiosidad dispuse mi nariz sobre la puerta número tres, una cortina de cuentas, pero lo único que vi fue un largo pasillo, un jarrón de los Garmendia, grande y falso, y muchísimo humo. “No te quedes ahí” me dijo el cuervo “pasa”. Y pasé, y a lo largo del pasillo habían camas y cuerpos sobre ellas, cuerpos ausentes, soñando, y entiéndase sueño como actividad cerebral inconsciente no necesariamente agradable, soñando despiertos. En cada una de las camas animales moribundos, tigres de circo, dragones de cera que se consumían lentamente, rendidos ante la pesadilla, la pequeña lámpara de gas, y las largas pipas de madera. Una extraña música incomprensible y extranjera salía del alguna parte para poner la guinda a aquella visión de estar en un cementerio de animales.

Atravesamos la estancia y subimos por unas escalerillas de metal hasta un altillo, un cuchitril gris, con manchas de moho en las paredes, un calendario de mujeres desnudas y un cenicero humeante. Hop-Frog estaba de espaldas en una silla giratoria de cuero de imitación, fumando cara a la pared, pero al oír pasos se dio rápidamente la vuelta.

- ¿Y tu quien eres chico?- dijo nerviosamente asomando los dientes. La imagen que te formas de alguien dista siempre mucho de la realidad. Hop-Frog era una rata, una sucia rata. Una rata vieja, con la cola roída, los dientes amarillos, los ojos enanos y la rábida en cada uno de sus sucios pelos. Tenía una voz rasposa, y una extraña manera de gesticular. Sus ojos eran dos bolas brillantes negras, casi tan negras como las de cuervo, pero con más años encima, con mucho más mundo visto, muchísimo mas gastados. Hop-Frog se sorprendió con aquel gesto por parte de los Garmendia ya que últimamente, nuevos proveedores habían ofrecido sus servicios, y los negocios eran los negocios. Hop-Frog hizo una oferta a los gatos Garmendia, prometiéndole fidelidad a su producto siempre y cuando este fuera mucho mas barato. Parecía que no iban a ceder pero una rata siempre consigue lo que quiere. Ahora reía entre sus muchos dientes- bien chico- siguió hablando- veamos lo que me has traído- al abrir el paquete la sorpresa fue mayúscula cuando lo que encontró fue el cadáver de una rana. Debía de ser reciente pues no me había percatado del olor. La rata, perdida de rabia desenfundo su revolver Colt, dio un salto por encima del escritorio, y me sujeto de la camisa mientras hundía el cañón en mi frente.- ¿qué significa esto? ¿Es una broma? , ¿Eres un bromista? ¿Te has creído muy gracioso? ¿O los bromistas son tus jefes? Pues no aguanto a los bromistas, hay gente que ha muerto por mucho menos de esto, gente mucho más importante. Vuelve a tu casita hijo de puta y diles a tus jefes que les voy a meter esta puta rana por el culo. O mejor creo que les daré un mensaje que entenderán más claramente- Hop-Frog quitó el seguro de la pistola y el disparo fue inmediato.

Cuando las autoridades llegaron aquello se lleno de ratas, monos, cucarachas y urracas, por no hablar de periodistas, policías y otros carroñeros, que buscaban sacar provecho de todo aquello. El cadáver de Hop-Frog estaba tendido en el suelo, con una nota de suicidio post-mortem sobre su mesa. Yo me quedé toda la escena sentado en una silla del despacho, asegurando ser un primo lejano de cuervo, que estaba de visita en la ciudad, observando la sangre de rata sobre el despacho. Es negra ¿sabéis? No el mismo negro que sus ojos, sino más bien un negro podrido.

Los policías antes de levantar el cadáver bromeaban. Para ellos recoger gente con los sesos abiertos es algo muy normal. Resultaba que Hop-Frog no tenía documentos oficiales de identidad, ni pasaporte, ni visados ni nada, y tan solo respondía el nombre de Hop-Frog. “Tendremos que enterrarlo en el cementerio de animales”, dijeron mientras lo bajaban por las escaleras.

Cuando todo el mundo se fue, cuervo se ofreció a llevarme a cualquier parte, por las molestias. Entramos en el auto, y recorrimos toda la ciudad hasta mi casa. Yo no dejaba de mirarle, porque nunca había visto a un asesino. Y al principio era solo por eso, pero es que durante el trayecto el cuervo empezó a perder todas las plumas. Estaba dejando el coche perdido, pero no decía nada. A lo mejor era lo normal en aquella época del año. Pero en el momento en el que se le cayó el pico, y dejo entrever el hocico y los dientes amarillos en forma de sierra, supe que el cuervo era ahora una rata. Tal vez siempre lo fue, y esperó el momento para salir, o tal vez cuando matas a una rata por la espalda te conviertes en una rata, y son tus actos lo que te definen. Todo esto está más allá de este relato.

“Diles a tus jefes que todo sigue como siempre”, y desapareció en aquella noche tan cualquiera.

martes 19 de mayo de 2009

I

Los periódicos nos recibieron aquella mañana con la noticia de que un peligroso criminal andaba en busca y captura. Al parecer alguien había atracado un banco y disparado contra un guarda, no me enteré muy bien. A veces resulta imposible entender que diablos es lo que realmente ocurre en el caso de que la fuente que nos sostiene es la prensa (ese atajo de porteras y cuenta cuentos a sueldo). La foto del malhechor era la primera plana, y su descripción psicológica podía encontrarse en la noticia más destacada de la sección de sucesos, "peligroso y está armado". Aunque lo bueno que tienen ahora las autopistas es que esta clase de noticias sensacionalistas pasan por completo desapercibidas.

Cierto es que años atrás, donde los bares de carretera eran eso y no self-services, siempre había algún que otro habitual de la barra que escudriñaba los anónimos rostros que se deslizaban por el lugar, imaginando de que huían. Pero ahora la realidad es bien distinta, y detrás de los souvenirs y las chocolatinas bajas en azúcar, los tickets de compra y los uniformes reglamentarios de las dependientas con esa estúpida gorra, quien entran ya no es una sombra. Ahora son posibles clientes preguntando donde están los aseos esperando que el dispensador de jabón funcione correctamente, y ocasionalmente algún mochilero que se desvió de su ruta atraído por la leyenda de el dorado.

Si el limbo existe tiene que ser pareció a un área de descanso en una carretera a media tarde en agosto, con su bollería prefabricada y bebidas abusivamente caras y un quiosco donde la prensa llega puntualmente dos días tarde.

Los zapatos de un cliente brillan con la luz de los primeros destellos de los tubos fluorescentes, antes de que en la cafetería dispongan todo para que comience la cena. Como todos, el también ojea sin detenerse demasiado la prensa, en especial la sección de anuncios. Piensa en un viaje largo, y da vueltas a un globo terráqueo imaginario esperando a que se paré para elegir el punto de destino, aunque de momento se conforma con haber repostado la gasolina y con que Marta, su hija pequeña, salga del baño y no tenga que entrar a buscarla. No le gustaba tener que responder a preguntas impertinentes formuladas por marujas impertinentes de impertinente domingueo. Hoy ha decidido volver a fumar, es como un premio, algo así como el humo de la victoria. Una chica con las cejas tintadas se le acerca mascando chicle y preguntándole educadamente que quiere. Cerveza sin alcohol y un batido de fresa con trocitos de fresa dentro. No falta mucho para la cena.

Un hombre grasiento y sudoroso se le acerca por detrás y le pregunta por su nombre, mientras le sujeta un hombro con fuerza. Reaccionando rápidamente le estampa en la cara el servilletero de metal, y lo empuja contra el suelo y hecha a correr por el pasillo, buscando a su hija antes de huir. Con suerte solo serían dos o tres. Pero mientras razona el plan de escape tres dos se alojan en su espalda, y uno en su cráneo. Cae al suelo, definitivamente.

El policía sonríe y enfunda el arma. Un culpable acaba de morir. De la niña se encargaría un equipo de psicólogos de asuntos sociales destinado para esta clase de eventualidades. No le dejaron ver el cuerpo de su padre porque era demasiado pequeña, lo que era totalmente comprensible. Del dinero que había robado 3 días antes a mano armada en una importante sede bancaria y que ocultaba en un doble fondo del maletero también se encargaría la policía, tomándolo seguramente como prueba, para despues resiturilo a su legitimo propietario, el Goliath National Bank.

La quietud, después de los sucesos, se volvió a instalar en el área de servicio. El tipo grasiento, que resulto ser un sargento de la policía federal, antes de subir al coche de vuelta a casa, acaricio a un chucho cruzado y algo tuerto que vagabundeaba por la zona. Le encantaban los perros. Cuando su coche desapareció a lo largo de la infinitamente recta autopista, el can se quedo allí sentado, con la lengua fuera bajo una luz amarilla y con un extraño y estúpidamente expresión de feliz ignorancia.

miércoles 1 de abril de 2009

Tierra quemada

Diario de Jean-Paul Manzzini

25 de septiembre de 1812, Rusia

Hoy el cielo vuelve a estar nublado. Supuestamente nos levantamos pronto, sin embargo las horas pasan y yo no soy consciente de ello. No puedo entender el paso del tiempo si no veo al sol moverse, tengo la sensación de que es la misma hora todo el rato, y de que los segundos pasan muy lentamente. O tal vez caminamos demasiado lento. Tampoco acabo de comprender hacia donde avanzamos. Necesito sol para orientarme, sol para caminar, sol para vivir.
Cuando todo esto termine, migraré a algún lugar donde las nubes no existan. Dicen que en el Caribe.

La noche pasó sin más, iba escribir que tranquila, pero no es así, vamos a decir que fue tensa pero sin incidentes. Realmente no ocurre nada desde Somlesk. Los hombres pasaron la noche en vela, algunos de manera abierta, jugando a las cartas, alrededor de la hoguera, consumiendo las provisiones que algún día nos harán falta. Pero eran una minoría, el resto permaneció despierto, pero con los ojos cerrados, inmóvil sobre sus catres, fingiendo descanso. Cada día estoy más convencido de que no puede obtenerse el descanso aquí; no en esta estepa tan hostil y eterna. Su tranquilidad hipócrita, hace que camines por donde camines, siempre sientas unos ojos clavados en la espalda, y empiezo a pensar que es la propia Rusia quien esperando su momento, el momentno exacto.

Avanzamos sobre la nada. Aquí en retaguardia lo único que vemos es una fila larga de hombres en una marcha muy torpe y muy lenta. Siempre dicen que estamos a dos días de darles alcance, que están huyendo, pero yo no me lo creo. Cada vez que llegamos donde estaban solo encontramos las cenizas de un granero vacío y tierra quemada.

Pronto llegaremos a Moscú, o a lo que quede de él.

sábado 21 de marzo de 2009

La partida más larga del mundo

Cuando Jürgen Hoffman y Allan Berstein entraron por la puerta del local no se imaginaban que iban a disputar la partida más larga del mundo. Era viernes por la noche, y como todos los viernes por la noche, después de la academia de chino, los dos se homenajeaban introduciendo en sus gaznates una cerveza especial de color verde. Jürgen ni entendía ni le preocupaba como una cerveza podía cambiar de color, Allan sin embargo lo sabía perfectamente, y daba por supuesto que Jürgen lo sabía.

El espacio del local se distribuye en 9 pequeños sectores, cada uno amueblado con su respectiva columna, su sofá de cuero y su mesa de billar, y todos y cada uno de estos espacios se hallan cercados por un gran rectángulo delimitado por las paredes del local y adornado por los típicos pósters poco arriesgado que podrían encontrarse en cualquier bar con una mesa y unos tacos: Elvis Presley, Frank Sinatra, Marilyn Monroe, Audrey… todos en sus estampas inmortales, tan estáticos, inalcanzables, perfectos e inexistentes como ese mundo de las ideas de Platón.

Sentado en el sofá ya estaba yo (el observador, el narrador, el personaje, el mentiroso), desde hacia mucho tiempo, sobre un sofá de cuero, viendo todo lo que podría ver un Dios. Jürgen y Allan, se acercaron a la barra y le pidieron a la camarera una mesa de billar, como todos lo viernes, y ella puso las bolas y el triangulo sobre la mesa, les advirtió, como siempre, que era por minutos, y volvió a sonreírme.

Bajo sus rizos rojos, y su camiseta fosforescente, ella baila con una música que solo ella puede escuchar. Y me encantaría escucharla. Casi como en un juego cruel ella se dedica a atender a los clientes, limpiar las copas, ha hacer su trabajo, vaya, bailando, y además, encima, a sonreírme, y a mirarme. También está leyendo a Hemingway por debajo del mostrador. Es la única incógnita que aún no he podido resolver de esta ecuación en forma de sala de billar.

Allan coloca las bolas cada una en su sitio, Jürgen escoge el taco más grande, mientras ella les lleva una bandeja con dos cervezas verdes, y esta vez no me mira, sigue caminando como si no estuviese y vuelve detrás de su barra. La bola blanca rompe contra el triangulo equilátero formando una via-lactea de bolas lisas y rayadas. Jürgen va a lisas, pero le encantaría ir a rayadas, a Allan de la igual, bebe su copa mientras Jürgen mete tres en un mismo turno, le pica un poco pero entiende la competición de un modo sano, o eso deja entrever. Ahora me ha mirado, he tenido que girar la cabeza muy rápidamente pero la he pillado mirándome. Me muestra sus encías desde 10 metros mientras la bola amarilla y lisa entra en el agujero lateral de la izquierda, en una carambola fortuita con pinta de haber estado muy estudiada. Pero lo mejor de todo es que ella no deja de mirarme, no se hace la despistada, sigue ahí, mirándome, abrillantando una copa.

La partida parece estar sentenciada, Jürgen apunta con precisión a la bola número ocho y entre la elegancia y la decisión empuja la bola, pero esta choca contra los cantos y no entra sino que acude de nuevo al centro de la mesa. Pero ella seguía mirándome. Yo me levanto, me pido una taza de café, y le pregunto si tiene un Boli de sobra, ya que la tinta del mío se me había acabado. Me dice que si, o por lo menos eso creo ya que no entiendo muy bien el alemán. Allan puede meter la bola, y esta vez opta por el tiro lento para dejar que la gravedad siga su curso, pero falla, y la camarera deja el café sobre mi mesa bajo mi mirada atenta, mientras sigo garabateando, y se da un paseo lento volviendo detrás de su barra, ha hacer como que abrillanta copas, ha hacer como lee el viejo y el mar.

Y la partida comenzó a eternizarse, de un lado a otro, de una esquina a otra, y la negra nunca entraba en ninguna parte, y ninguno de los dos estaba dispuesto a perder. Primero pasaron las horas, luego los días, las semanas, los meses y por último los años, y sus barbas fueron creciendo. Gobiernos enteros cayeron en bloque, basureros fueron colmatados, las aguas se salieron de sus cauces, y luego estos cauces se secaron para volver a la mayor normalidad que se había podido observar desde la última normalidad más normal. Y todo este tiempo siguieron bebiendo cerveza y tratando de ganar, o de perder, pero al fin y al cabo de llegar a alguna parte, mientras una pila de periódicos se amontonó en la puerta.

No fue hasta que la barba de Allan le provocó un fuerte tropiezo al enrollarse con sus ahora viejos zapatos, cuando de golpe y porrazo fueron conscientes de que habían estado ni más ni menos que 20 años jugando una partida de billar y alimentándose a base de cerveza de colores. Pero ninguno se dio por sobresaltado, simplemente metieron con la mano la negra en un sitio y se fueron a desayunar.

Y cuando la partida más larga del mundo terminó yo seguía mirándola. No había envejecido ni un segundo, y no había avanzado ninguna página. Deje 800 servilleteros en la mesa rallajeados con ecuaciones imposibles y me levante caminado directamente hacia ella. De hecho ahora estoy a solo un paso de abrir la boca y pienso decírselo todo.
Al fin y al cabo ya estamos solos.

lunes 23 de febrero de 2009

¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?

Faulkner





Urko (nuestro Goethe contemporáneo)


Durante el instituto odiaba a Faulkner. Por aquel entonces existir era fácil, una música alegre. Fue difícil, eso sí, encontrar entre los demás estudiantes algo que no fueran pequeño profetas, princesas y putas resabidas. Me pregunto qué era o seré yo. El caso es que en los últimos cuatro años desarrollé una misantropía agradable, popular, en otras palabras, publicable.

Escogí una carrera que no se impartiese en las universidades de mi ciudad natal y fingí un entusiasmo desmedido -navideño incluso- por mi ficticia vocación. Mi padre, lejos de hacer preguntas, se alegró de verme al fin interesado por algo. Siempre ha creído que funciono a base de obsesiones periódicas, como cuando proclamaba que el mejor escritor del universo era precisamente aquel autor cuyo libro acabase de leer, no importaba quien. Esto incluía, lamentablemente a pelagatos como Christian Jacq -del cual me tragué cualquier telenovela egipcia imaginable-, Robert Shea, Salinger, pasando por Auster, el gilipollas de Vargas Llosa e incluso Beckett.
Mi padre siempre pensó que volvería, así como mis tres hermanos mayores. Es una creencia bastante extendida entre mi familia, contagiosa al parecer.

Lo niego siempre, pero disfruto una barbaridad dramatizándolo todo. Soy un pusilánime inconfesable, no me soporto, sobretodo en los comienzos. Tendrías que haberme visto en la última fila, rodeado de un par de aquellos aprendices de pelagato vestidos como si fuera el día más importante de su vida, escribiendo sus biografías imaginarias.
Había grandes idiotas entre mis compañeros. El más grande de todos ellos siempre levantaba la mano y hacía un comentario sobre cualesquiera que fuese el tema sobre el cual estuviese hablando el profesor, pero siempre con la misma y apresurada conclusión: que hasta los más listos del universo decían tonterías, como cuando Kant dijo que la lógica no había evolucionado en dos mil años por que con Aristóteles había alcanzado su máximo. Me sacaba de quicio. En fín, yo escribía, por ejemplo, cómo algunos de ellos se habían fracturado algún hueso queriendo imitar a un superhéroe, chorradas así. Intentaba dar explicación a sus comportamientos estúpidos con traumas y situaciones ridículas en la infancia. Era bastante sádico, la verdad. En ocasiones me ponía más serio y hasta llegaba a las treinta páginas. En realidad me obsesiono muy fácilmente.

Cuando empecé a conocer a algunos de ellos casi ninguna de mis biografías se adecuaba a lo que ellos contaban sobre sí mismo. Tuve tentanciones de llamarles mentirosos, pero hubiese sido demasiado tedioso explicar porqué. Lo más sencillo fue no interesarse por la vida de los demás. Francamente, puede ser decepcionante.
Sucede que la decepción era todavía mayor con todas aquellas chicas. Es increíble la cantidad de virtudes absurdas puede uno adjudicarle a una mujer en silencio, desde lo lejos. ¿Creeís que Werther se hubiese pegado aquel tiro de haber pasado más tiempo con Charlotte? Pienso a menudo en ello. En mi caso, mi particular Albert fue la estupidez. No puedo explicártelo de otra forma. Las distancias cortas han estropeado la mayoría de mis relacionas con las personas.
Así que pasé a la poesía. Supongo que era un paso más en la caída. Que me jodan si aquello no fue tomar distancia. Por el amor de Dios, eso sí fue ridículo. Yo jamás he entendido a ninguno de los poetas que he leído. Nunca tuve ni puta idea de lo que quiso decir Eliot ni Gingsberg, tampoco no he sido capaz de arrojar ni un centímetro de luz a esos textos tan escuetos de los poetas alemanes. Quizás por eso escribía poesía, al fin y al cabo siempre ha sido más fácil que leerla.

No sé, hay historias que no os puedo contar. Yo no soy Borges, no sé escribir sin asignar realidad a los sustantivos. Recuerdo aquel relato de la biblioteca de Babel en el que cada libro era un resúmen de los otros libros, cada novela eran todas las novelas, cada obra de teatro era todas las piezas, cada ensayo era la repetición clónica de clichés infundados. Eso me pasa a mí con las personas.

Esto, definitivamente, no es un relato; pero no me importa. Tal vez sea la sombra de algo que no pretende llegar a ser un relato. No lo sé, hablo demasiado. A fin de cuentas ¿Qué es un relato? Poco importa, en realidad. Estoy un poco cansado de los conceptos aunque a veces me gusta aceptar ciertos axiomas sin demasiadas preguntas. No hablo de rebeldía política o social, sino de rebeldía metafísica, absurda y maravillosa. Así me va, tan a menudo preocupado por mantener un mínimo de sensibilidad y al mismo tiempo obsesionado por negarla.. En realidad, qué coño, adoro los axiomas tanto como la contradicción. Por lo demás, qué se yo, empecé a fumar, nunca te lo dije.

miércoles 18 de febrero de 2009

Relato Cifrado

Y en el más absoluto silencio
todo se acaba
sin risas, ni abucheos, ni cadalsos,
sin discurso final. Sin quererlo,
como quien despierta de un sueño,
se desvanece, se disipa sin pena ni gloria,
se acaba. Todo. Simplemente.
Así, sin valoracioens personales própias, en una esquina,
viendo pasar a conocidos silenciopsos que dijeron que conocerte
y que ya no dicen nada, porque claro, estás muerto.

Y, ¿qué permanece?
Nada. Nunca. El recuerpo es siempre una construcción del recordante.
Esto ha sido una manera más de tirar el tiempo,
como hacer puenting,
sacarse una carrera,
leerse un buen libro,
o enamorarse,
o correrse,
o frotarse las plantas de los pies en invierno...

Observa el cuerpo caído, muerto de viejo, en mitad de la pradera.
Así es como mueren los Leones.
Deborados por la hierba.

-Humberto Arenal-


Porque será que siempre me pasa lo mismo…

Empezar, siempre difícil siempre, extraño, y rara vez excitante del todo sino más bien insatisfactorio. Te preguntas porque haces lo que haces y sin embargo lo haces, te agobias y piensas que estas tirando el tiempo, porque seguramente ves el futuro y te imaginas como puede acabar todo, pero te consuela ese empirismo total que te dice que no te fíes de la experiencia, y que saltes desde un quinto piso porque al fin y al cabo nadie entiende exactamente la gravedad. Así que avanzas la cornisa, pasito a pasito, y cada vez se va estrechando más todo, eres consciente, tal sobre consciente de la altura y sabes que el batacazo esta ahí, pero tu confías en el bueno de David.

Entonces el sabor deja de ser ajeno, la notas disonantes, y su tic extraño deja de ser extraño. La rareza toma sentido y entonces la llamas particularidad, originalidad, novedad al fin y al cabo. Rebobinas la cinta y vuelves a escuchar la misma canción una y otra y otra vez, aprendiéndote la letra, descubriendo un extraño coro que la primera vez que escuchaste la canción no podías ni sospechar, descubriendo que no solo lleva almendras sino también avellanas ¡avellanas, joder! ¿A quien se le habrá ocurrido ponerle avellanas? ¿Estaba rezando? ¿A quien? Esto es lo mejor que podría haber pasado en este mes. Es más, esto es lo mejor que ha pasado desde el descubrimiento del fuego.

Es como si el sol brillase muchísimo mas fuerte, como si nunca hubiese brillado tanto, como si todo el mundo se saludase por los pasillos, cantase la misma canción, y os saludaseis con saludos secretos como si fuerais amigos de toda la vida. Y la vida es preciosa, y tiene sentido, y no te importa verla dos o 3 veces al día porque te encanta aunque luego le pongas mala cara.

Pronto, como todo lo bueno bello e importante de la vida se va desplazando de una dorada periferia a un muy relevante centro, y gana peso, y a ti te parece bien. Bueno miento, hay un momentos en los que te parece que va demasiado rápido, que todo se esta precipitando, y momentos en los que echarías a correr estirando del brazo hacia delante porque sabes bien lo que hay que hacer, y momentos en los que el tiempo no pasa y te alegras, porque enfrías la cabeza y vuelves a ser consciente de que anda es eterno, y que se trata exactamente de eso, del segundo en el que pensaste “me acordaré de este segundo”.

Y cada vez más tiempo juntos, y mejor, y si, desde luego, pasas buenos y malos momentos, discusiones, largas y pesadas como las sesiones parlamentarias de una democracia representativa con lideres vacíos de discurso, noches en las que no puedes dormir porque escuchas un montón de mierdas que ya te has escuchado, pero que sigues escuchándolas porque sabes que es importante que lo estés escuchando. Y ¿por qué? Pues porque la has cagado, has metido la pata hasta el fondo, te has dejado llevar por el sentimentalismo, y las mariposillas del estomago, y los rayos de sol. Te has enamorado.

Quieres creer que de algún modo es para siempre por supuesto, y entonces le guiñas un ojo a David y dices, si joder esta vez es diferente, se trata de esa canción, de ese grupo, del grupo, de la forma, del gesto, del sabor… pero que va. Vas por mitad de la circunferencia.

Y una vez te das cuenta de que este enamorado se te pone cara de novio, te pones serio, empiezas a pensar en el futuro, a racionalizar los sentimientos, a trabajar por una relación, mucho o poco, francamente, trabajas todo aquello que estas dispuesto a trabajar. Te peinas bien para conocer a sus padres, te levantas pronto, te haces el simpático con sus colegas… te esfuerzas y dedicas tiempo, y eres consciente de que podrías estar en tu casa viendo una buena peli. Mentira, serás consciente más tarde, aún no.

Finalmente, un fin semana arrancáis el coche y os largáis en un fin de semana romántico, y todo sale perfecto, desde principio hasta el final, sin olvidar ningún detalle. Y colocarías ese fin de semana en esa teórica lista de los 10 mejores discos de la historia de la música Underground. La foto de los dos inundando las calles sale en las portadas de todos los periódicos del mundo. En tu foro interno, ahora si, algo te dice, que ahora es cuando la pelota baja, ese punto que en el instituto llamabas a las parábolas el punto de inflexión. Los sabes y no lo reconoces y entonces te dices que esto solo es el principio de algo muchísimo mejor que esta todavía por venir.

Termina el fin de semana, te deja en casa con el coche y te planta un beso de esos que saben medio tristes y se va, y estas tan cansado que esa noche no estas para nadie, y no coges llamadas de nadie, duermes de un tirón 12 horas. Cae el telón para el descanso como en una obra de teatro.

Se alza el telón y el decorado ha cambiado, y de momento no pinta extraño, diferente sin duda pero no extraño. Porque aquí es cuando se convence que los grupos son buenos, y que las relaciones funcionan, cuando llegan los problemas. Problemas por aquí, y problemas por allá, de cualquier tipo, ya sabes, de celos, “a donde va todo esto”, de confianza, de rumores, de inexperiencia también… de proyectos en común que descubres que al final solo son propios. Pero lo duro de verdad llegan los problemas externos, esos que no están en tu mano, esos que lo único que puedes hacer es abrir el paraguas y esperar. Y la lluvia no para ni un maldito segundo, y no hay suficiente espacio para los dos en el paraguas. Te constipas por tercera vez en este año, y aguantas el tipo porque no eres esa clase de gilipollas que se larga en cuanto empiezan los problemas, claro que no.

Pero no somos mas que rocas kársticas en un mundo de lluvias y viento, y si a la fuerza no entra, entonces se nos cuela entre los poros, porque así es el agua, parece que actúe a su antojo, y se queda ahí, y parece que no molesta, que no era para tanto, pero en cuanto llega lo mas crudo del invierno se congela y ¡zas! Resquebraja. Fracturas, toses, mocos, desilusión, pero fidelidad. Confianza y fidelidad. Y si embargo sensación, de ausencia, de frío, de que parece que hay mucha menos gente por las calles, de que el mundo importa ahora mucho menos, y cada vez menos.

La lluvia acaba, y llega ese momento del invierno en el que hace sol pero hace frío. Es eso exactamente frío. Ya empiezas a notar como has ido quemando el CD tema tras tema, canción tras canción, de que te lo sabes de memoria, y al final… joder al final no es más que un CD. Tú lo sabes, y ya lo habían insinuado antes por ahí, hace ya tiempo y no querías oírlo, porque seguías estando muy enamorado. Y ya no por cierto, ahora de lo que se trata es de cariño. Cariño, y costumbre… No hace falta que os dragáis nada la ultima vez que os veis, está todo claro. Se va y tú no te quedas mucho rato, y el hall de la faculta parece ahora mucho más grande que nunca, y mucho más vacío.
Caminando para casa estas de mala ostia. O sí, siempre me pasa lo mismo, pero bueno, que me quiten lo bailao, y te lames las heridas con la lengua más rasposa de tu vida que recuerdes. Que me quiten lo bailao…. Será posible. Pues ya ves. Pues vaya baile. Nunca fuiste un buen bailarín. Eso lo dirás porque nunca me has visto salir de la ducha en verano.

Pasarás varias fases, justificación, odio, perdón, y completo escepticismo. Nunca me volveré a enamorar. La música esta perdida, en manos de revistas como la Mondo Sonoro y de grupillos de mierda a los que la gente se adhiere quien sabe por que. El último disco de los Artic Monkeys fue una basura, ¿nadie se ha dado cuenta?, es más, todo esta basura Indie-rock hace ya mucho tiempo que se fue al garete, ¿por qué quieren seguir con lo mismo cuando ya no funciona? Ya no creo en el arte.

Y entonces una belleza pasa, con las piernas exactamente como a ti te gustan. Y entonces piensas “Me la suda que estés tan buena. Me da igual”. Pero no, no te da igual, sino todo lo contrario.


Dedicado a todos aquellos que lucharon por la educación publica en el curso 2008-2009. Salud compañeros.

jueves 12 de febrero de 2009

Trabajo

“Y en plena rebeldía estudiantil, un personaje con una barba tan ridículamente marxista como un personaje godariano, se preguntaba sobre qué es el trabajo…”



Lili Tiantian se limpia con esmero y apatía una serie de manchas que parecen incrustadas en el cristal izquierdo de las gafas. Su visión se concentra en un plano desenfocado de sus piernas, su bata blanca, sus gafas, sus manos y su clínex manchado de saliva. Sus manos son finas aunque tiene los dedos cortos. Un vecino de hace años, que siempre que podía le tiraba los trastos, una vez le dijo que tenía las manos de pianista, lo que destapó sus intenciones, aunque siempre podía no tener muy claro lo que eran exactamente esa clase de manos.

La habitación estaba entera para ella sola. Tres días antes en el hospital se había realizado el sorteo para turnos de guardia entre los forenses y le había tocado, precisamente, el día 1 de Enero. Los conceptos “racismo” e “hijo de puta” se le pasaron por la cabeza cuando se enteró a posteriori de que el sorteo se había realizado sin ella presente y además, sospechosamente, le habían tocado los peores días. Pero estaba acostumbrada a tragar y a guardársela, esperando algún día devolvérselas juntas a todos.

Hasta entonces permanecería sentada en el taburete viejo del deposito de cadáveres del hospital general Juan-Paul Marat como forense residente, sala que ya comenzaba a serle totalmente familiar y personal, en la que pasaba las horas leyendo, trabajando y bebiendo café. Se había permitido el lujo de hacer una discreta peronsalización poniendo una pequeña cinta azul brillante en un aparato de aire acondicionado en la ranura por donde el aire sale despedido para tener el referente visual de que efectivamente funciona, y además, para romper la monotonía del color blanco-hospital, siempre limpio hasta lo insultante, que se extendía hasta donde alcanza la vista.

Los días de verano, donde por no pasar nada ni siquiera muere mucha gente en la ciudad, aburrida de la lectura es capaz de pasar horas viendo cómo se mueve la tira. Pero hoy ni la tira se mueve ni tiene tiempo para ver cómo no lo hace. Hoy tiene trabajo, mucho. Está algo dormida y se ha olvidado de que el café de la máquina no es café sino una broma de mal gusto. Pero llegados a este punto, sorbe y traga sin paladear. Solo necesita cafeína y acabar cuanto antes. La gente tiene la extraña sensación de que cuando toma café el tiempo pasa más rápido, pero no hay nada peor que estar hasta las cejas y ver cómo, efectivamente, el tiempo no pasa. No quería volver a repetir aquella experiencia. Trabajo bueno, rápido, eficaz, y a casa. Tal vez sexo, tal vez helado. A lo mejor ni lo uno ni lo otro sino una buena rápida y eficaz tissana antes de arrastrarse a dormir.

El primer caso de hoy es un hombre de una edad avanzada. Sus ojos azul-cansado, casi fuera de las cuencas, su gesto totalmente ridículo, así como de sorpresa, su papada pronunciada y rasposa por los pelos de la barba, y su estado flácido y desagradable además del pelo blanco con un corte de pelo estilo militar no le hacen demasiada justicia. Su nombre tampoco: Javier Gutiérrez. Operario autónomo de la construcción, tenía una empresa familiar de reparaciones y otras chapucillas que le procuraban muchos beneficios en negro. Buen padre, mal marido, buen hijo, mal amigo, parecía muy abierto en un primer vistazo, pero luego te chocabas contra un muro que nadie pudo rebasar. Nada más allá, tal vez. Su comida favorita era el pollo, en especial la piel. Le solía hacer gracia que la gente le advirtiese de los riesgos del cáncer y solía soltar comentarios escasamente ingeniosos para evitar el tema mientras se metía la piel del pollo y las manos en la boca. Si hubiese podido acordarse de algo en el último momento, sería de sus años en el servicio militar obligatorio, viéndose a si mismo con el uniforme, un CEFME a la espalda, y una motocicleta a lo largo de la playa. Pero seguramente no se acordó de nada. Nos cuentan muchas tonterías sobre la muerte

Lili examina el cuerpo con una grabadora en la mano, se quita las últimas legañas antes de entrar en faena. -Nombre del sujeto: Javier Gutiérrez Salgado. 60 años. Peso: 96 Kg. Altura: 166 cm. El cuerpo presenta la habitual rigidez post-mortem-. Se detiene dos segundos en el resto del muerto. -Su gesto resulta agónico ¿Intoxicación mortal?-. Descubre la sábana y el cuerpo inerte queda desnudo ante la doctora. Acerca la mano al instrumental clínico y toma en la mano un bisturí: -Me dispongo a realizar una sección abdominal para realizar un examen del contenido estomacal-. Pero antes de cortar se asoma una cabeza por la puerta de la habitación. -¡Hey, feliz año! Voy a oncología pero luego te vienes y nos tomamos un café de verdad. Por cierto, te sienta bien trabajar en fiestas, te favorece-. Antes de que pudiese contestar, la cabeza había vuelto a desaparecer de nuevo por la puerta.

Trabajar en fiestas. No lo entendía. No entendía como su padre había podido trabajar en la pescadería casi sin cerrar un día entero durante todos estos años, antes de volver a China. No entiende esa devoción por el trabajo. Claro que si había llegado hasta donde estaba era por las horas de trabajo y trabajo empleado en cosas que no le motivaban. Lo que de verdad le gustaba a ella eran los domingos donde no se hacía nada, tirada en el sofá haciendo zapping, mal comiendo y dándose algún revolcón que otro con el vecino. Eso sí, nada imaginativo, siempre respondiendo al concepto clave: modorra dominical. Y sin embargo 6 días a la semana no es domingo y trabaja y estudiaba cosas que ni le iban ni le venían, pero que le darían dinero. Y aquí está hoy, en el depósito de cadáveres, el techo profesional que una minoría racial podrá alcanzar en la ciudad.

Cogió el móvil y llamo a sus padres. La llamada será cara porque al ver a su niña colocada y sintiéndose lejos de casa, un buen día hace 6 años decidieron volver a Xijuan. Pronto allí será Yuanxiaojie*. No es que a ella le importe, la verdad es que ha nacido muy lejos de casa y no pudo disfrutar de las tradiciones en todo su esplendor. Ocurre con los hijos de los emigrantes que, o se clavan a la tierra o van flotando sin ser finalmente de ningún lado. Y cada generación es susceptible de ser A o B. Sin embargo, desde que sus padres se fueron, ella se sentía algo perdida.

Cuando colgó se recostó sobre su sujeto. Se sintió algo sola, seca. Muerta un poco dentro, aunque quizás esto sea exagerar. La conversación había sido, como siempre, que estaban bien, que la echaban de menos, que no se olvidase de -por lo menos- vestirse de rojo para repeler al Niam* (esto lo dicen de broma, a estas alturas nadie cree ya en el Niam) y que le enviarían una cajita de Yuanxiao*.

Se incorporó, cogió el bisturí y diseccionó el estómago del sujeto. No le llevó mucho tiempo llegar a la conclusión de que se trataba de una intoxicación por salmonelosis. Seguramente el resto del trabajo de hoy sería comprobar cómo, efectivamente, todos habían muerto por la misma causa, anotarlo todo a una estadística y después llamar a los chicos de inspección de sanidad para que se ocupasen del caso. Eso le llevaría tiempo, mucho tiempo, y quería irse a casa.

Mientras sigue concentrada en sus cálculos mentales, la cabeza vuelve a aparecer y esta vez le ofrece un primer buen café de año nuevo. Desde la mesa metálica, mira los 38 cadáveres restantes, con apatía, sabiendo que será realizar lo mismo 38 veces más, obteniendo las mismas conclusiones. Saca un cigarrillo, rompe su primera promesa de año nuevo, lanza el humo al aire y sin girarse dice: -No puedo, tengo mucho trabajo que hacer-.


Niam:
Monstruo del imaginario Chino que devora animales y personas en fin de año. Suele temer al color rojo, al ruido, a la luz, y a los melocotoneros.
Yuanxiaojie: La fiesta de los faroles
Yuanxiao:
Dulces hechos con arroz glutinoso, sésamo negro, mantequilla y azúcar.

domingo 1 de febrero de 2009

Hacía un buen rato que la madre había gritado que la cena ya estaba sobre la mesa, y con 5 o 10 minutos de retraso llegaron el resto de los familiares, disponiendo la mesa de lo necesario para la cena y encendiendo la tele.

Todos se aposentaron en su sitio personal e intransferible, respetando siempre la cadena de mando. Disciplina y fe en el mando, palabras que habían resonado más de alguna vez aquellas paredes, como punto de apoyo a ese principio de autoridad incuestionable, paralelográmica, que dotaba a los padres de un poder totalmente autocrático, eso si, con algún margen para la libertad de expresión de los vástagos, evidenciando dos verdades incuestionables en este mundo, que la libertad de expresión solo se permite cuando ésta no constituye ningún peligro (en esta casi infranqueable argamasa de amor que se habían convertido en más de 30 años de feliz matrimonio), y que una familia no es una democracia.

El destino quiso que aquella noche la televisión no funcionase. En el zapping decisorio la televisión dejó de funcionar. Un electrodoméstico que había acompañado a la familia durante más de 10 años, tal vez 15, sencillamente así, y sin ningún chispazo, se murió. Sin aspavientos, con una lacónica solemnidad. Y fue así como aquella noche la familia no vio la tele y la conversación surgió.

-No toquéis a la gata que tiene tiña- dijo la madre sin levantar la cabeza del plato
-Está infestada- secundó el padre- La he estado mirando y la tiene por todo el cuerpo. Seguramente la llevemos al veterinario.
-Si se deja- apostilló la madre.
-Si no de deja, la meto en el trasportín y se acabó- dijo el padre con sequedad. Masticó un par de veces y continuó con su razonamiento- lo que tiene por dentro lo tiene por fuera.
-¿No se le pueden dar vitaminas o algo?- La hija trataba de evitar la situación del veterinario. La primera y única vez que la gata asistió a la consulta, se refugió en el despacho de la doctora y le obsequió con un par de zarpazos.
-Pero si no se deja hacer nada… cada vez que tu padre quiere darle una pastilla, o le muerde, o la escupe, o se la traga y a continuación la vomita. Seguramente por eso lo halla cogido.
-¿Y cómo ha podido cogerla?
-¿Cómo coges tú una gripe? Además ya está muy mayor para la vida de un gato, es normal que le pase.
-Pues si hay que sacrificarla-dijo el hijo con la yema del huevo duro en la boca- ….
-Pues se sacrifica- dijo la hermana con toda la tranquilidad del mundo.
-Aún no sabemos si la vamos a sacrificar.
-Tiene… estamos en el… veamos: 1, 2, 3, 4…

Finalmente la edad del animal quedó en un punto indeterminado entre 7 y 9 años. La conversación continuó con temas cotidianos y particulares, durante más o menos 7 minutos. Posteriormente la madre decidió telefonear a su tía, para recordarle que mañana pasaría a recogerla temprano para ir al hospital. La voz se escuchaba chillona desde el interfono. Advirtió antes de colgar que ella le recibiría en camisón.

La tía abuela es todo un personaje. Como los grandes locos de las obras de teatro, ella está cuerda, pero asegura no enterarse absolutamente de nada, consciente de todo el margen de libertad que esto supone en su vida diaria. Tiene más de ochenta años y si pudiera haría y desharía como las hilanderas en el Hades. Sin embargo no es tan ambiciosa y se conforma con su pequeño feudo. Nunca tuvo hijas, y la madre se encargaba de cuidarla, con todos los quebraderos de cabeza que ello suponía (por ejemplo, interrumpir tu fin de semana de vacaciones a solas con tu marido para ir a recogerla a un balneario en Cofrentes, debido a una indisposición imaginaria que le sirvió, a la tía-abuela claro, una excelente forma de evitar su confinamiento estival).

A la mañana siguiente debería de levantarse a las 6 y media de la mañana para estar en la puerta de su casa a las ocho menos cuarto, teniendo en cuenta que tendrán que estar a las nueve en el centro de salud. De todas formas sus planes fracasarán, la tía-abuela se encargará de ello. Vive en un constante estado de resistencia e insumisión senil. No obedece, no toma la medicación correcta, se esconde en su piso cuando quiere, y cuando quiere desaparece, y reaparece. Sin embargo se le permite, pues no constituye ningún peligro mayor.

Quien sabe qué motivos la movían a la madre a comportarse de aquella manera. Desde luego la devoción no, era más bien como una tarea que le había sido encomendada y que no podía rechazar, algo así como quien hereda un título nobiliario y millones en deudas, un desagradable privilegio.

Terminada la llamada telefónica, la mesa fue retirada, cumpliendo órdenes, funcionalidad y costumbre. “Tienes que sacar la basura” dijo el padre al hijo. Y el hijo obedeció.

Era el enero más frío que recordaba. Se calzó las botas y un forro tipo leñador de mercadillo. Caminó despacio y silencioso a lo largo de la calle, en una paz tétrica digna de Poe. La luna llena, oculta tras una densa capa de nubes, hacía parecer al cielo con su luz blanca un falso techo de escayola de una sala de urgencias. Cargando el peso de la basura de la casa siempre se preguntaba de dónde saldrían tantos desechos, y no podía creer que 4 personas en 3 días fuesen capaces de fabricar tantos desperdicios. Pero lo cierto es que fabricar basura es realmente fácil, ya que todo, cualquier cosa, es susceptible de ser un desperdicio.

Dejó el cubo donde siempre y como siempre, cerró la puerta y apagó la luz. El patio quedo sin embargo iluminado por la luz de la luna, dejando en la sombra el enorme cubo color negro, listo de nuevo para ser rellenado. Pero algo se mueve entre las plantas, y dos ojos reflectan la luz con ese estilo tan siniestramente felino que sólo puede proyectar un gato doméstico peludo y gordo de un barrio acomodado del área metropolitana de una capital de provincias.

Desde el fondo de un helecho, el animal, observa el cubo con miedo. Seguramente sospecha algo.

lunes 26 de enero de 2009

Souvenirs y postales en agosto, en París

París, en agosto, se va de vacaciones como si fuera un proletario de cubículo, y se deja las luces encendidas, y la nevera y la casa hecha unos zorros, y las facturas sin pagar. Y mientras salta al otro lado del espejo, desde reflejo entra otro París, el París de agosto, que no es exactamente París, sino una ciudad que se hace llamar como tal; una especie de farsante que ni siquiera trata de parecerse a ella, que solo quiere llevar su nombre y vivir en su casa. Se desvanece la esencia del París real, quedándose asolas con sus millones de legiones de turistas pertrechados de maquinas flasheantes, asolas con sus restaurantes excesivamente caros, con sus circuitos arriba y abajo del sena, con sus bateauxumuches, con los suplentes de los mendigos, y con las colas de Louvre.

Solo si eres listo y tienes suerte, te topas con algo que sí pertenece al París autentico, y cuando eso pasa la reacción normal es que sonrías, te calles, asientas a gusto por dentro, y te lo guardes sigiloso en el bolsillo mientras rezas para que no salten las alarmas.

No debían de ser más allá de las 4, y como me costumbre me había perdido la hora del desayuno. Era uno de esos veranos locos. También era sábado, pese a lo irrelevante de este dato, pues sabed que el tiempo en agosto en París, no existe. De acuerdo, sí que existe, pero pasa de puntillas. El sol brillaba con fuerza en la calle, y hacia bastante que mi estomago no tenía nada sólido que asimilar; aunque daba igual, estaba loco. Tenía 18 años y creía (y aún hoy creo) ser una especie de beatniks (si es que esa palabra esta dotada de algún contenido). Que divertido resulta, que intenso era todo. Hacía dos semanas que me había dado por vencido y la ciudad, fuera quien fuese, me había absorbido, convirtiéndome en una especie de anti-zombi , y habiendo mi alma, ahora la ciudad entera me recorría por dentro. Todo mi yo era parte de París, y París es tan grande…

¿Ella tenía 21 años? Desde luego era mucho mayor que yo. Se llamaba Marva, originaria de un país de cuyo nombre no quiero acordarme. Digamos que era del Toboso. Estudiaba relaciones internacionales en la Capital del extraeuropeo estado del que provenia. Era morena, muy morena, y bajita, muy bajita. Tenía el pelo liso y unos ojos preciosos, y unas manos pequeñas y con algún que otro anillo. No vale la pena comentar nada sobre su nariz. Oh sí, es de manual,es la típica chica que me gusta. Había acudido a París para perfeccionar su francés antes de su beca erasmus en Bélgica, o tal vez en Luxemburgo. Realmente huía. Estaba allí huyendo. Huíamos los dos. Supongo que era en buena parte un motivo para gustarse.

Caminamos desde la parada de Luxembourg, cuesta abajo por todo el barrio latino buscando alguna licorería abierta. El barrio latino por la mañana es la evidencia de que el capitalismo es lo más parecido que hay a la invasión de los ultracuerpos, aspirando siempre la esencia de todo lo que le resulte productivo, sin importar absolutamente nada más. Y cuando se cansa escupe los huesos contra el suelo, o contra los extrarradios. Todo acaba convirtiéndose en eso… los platos rotos de los griegos en el suelo, las tiendas de dulces árabes, los metres en la puerta llamándote para que entres a comer, invitándote a veces demasiado insistentemente… todo no es más que un laberinto de cartón piedra para turistas… es otra manera más de venderte una llaverito de plástico de la torre Eiffel “made in taiwán” . Incluso la propia palabra, París, podría llegar a afearse.

No muy sorprendentemente encontramos una tiende de ultramarinos abierto. Los pakistaníes, en realidad todos los inmigrantes que regentan un establecimiento trabajan hasta caer al suelo sin fuerzas y generalmente con una amplia sonrisa. Conocen perfectamente el papel que la sociedad francesa, la europea realmente, tiene reservado para ellos. Compramos algunos de botellines de cerveza y una gran bolsa de pistachos. Yo no estaba aún demasiado acostumbrado a beber durante las horas de luz, me resultaba moralmente incompatible. De todas formas rechazar aquella invitación habría sido descortés, y en el fondo nos divertíamos mucho.

Nos sentíamos peligrosos callejeando sin dirección, bebiendo a plena luz del día, con toda la ciudad en nuestras manos. Éramos como dos gatos sucios rebuscando en la basura, en cualquier callejón de la propia ciudad, pisando fuerte, saltándonos las clases. Creíamos ser malos e irremediablemente culpables, como un par de atracadores de bancos peligrosos y armados.

Si cruzas el puente que va desde la plaza de Sant Michel a la Ille de la Cite, en dirección al Hotel de la Ville, verás un pequeño embarcadero de madera en el que se para un fleuve-bus, cada mucho rato, debajo de unos árboles a los que nunca se les caen las hojas. La luz cae ahí tranquila a esas horas, y dos metros más atrás se forma un curioso remolino contra el puente. Nos sentamos allí, sobre las piedras calentadas por el sol y estuvimos hablando durante toda la tarde, tirando cáscaras de pistachos al sena, que aparentaba más sucio que nunca, bebiendo y besándonos.

Yo le soltaba profecías sobre la música, sobre el arte, sobre el estado de las cosas, sobre política, pensando en voz alta cantidades ingentes de estupideces. Cuanto más grande era la fanfarronada, más grandes eran sus ojos (sin duda había mucho de ego también en todo aquello). Oh sí, palabrería, rosarios que yo mismo me creo y que predico, a veces con fe a veces sin. Pero seamos realistas, ella estaba buscando a un charlatán como yo, un muchacho rubiete de piel porcina que se encandila pensando en las musarañas y dice ser artista y revolucionario. Nada más europeo que eso. Todo un souvenir.

Cuando yo me callaba, a veces pasaba, ella me hablaba de su casa, de su tierra y de su vida. Supongo que yo también pondría los ojos bien grandes cuando me hablase del tema. Y entonces dijo la frase inevitable que debía haberse evitado “tienes que venir a verlo, es precioso” ”no creo que pueda ser” dije acariciándole la cara. Ella ya lo sabía, claro que lo sabía, pero no quería saberlo. “Si me acuesto con mi novio y le pongo tu cara… ¿crees que estaría mal? Moralmente hablando, claro”. Me sentí culpable, deseado y extrañamente alagado. Yo veía como el botellín de cerveza se hundía en el fondo del río, junto a las últimas corfas de pistacho “vamos a ir al infierno, ¿sabes?”.

Volvió a besarme. Anochecía.

En el momento en el que todo esto sucedía, su novio, un ultra-nacionalista cuasi-fascista semi-hooligan similar en tamaño y forma a un menhir, desconocía aún mi existencia, al igual que su padre, un señor de piel tostada y gran bigote. Estábamos a salvo convertidos en uno de esos rincones, quiero creer que autentico, que el verdadero París no había podido llevarse de vacaciones, aunque solo fuera por aquella tarde.

Pero ahora que lo pienso no, nada más típico que un chico y una chica que se creen enamorados en verano, en París.

domingo 18 de enero de 2009

He perdido mi alma
Predeterminadamente.
Al descubrir que era
Netamente cultural
Decidí deshacerme de ella
Y ahora los cigarros
Solo son papel y tabaco
Y los paseos solo un medio de transporte
Y el cemento
Cemento.

-Humberto Arenal-

Bajo la extraña sensación en la que la realidad parece sacada directamente del cine dogma, has decidido volver a tu casa andando. Crees que el ejercicio te va a sentar bien, y siempre has dicho que te gusta pasear. Cubres tu cabeza con una capucha y emprendes el camino hacia eso a lo que te sueles referir como casa. Casa… no puedes evitar sonreír cada vez que esa palabra se moldea en tus labios, aunque sea mentalmente.

Estas arrepentido de haber bebido la última ronda de chupitos de cazaya con lima y azul, pero es que el nombre de gremlin parecía irresistible en la carta de bebidas. En una extraña proporción el alcohol aumentaba y la conversación se desvanecía, aunque reconozcámoslo, ha sido muy escasa toda la noche. Además plagada de conversaciones tópicas y completamente estériles;” ¿que es el arte?” Y entonces empiezan gritar como hienas sobre una cría de antílope, defendiendo hasta el último cartucho su punto de vista. Tú también, y actuabas como todos ellos mientras por dentro sabias exactamente que se iba ha decir en cada momento de la conversación. Oh sí, las caras cambian, pero la conversación siempre es la misma. Es como una roca que te toca subir todas las noches, y borracho es igual de grande, y da igual que bar porque la colina siempre es igual de alta, y nunca hay conclusión, al final siempre se te cae encima.

Nada te sorprende últimamente, ni el travesti que ahora te persigue algunos metros para convencerte de sus planes, ni los filósofos-políticos que te seducen con sus retóricas para jóvenes con barba. Ni la música… y que triste que ya no haya un disco que te convenza de cabo a rabo. Todo tiene pegas, Dios no existe. Lo único que tienes es frío, y mucho camino por delante.

Chafas y pisas por las mismas calles y recuerdas aquel cuento que te contó hace poco una de esas luces de Neón que ves a lo lejos mientras conduces en la autovía por la noche. “Érase una vez que se era un ruso ateo que murió y fue al cielo. Incrédulo y empecinado siguió negando la existencia del paraíso pese ha habitar en él. El cielo no existe decía. Su actitud hizo que este fuese condenado a correr 4000 años en la oscuridad hacia la luz si quería alcanzar el cielo. Pero el ruso cuando se vio envuelto en tinieblas, en vez de correr como alma que lleva el diablo, se sentó, y repitió de nuevo No existe el cielo.”

Tienes la intención de hacer lo mismo, de sentarte en el suelo y declararte en huelga legitima, exigiéndole algo más al mundo, de llegar a tu casa y quemar todo aquello que no valga realmente la pena, y a cada paso estas apunto de hacerlo, pero al final te faltan cojones. Tranquilo, al propio Dovstoyeski también le faltaban. Y al igual que a ti, también la faltaban para ir corriendo hacia la luz.

Paso tras paso la avenida se vuelve cada vez más grande, cada vez mas vacía, y cada vez con figuras que pasan mucho mas deprisa, mientras tú, cada vez te sientes mucho más pequeño, hasta que finalmente desapareces.

sábado 3 de enero de 2009

Vigilar y Castigar


7:40. Funcionarios clase B y clase C están despiertos, su jornada comienza en una hora y 20 minutos.

Pantallas monitorizan todo. Resultan hoy particularmente tétricas las imágenes de la gente entrando en la plaza del ayuntamiento, tan callados, tan sumamente individuales, y uniformados (todos sin excepción) en su individualidad, en su particulares particularidades, tan uniformemente libres, tan igualmente diferentes… Y tan dormidos… es como si una cinta transportadora les arrastrase a su puesto, como las maletas en las zonas prohibidas de los grandes aeropuertos, observados por los grandes leones de hierro que vigilan desde lo alto de bancos y la oficina de correos.


Hoy hay riesgo de atentado, y los cuerpos de seguridad van especialmente armados, apostados en puertas y puntos estratégicos de cada edificio realmente importante. Al entrar en el ayuntamiento para reclamar no sequé multa, 22594027-B no deja de observar el subfusil de carabinero que en su posición reglamentaria protege, como miembro del orden, a la fila que se ha formado en “reclamaciones”, la fila en las que se ordenan los ciudadanos para protestar utilizando los procedimientos estandarizados.


Esta oscuro, y hay sobretodo silencio (no el silencio de la falta total de sonido, sino esa amalgama de ruidos de fondo que a la practica no eliminan el vacío, sino que lo potencian) y tiene mucho miedo. Tiembla cada vez que el arma se balancea sobre la correa, cada vez que da un paso. 48590815-A, disimuladamente se acerca, y mirando hacia otro lado le susurra, “tranquila, nos necesitan vivos”.

viernes 19 de diciembre de 2008

Cuentos morales: confesiones



Imagínate: el soldado en la ciénaga de Masada
aprende patria,
de la manera
más imborrable,
contra cada púa en el alambre. (P.Celan)



Hay ciertos días en los que la ciudad no está en ninguna parte. La geografía y la historia se dan la espalda mutuamente en casi todas las calles y avenidad de Berlin. El este se aleja, renqueando, poco a poco de vuelta a su guarida. Parece no importarle a nadie al tiempo que la nostalgia se ha mercantilizado. Ya no es real.

Aquel editor de Bayern parecía haber nacido para estar donde estaba, allí sentado, en el conocido Madame Claude, con la camisa empapada de sudor y los ojos primitivos escrutando entre las lumbres y sombras los movimiento de mercancía. Al otro lado del ring, un servidor, calculando cuántos más de aquellos Kaipiroska podría soportar antes de perder la compostura necesaria para continuar con el negocio. Diría que para unos cinco, tres si no me doy prisa y tengo que pagar un taxi de vuelta, no sea que pierda el último U-bahn.
Jomski llegaba pálido de la barra, visiblemente bebido y resuelto a parpadear unas ciento quince veces por minuto. Cocaína. Justo antes de sentarse, haciendo alarde del mejor equilibrio ucraniano, se gira para acompañar con la mirada a una de las parroquianas vertiendo así la mitad de su copa sobre mi chaqueta. Adoro a mi agente.

“Mirad quien viene por ahí. Se mueve como una sombra”.

Bajo las escaleras que conducen al baño. Otra ceremonia; agua fría en la nuca y jabón en las manos. A través de una rendija de la cortina veo un cacho de cielo rojo. Decido salir de aquí, a la mierda mi libro.
Subo las escaleras y pago mis copas, las de Jomski también, por la putada.

“La naturaleza no tiene estilo. No tiene vergüenza de mostrarse tal y como es. Niña repolluda demasiado maquillada”

Resaca. Suspiro y me incorporo. Busco por el suelo esa zapatilla aventurera que siempre falta. La encuentro en un sitio absurdo, me calzo y me levanto. A ver qué me tiene qué decir esta. Abro el balcón de par a par y os juro que huele a hierba fresca. La calle se extiende con sus tejados hasta perderse en el horizonte. En el horizonte unas inmensas nubes rojas y blancas aplastan los tejados que tienes bajo ellas. Me imagino que no estoy en Berlin, que esas nubes a lo lejos no son nubes sino una gran montaña, probablemente un volcán extinguido que lleva siglos observando esta ciudad donde en otro tiempo nací y viví toda mi vida. Una ciudad de un país olvidado, sudamericano probablemente, donde el tiempo se ha detenido y a nadie le importa que muera más gente de la que tendría que morir. Cierro los ojos y pienso en la madre que tuve, en los amigos que me sonrieron, en los recuerdos que no sabía que tuviera. Como aquella vez, siendo un niño, que hice con mi familia una excursión a la ladera del volcán y desde allí arriba, viendo mi vieja ciudad tan pequeña, puse un dedo delante de la cara y me imaginé que era un titán que la aplastaba. O cuando siendo adolescente fui con unos amigos a buscar drogas a las barriadas pobres de las afueras, y en la casa a la que entramos había una mujer desnuda tirada en un colchón sucio amamantando a cuatro niños (recuerdo incluso que uno me ladró, pero cuando vi esto, ya había conseguido la droga). O hace un mes, cuando fusilamos, obedeciendo órdenes y para que no nos fusilaran a nosotros, a quince campesinos que me parecieron hechos de sal, por muy lejos que esté el mar de esta ciudad, y que no sangraron sino que se derrumbaron y se vaciaron como globos pinchados. Fusilamientos literales, claro, literarios. Así funcion la crítica literaria. Ahora mismo que pienso que soy otro que vive en Madrid y quiere ser escritor, y miro al cielo y lo veo mirando también el cielo, y haciéndose las mismas preguntas que yo.

“Un día te despertarás y comprenderás que todo ha pasado, que el que eras ya se ha ido”

Debajo de mi ventana una pareja de gays discuten a gritos y parece que sufren. Pienso que si les tirara unas monedas quizás les parecería mal y me contengo. Cae la noche como cae una buena frase.
Vuelvo a entrar en casa cuando se encienden las farolas y no la reconozco y me doy cuenta de que nunca he estado solo.
“Mirad quien viene por ahí. Se mueve como una sombra”.

Repite el que habla cuando yo no quiero hablar. Y me apetece hacerle caso. Me tiro al suelo, extendido y me arrastro por mi casa, sigiloso, para no despertar a los que duermen (e niño aprendí que los objetos son como las hienas, si no eres mas alto que ellos te ignoran o te muerden).El suelo de la cocina es fresco, y tomo, por primera vez en mi vida, plena conciencia de que los azulejos son igual que mis poemas. Me quedo dormido debajo de la mesa.
“Un día te despertarás y comprenderás que todo ha pasado, que el que eras ya se ha ido”

domingo 30 de noviembre de 2008

Verde

Texto: Pepe Ruiz

Cancion: "High and Dry"

Hacia como 20 minutos que Robert Capland llevaba esperando en la estación de metro. Mascaba chicle, y no había comido nada durante horas sin duda para evitar el aliento. El sabor elegido esta vez fue menta fresca, lo cual le daba un sabor de boca mejor de lo que solía tener, aunque siempre le resultaba tremendamente desagradable aquel extraño frío en sus generalmente fosas nasales saturadas de mucosidades. Pero que otra opción quedaba ¿la fresa? El sabor le acababa dando acidez de saliva. No podía arriesgarse hoy.

Un maravilloso sol de primavera se estrellaba contra las escaleras mecánicas. Por la impaciencia, en vez de esperar a que su estampa subiese, se asomó para ver cuando aparecía por el fondo del pasillo. Siempre tenía que llegar tarde. Pero al final aparecía, y se olvidaba de todo. Llevaba una camiseta de tirantes del mercadillo de la plaza de la Mercé, y unos muy contraculturales pantalones de tela.

Ascendía lentamente, y Capland permaneció quieto e impasible como si no hubiese dado 40.000 vueltas al ver que no llegaba. Ambos sonreían, estúpidamente. Aunque tenía un año menos que él le, sacaba medio palmo y cuando se besaban tenía que auparse un poco, lo suficiente como para durante aquel tiempo, el tiempo en el que quedaban un par de veces por semana, se le endureciesen los gemelos. Tenéis razón, no es muy alto.

De todas formas y pese a lo incomodo de la postura, aquellos besos lentos e intensos, con la boca pequeña (esto hacia que se sintiese a veces coartado, o por lo menos, le hacia sentir contención, concepto opuesto a sus principios erótico-festivos) valían la pena. Tanto, que le gustaba recordarlos cuando se volvía a su casa. La sensación. La intensidad.

Todas las tardes en las que quedaban solían transcurrir de manera similar. Él esperaba, ella llegaba, y se dirigían al cauce seco del río, o a cualquier plazuela del barrio del carmen. Hablaban poco, se observaban mucho, y se cogían de la mano en días calurosos, cosa que a Julia le sacaba particularmente de quicio, pero para no crear una situación incómoda, se callaba.

El río es particularmente cómodo para las parejas adolescentes en los días de primavera. Ya sabéis el sol cae, y el césped aún esta verde, a veces mojado, la gente pasa y sonríe, o se santigua, o silba o mira o grita, o se calla, o no se da cuenta.

Después de inocentes magreos (accidentales moratones, mordiscos precisos, manos, tetas, culos, torpezas, acelerones, disculpas, y aquellos besos…) se quedaban tumbados. Generalmente, él, apoyaba la cabeza en su tripa, y empezaba a decir un montón de tonterías pseudos-maduras que a ella le daban bastante igual. Porque Robert Capland era la clase de adolescente que decía ser adulto, pero que escasamente sobrepasaba la talla física y mental de niñato. Es curioso, ella parecía una cría en varios aspectos y nunca intentó demostrar lo contrario, lo que la convierte en un ser tremendamente maduro.

La primavera terminaba, y aquella tarde caminaron los dos hacia otra parada de metro, para que ella se fuese a casa. En el anden, esperando, ella le abrazo mientras el se hacia el interesante, repitiendo el contacto carnal favorito; era como meter los dedos en un enchufe…

- Te quiero

- Yo también te quiero

Por supuesto los dos mintieron. Iban liándose con otras personas por ahí, y no tardarían en dejar de verse, con el fin de la primavera. Pero no nos concierne hablar de ese asunto. Por favor no hablemos hoy de lo efímero.

Cuando salió de ahí, tal vez por la luz, el cauce del río le resulto (y el mundo) le resultó de un color verde intenso de tacto suave, como su ropa interior.

miércoles 26 de noviembre de 2008

Gris

-salgamos de este agujero Josías, antes de que sea demasiado tarde-

Ya no existe el Jazz, tan solo en los discos viejos y en los caros recopilatorios bien señalados y re-etiquetados que podemos encontrar en la Fnac. Yo nunca conocí el Jazz, (ni tampoco un verdadero hippy), no conocí su ambiente, su real impacto. Nada, no queda nada de eso. Imagino lo que fue, me lo imagino. Lo adapto desde y hacia mi punto de vista subjetivo. Lo convierto en un totem irreal, mítico, falso, y lo asocio con lo que me da la gana para terminar de corromperlo: con el cine negro, el tabaco rubio, las medias de seda, el cara o cruz, los gatos, y la planta intermedia de un parking. Y oh si, todo confluye, y hoy es un día tremendamente Jazz.

Para empezar es invierno (las estaciones del año, señor Millagui, son vitales, y al igual que los chinos vinculaban una parte del cuerpo a una estación y a un punto cardinal, yo digo que el jazz es para el otoño-invierno, y a electrónica para el verano), y esta nublado, amenaza con llover, pero todo se queda en mera palabreria. Se dice que no lejos si sucede, y la nieve cae a 1000 metros sobre el mar. Hace frío, lo va a seguir haciendo. Entre la planta de caja del parking y el 3er sótano, una tubería deja escapar agua, que a la chita callando forma un charco bastante considerable que es chafado por un felino que corre de debajo de un Volvo hacia unos cubos de basura. Puro jazz, puro jazz. No se oyen saxofones y no hacen falta.

Mi padre paga el parking. Quiero y no quiero imaginarmela en mi cuarto. Finalmente salimos de ahí en el coche, hacia lo gris (el color de la luz los días nublados), y sale de nuevo cara.

El parking (por el mero hecho d que el escritor así lo dice) permanece ahí, con sus ojos de gato y sus charcos. El señor de la garita, Vicente, permanece en su puesto. Así lo hará hasta que acabe su turno. Le gusta su garita, esta cómodo. No se pone la radio, ni la tele, no lee los periódicos. Es tan singular llamativo y entrañable como los símbolos de falange en las viejas placas de las viviendas de protección oficial. Se le nota consumido, plagado de arrugas, con el gesto muy serio, y un bigote adoc. Tiene tabaco, y un mechero gris de propaganda, pero no sé si fuma. Es feliz. En realidad creo que todo se la trae bastante floja. No creo que piense en su jubilación, y mucho menos en como nadie le retrate a sus espaldas. Él sencillamente está ahí, manteniendo una relación atemporal e indiferente con el mundo.

El reloj marca as cuatro, y un rayo bien definido de luz entra por la rampa. Lo mira con displicencia. No lo necesita.

domingo 23 de noviembre de 2008

El vacio y el sentido

La escalera descendía cientos y cientos de escalones hacia un pasillo que se vuelve infinito a los ojos del perdido.

Nunca llego a imaginar que hubiera podido existir nada parecido debajo de una biblioteca pública (sirvieron como almacenes y refugio anti-aéreo en guerra, posteriormente como salas de interrogatorios. Actualmente sirven de almacenes de nuevo, encerrando libros que hoy no deberían de ser encontrados en una biblioteca, reflejos que negamos de nosotros mismos…).

Y al final, una enorme sala, tras una enorme puerta, tras estanterías plagadas de DVDS, cintas de Video, y rollos cinematográficos, en un pequeños rincón, unos pequeños ojos y una enorme barba están viendo una película sobe un colchón viejo. Cáscaras de frutas diversas se amontonan en montañas no muy alejadas del colchón, al igual que paquete de tabaco, colillas, mecheros y cerillas usadas. El extraño eremita no pareció advertir la llegada extraña, y continuó absorto observando las imágenes. Observa los diálogos sin parpadear, sin girar la cabeza. Parece que esté intentando ver cosas que hay detrás de la pantalla.

- Siéntate, hay sitio para dos- y se desplaza a un lado

- No quisiera molestar- el Robinson no contesta, sigue absorto en las imágenes. Sin mirar alcanza un paquete de tabaco y se enciende un cigarrillo. Sigue manteniendo su oferta de compartir el colchón, que al final acepta. Permanecen en silencio los dos la televisión. La película es “arsénico por compasión”, pero la están viendo sin subtitular en un idioma que no acaba de comprender.

- Es increíble- dice el ermitaño- la veas en el idioma que la veas esta película sigue sin tener gracia. Cada día el cine me da más asco- Continúan viendo la película, y fumando juntos tabaco rancio y comiendo fruta de temporada.

- ¿Quién eres?

- Mi nombre es Vladimir Poliakov

- Imposible, hace dos noches yo…

- Somos muchos

- ¿Y que se supone que haces aquí?

- Estoy viendo una película

Y si bien el tiempo desapareció la existencia de pronto cobró sentido.

domingo 9 de noviembre de 2008

Relato de Género

Ascensor para el cadalso, otra vez. ¿Qué diablos tenía aquella canción? Era como ver anillos de humo concéntricos en un verdadero garito de jazz, cosa que nunca podría hacer porque eso ya no existe. Se quedo mirando el techo, un buen rato, y pensó que salvo por aquella canción ya no tendría porque estar por allí, pero es que aquella canción estaba sonando, y permanecería mientras Miles siguiera sonando.

O si, "lupas" estaba preciosa aquella noche, sin embargo la prefería con la ropa de oficina y con sus maravillosas gafas de culo de vaso, que le resultaban tan inocentes... sin embargo, hasta que ella no se fue al baño, y la trompeta no rompió el zumbido del contrabajo, a todo le faltaba algo. Pero ahora todo era perfecto. Una mujer preciosa estaba sentada en un retrete pensando en él, una muralla de humo le impedía ver la puerta del local, en la ciudad se perpetraba un caos que será eterno, y que inexplicablemente ahora sabe dulce. Pero sobretodo Miles... Miles es el hilo conductor de todo esto. Y cuando acabe la canción ya no será lo mismo. Será peor.

"Ascensor para el cadalso" pensó, y puso la misma sonrisa que pone un condenado a muerte "es precisamente lo que es esta canción, una trampa. Te eleva mientras te anuda una soga al cuello y luego cuando acaba, te deja caer".

Dos segundos después, la canción había acabado, y el silencio consiguió llegar a través de los ruidos de las copas, y "Lupas" encontró sobre su silla su ropa, sus zapatos con sus calcetines dentro y su sombrero sobre la mesa. En un mal castellano intento denunciar a la Policía su desaparición, pero fue inútil. Nunca nadie más supo de él.

jueves 6 de noviembre de 2008

Microrelato




Lo miserable desde la teoría de la relatividad. Tú, antes en una plaza, con algunas botellas avalando tus decisiones. Caminas hacia un punto objetivo, hacia unos ojos verdes en concreto. Te miras bien. Admites que hay algo de mediocridad, algo de sulfato básico detectable. Pero has elegido precisamente ese objetivo por la falta de criterio, te las sabes todas. Contienes una carcajada, en una capital europea, quizás Madrid, la mujer de tu vida comparte cama con cuatro compañeros del trabajo. Qué más da, esta noche -solo por esta noche- Juan Pablo Castel y César Vallejo se dan la mano, como si llegara el momento de hacerse viejo. Ha habido suerte.

Tus amigos piensan que nada de lo que dices es cierto hasta que lo escribes. Entre el ruido y la furia de los ferrocarriles el camino a casa con la persona equivocada puede ser desastroso. Eso no lo sabías.
Recuerdas las palabras del aburrido Faulkner. The world is still. How still it is. El metro tarda demasiado en llegar a tu parada. La chica que te acompaña se ha quedado dormida. Es el problema de las segundas opiniones: demasiado tiempo para pensar. Sales sin despertarla. La próxima vez asegúrate de que no haya demasiada luz, la gente es propensa al arrepentimiento.

sábado 1 de noviembre de 2008

Sobre dioses y estatuas

Una vez la última piedra fue encajada en el muro impenetrable, y arquitectos y capataces fueron, lógicamente ejecutados, el secreto permaneció a salvo.

Ni un rayo de luz pudo penetrar en aquella habitación cerrada. Los inscripciones de las paredes solo fueron legibles durante 6 horas más, tiempo en el que las antorchas tardaron en consumirse. Después, todo quedo en silencio, a oscuras. Sí, la oscuridad, el silencio perpetuo, no tiene porque ser algo negativo o desagradable... son relaciones conceptuales del mundo de hoy, que se centra más en lo inmediato y lo dinámico, que se empeña en excluir a la muerte de la vida, como un niño que se repite a sí mismo que el hombre del saco no está debajo de su cama. Y huye... La muerte llega cuando llega, y a veces significa paz.

Protegido por las arenas del tiempo, por las dunas cambiantes, las inclemencias del desierto, los mitos, las historias, y los cuentos de niños, las lunas fueron pasando y la cámara permaneció inmóvil, permanente, incorrupta, sagrada.

Y así fue hasta que un día el sonido volvió a suceder. Fuertes y rítmicos mazazos, y tan incansables como un cobrador de deudas, derribaron la losa de piedra, que cayó al suelo, dejando entrar la luz (artificial) que durante tantos siglos había estado desterrada. Cuerpos extraños sujetaban linternas y lámparas, sudados, sin aliento, respirando, consumiendo la atmósfera que no debía ser de nuevo experimentada por un organismo vivo. Se sustrajeron los tesoros del faraón, se clasificaron y se etiquetaron, exibiendolos en museos, a la vista de cualquiera, como monstruos de circo, como simples pescados en una tienda. Y en la pista central, el sarcófago, abierto, y el cuerpo faraón, que mantenía una ya inútil expresión de solemnidad.

Observándolo, casi como si se hubiese hecho con toda la crueldad del mundo, en el lado apuesto de la sala nº 15 del museo de historia natural, (y como parte de una exposición itinerante) estaba el Dios Seth, con su expresión terrorífica y hierática. Ahora ya solo era una estatua.

sábado 18 de octubre de 2008

Aparentemente Límpio

Musica: Exit Music (for a Film), del álbum OK Computer

Hola Sara:

Hoy he ido al cine y he visto una película aburridísima que apenas ha llamado mi atención. Creo que incluso ha llegado un momento que me he dormido… cuando estaba despierto me llamaba tan poco la atención que ni lo sé. La sala estaba por completo vacía así que si hubiese roncado no habría importado absolutamente nada; es el drama de los multicines: ni acomodador, ni vendedor de palomitas, ni taquillera, nada….

Cuando salí del cine estaba lloviendo en la calle y no me importó mojarme; en cierto modo me sentía mucho más cómodo notando encima el peso de la lluvia. Dejé el coche en el aparcamiento porque por alguna razón decidí caminar, preferí caminar… a veces me pasa, ya lo sabes, y entonces camino. La calle parecía eterna y la lluvia infinita, el agua arrastraba toda la mierda que se había quedado pegada al asfalto y no soplaba el viento, y los perros no ladraban… era todo muy diferente a mis pesadillas. Porque no pasó nada fuera de lo normal, porque no estaba pensando en nada… simplemente sucedió, vi las luces de casa encendidas y decidí seguir caminando. Se de sobra que no hay nadie en casa.

No sé donde te has ido. No quiero saberlo. Yo me voy a ir muy lejos. No voy a poder evitar odiarte Sara, creo que ya te odio. Y creo que no podré perdonarte nunca, y que te olvidaré odiándote y deseando no volver a verte, hasta de que finalmente me convenza de que no exististe jamás.

No firmó la carta. El cerco de una mancha de café americano dejó ilegibles algunas partes. Pagó la cuenta deprisa y salió por la puerta. La curiosa camarera intentó leer aquella grafía ilegible, pero abandonó tras un esfuerzo superficial. Pasó un paño sucio, recolocó el servilletero, y todo quedo aparentemente limpio.

Texto: Vladimir Poliakov

viernes 10 de octubre de 2008

La Tormenta

Música: Bob Dylan (A hard rain is gonna fall)

La habitación, como un pequeño refugio en mitad de la montaña en mitad del invierno, le acoge, le protege y le mima. A lo largo del tiempo, de su vida, siempre ha sido así, y las paredes, más que encerrarle le protegían. De hecho, debido al paso del tiempo, ha humanizado sus muros azules casi blancos, o más bien los ha dotado de vida y de alma, como hacían los primitivos pueblos celtas con los bosques y las montañas, tomando aquel punto del espacio como un lugar fijo en el tiempo (en el tiempo siempre cambiante), un pequeño poste en medio de una riada.

¿Por qué? Pues tal vez porque en el fondo no deja de ser una prolongación de si mismo, sus paredes, sus libros, la disposición de los muebles, todo un efecto de su voluntad y un espejo bondadoso de su persona, un autorretrato más que idealizado, simpático. Y no tiene porque ser algo raro, los antiguos ya decoraban su entorno llenándolos de jeroglíficos, murales y frescos, que además de mostrar cosas al gran público, contaban a sus arquitectos, decoradores y obreros algo que al resto de la humanidad se nos escapa.

La puerta se cierra, firme aunque silenciosa, y contra la madera rebotan muchas frases (algunas penetran) que ya se han escuchado antes, largos discursos sobre el futuro, la seguridad, sobre lo insoportable de la convivencia con su persona, la hipocresía, el pragmatismo, la necedad, la inexperiencia… largos discursos sobre el desengaño. Discursos que a lo largo de generaciones han sido repetidos, siempre por supuesto con la pequeña variación del autor o más bien emisor, y que a lo largo de la historia ha sido repetido de padres ha hijos a lo largo y ancho de la geografía planetaria. Y quien sabe…

Pero la puerta se ha cerrado, y aunque físicamente sea casi inapreciable la diferencia entre que esté entornada y cerrada, hace que se cierre un mundo y que se habrá otro, que se expande a través de la ventana, que asoma a todo un mundo enorme ¿Real? No, por supuesto que no, pero tampoco fantástico, tan solo subjetivo, tan subjetivo como el mundo de mosca de todos los habitantes del planeta.

Comienza a sonar la música, y mientras se pierde mirando al infinito desde su cama sonríe. Tiene 17 años y el caos le hace gracia. Imagina como llueve tanto que todo va quedando sumergido bajo las aguas de una apocalíptica tormenta, una tormenta que primero la gente menosprecie, pero que finalmente ahogue, todo en general.

Y en vaqueros y calcetines se duerme involuntariamente sobre el edredón, mientras en sueños contempla las ruinas sumergidas bajo el peso del agua. Pero mientras, fuera, la tormenta.
Texto: Vladimir Poliakov
Fotografía: Zacarias Zuax

sábado 27 de septiembre de 2008

KARMA-POLICE

(Daré las explicaciones cuando y como me de la gana).

Perteneciente a la colección de cuentos "Radiohead:Grandes exitos". La recomendación de la casa es que primero busquen la canción, y mientras suena de fondo comiencen con la lectura. Lo apropiado ahora sería decir disfruten, pero prefiero que lean.


El vagón de metro avanza veloz por las vías, chirriante, dejando un rastro de chispas eléctricas que iluminan brevemente los túneles de metro de la ciudad, allí donde reina una oscuridad total. Es como observar a un pequeño asteroide en un punto del infinito espacio en el que no haya estrellas, ni nada que produzca luz salvo el mismo… como si estuviese atravesando un agujero negro. Hace ya mucho que la parada no aparece, y cualquiera diría que el maquinista se ha perdido, que las paradas ya no existen, que todo ha desaparecido menos el vagón, la oscuridad y sus tripulantes…

El compartimiento está casi vacío, debe de haber unas 4 personas en total. Los asientos, en colores tierra y crema, están destrozados y pintarrajeados, así como los cristales del vagón, de manera que ni siquiera puede observarse con tranquilidad la eterna oscuridad exterior. La luz fluorescente parpadea de manera arrítmica y caótica en oscura armonía con el traqueteo de las ruedas y las vías.

Un segundo observa a un tercero en el vagón de metro, durante bastante rato y con total fijación. Esta repantigado con las dos piernas subidas haciendo extraños sonidos con la garganta. Debe tener asma. Se subió hace dos paradas y tras ojear un periódico gratuito, arrugarlo, y tirarlo al suelo, al ver que el tren no paraba, se ha ido cambiando de asiento todo el rato y dando nerviosos paseos a lo largo del pasillo hasta que finalmente se ha sentado en el tercer hueco de asientos, de lado, mirando fijamente a la chica rubia que masca chicle y juguetea con el móvil, ajena a su depredador. Su mirada es agresiva, y tiene el ceño fruncido, como de molestia constante. Pero ella no se siente para nada observada, o le da igual, o por lo menos actúa como si no se sintiera nada o como si no le molestase; o es muy feliz o todo se la trae un poco floja (en realidad no lo sé, esto ya es opinar por opinar).

Finalmente aparece la lúgubre luz de la parada de metro, ella sale con cierta prisa y el por supuesto sale detrás. Para ticar en la salida se pone justo detrás de ella, mirando hacia arriba como si la cosa no fuera con él, como si no la estuviera persiguiendo, mirando al techo, silbando una canción que se inventa sobre la marcha. A través de multitudes los dos utilizan las escaleras mecánicas para salir y bajo el desagradable sol de finales de octubre (blanquecino, moribundo, que ciega y no brilla). Los coches con prisa se desesperan en las innumerables rotondas, el aire es frio y sucio como la escarcha del extrarradio, la gente resignada fuma en la puerta de sus trabajos, el ambiente es hostil. Y mientras él le persigue a ella en un plano secuencia interminable, en el que cada vez los dos objetos de esta persecución se hallan cada vez más cerca. Él se mete la mano en los bolsillos buscando algo que no encuentra, y ella incomprensiblemente recude aún más el paso.

- Bueno, ya vale ¿no?- me dice el chaval, que ante de mi gesto de sorpresa continua en su indignación- ¿te crees que soy gilipollas o que? No paras de mirarme desde el metro- Balbuceo. La rubia permanece en su sitio, enviando un mensaje te texto y mirándome como si fuese un pervertido- Mira tío, llevas tocándome los cojones un buen rato. Si no quieres nada, deja de seguirme o te reviento a ostias.

Reanuda su marcha a paso ligero, bastante cabreado y mirando para atrás observando que no le sigo. Se ajusta el gorro de lana en la cabeza y desaparece en la primera esquina. La chica rubia permanece mascando chicle y con el móvil, apoyada contra una señal alado del callejón del mercado. Su rostro acusador se va como llegó, mientras vuelve a enajenarse de todo así en general. Comprensiblemente avergonzado yo retomo el mío.

Camino en dirección al video-club (debo de devolver “en la ciudad de Silvia”, una película si se me permite infumable, minutos de mi vida tirados a la basura). A veces en la vida te sorprendes haciendo cosas repugnantes, estúpidas, o simplemente impropias de tu conducta. De todas formas ¿De que conducta estamos hablando y bajo que circunstancias? La gente suele hablar de la conducta habitual identificándolo con la conducta “correcta” o “moral”, y esto no tiene porque ser necesariamente así; no sabemos cual sería nuestra conducta en cualquier situación, tan solo realizamos una proyección moralista en una hipotética (y nos convencemos a nosotros mismos de que actuaríamos así), bajo una lógica y un sentimiento controlado. Así cualquiera… Tal vez esto es propio de mí. ¿Y qué? Continuo caminando, me reflejo mal en los cristales de las tiendas de comestibles rusas. Tal vez toda esta reflexión sea una forma de justificarme, una forma de evadir mi sentimiento de culpa al descubrirme haciendo esto. Un intento de evasión inútil por otra parte. ¿Ha sido algo voluntario y premeditado? ¿O algo más subconsciente? Yo quería seguirles, pero no me sentía como si les estuviese persiguiendo, no con malas intenciones…

La culpa, pero sobretodo la vergüenza debe de ser enorme, porque noto un par de ojos clavados en mi espalda, antecos a todo lo que digo y a todo lo que pienso, siguiéndome paso por paso. Debe de ser la culpa. Seguro. Hasta donde puede llegar el cerebro cuando quiere, porque oigo pasos a mi espalda, pasos que me siguen por muchos rodeos que esté dando. Busco tiendas abiertas, para meterme dentro y saber si me siguen pero aquí solo hay portales, portales y más portales. Doy con la plaza, me meto por dentro de los laberintos de las mesas de las terrazas de los bares, haciendo eses, y oigo como se apartan las sillas metalicas a mi espalda. Pero necesito asegurarme, porque yo no me atrevo a girarme

El karma me ha encontrado rápido. Es un juez eficaz e implacable en sus veredictos, cuando quiere claro. No le basta solo con el sentimiento de culpa. La culpa nunca es suficiente para el jurado y el juez, ni por supuesto para las victimas. Hay victimas que nunca tienen suficiente. Una vez he descendido las escaleras del videoclub lo comprendo todo. Sí, he sido perseguido desde mucho antes de mi culpa. Llevas persiguiéndome desde que comenzó el relato...

-Todos estamos hechos del mismo barro.... ¡barro!- Dr. Zivhago

miércoles 17 de septiembre de 2008

La Habana: No se puede vivir del Recuerdo

La segunda parte de Mujeres, titulada “Mujeres (Nocturno)” es sin duda más larga e infumable que la primera. Además, en ella hay muchas mas mentiras, y se adapta mucho peor al formato blog. Además me han dicho que tiene sangre Judía. Por ello queridos amigos, he decidido no publicar la segunda parte de mi relato (en realidad es un único relato que hice muy mal en separar, nunca debió separarse), y por otros motivos que me reservo. En fin, en vez de eso, y siendo conscientes de que el curso académico comienza y todas esas mandingas este es mi ultimo relato Cubano. No se puede vivir del recuerdo.


El mar es impactante y simpático a la vez, tranquilo y sugerente pero innegablemente azul. Una masa de color uniforme se extiende hasta el infinito, casi sin olas, tan solo las de rigor para que no le quiten el calificativo de océano al Atlántico en Cuba. Y cuanto más lejos miras, más uniforme parece todo aquello. Un color, solo uno y nada más. Y también el sol, que aprieta pero no ahoga, y sobretodo refleja en aquel mar en trance.

Los turistas (si, si yo también) han caído en la trampa, y se han dirigido hasta el otro lado de la bahía para ver el morro y el faro, la fortaleza que Carlos III construyo al recuperar Cuba de los ingleses, para nada, todo sea dicho. Compran carísimos botellines de agua, caminan bajo el sol, y observan las caras baratijas pesando en familiares y allegados: collares, tortugas talladas en madera, figuras casi humanas, cajas de puros, boinas revolucionarias… no falta nada. Al fondo, la carretera a playa del este se pierde y reaparece en varias colinas hasta que finalmente se ve un lugar al que llaman “A la mar”. Mucho y muy diverso he oído de aquel lugar, desde que es un fracaso de proyecto urbanístico, pasando a que allí marginan a la población que echan de la habana vieja hacinándolos en condiciones carcelarias, a oír que es una vivienda digna y un lugar muy decente para vivir, pero esa es otro historia.

Yo estoy, más que sentado depositado en el faro. A decir verdad no estoy mirando nada. Estoy algo cansado, he caminado mucho. Visité el barrio chino de la Habana, luego la iglesia ortodoxa, luego cogí un ferry para ir a Casablanca (villa o barrio que se sitúa al otro lado de la bahía de la habana), y de allí fuimos caminando hasta el faro. La maravilla y yo. Sólo pretende ser amable conmigo. Qué lastima. Tras una larga caminata bajo el sol, y todos los escalones del faro, y las fotos de rigor (le encantan las fotos), se me ocurrió la idea de sentarme. Ella también decide sentarse, y por lo menos yo me quedo un buen rato absorto, tan en trance como el Caribe que observo. La brisa del mar me refresca, y convierte al sol en solo luz.

- Óyeme Pepe, ¿por que no te afeitas la barba?
- ¿No te gusta?
- Pareces muy viejo. ¿quieres parecer mayor?
- No, no es eso, para nada. Me olvide la maquinilla en casa y…
- Ay pues un día vamos al barbero que…
- No… me gusta así, creo que me la dejaré un tiempo
- Pero que aquí hay barberos muy buenos. Te sientas y te ponen la espuma y te dejan bien apuradito
- Ya pero no sé- me retuerzo los pelos de la perilla- le estoy cogiendo cariño


Pronto la autoridad del faro llega, y nos advierte de que no podemos seguir allí sentados. No da explicaciones. Es un mito eso de que todos los caribeños son simpáticos. Supongo que el carácter va mucho más allá de lo cultural, ya que aún no he oído hablar de un lugar donde no existiera un antipático.

La maravilla nos apura para que nos marchemos. Yo le pido que espere un momento, porque sigo absorto, completamente atrapado. Ojala el tiempo se detuviese aquí y ahora, porque sin saberlo, todo lo que mi cerebro almacena, va desapareciendo y convirtiéndose en una tabla rasa, igual que ocurre al mojar una tabilla de barro. Estoy completamente alisado. No tengo recuerdos, no tengo pasado, no tengo sentimientos, ni apreciaciones, no tengo planes, no tengo futuro, no tengo ningún sentido, y no estoy mirando nada. Solo permanezco. Y extrañamente me siento en un orden total, un orden que hacía ya demasiado tiempo que no experimentaba, y que anhelaba.

Comprendo que no se puede vivir del recuerdo, y solo de la experiencia del ahora. Comprendo que no se puede vivir del recuerdo, y que tal vez vivir, en el sentido absoluto de la palabra, solo se pueda realizar prescindiendo del mismo, prescindiendo de muchas cosas… Creo que he llegado al final de mi escapada, y que después de todo esto comenzará otra. Estoy en lo alto de una parábola, en el mismísimo punto de inflexión.

Voy a arrepentirme cuando me levante. Cuando lo haga, voy a arrepentirme mucho

miércoles 10 de septiembre de 2008

Literatura Pulp - Simulacro fugaz [ 5 días] . Relato de terror

Despertó de madrugada, sudando, buscó el reproductor entre los pliegues de la sábana mediante una serie de movimientos perezosos. Lo encontró debajo de la almohada, sin batería. Empezó a inquietarse y pensó en salir del cuarto a por un vaso de leche tibia. Desde su puerta el pasillo resplandecía con una luz extraña provinente del salón, situado al otro extremo del corredor.
Recorrió los siete metros inmerso la oscuridad halitosa y pudo ver como en la mesa del comedor alguien había dejado su ordenador encendido. Resignado, procedió a revisar su correo.

Lo encontraron muerto al día siguiente. (música de terror)

From: Ojos de gata
To: -
Subject: RE-cordar, del latín "recordis": volver a pasar por el corazón (Eduardo Galeano "El libro de los abrazos)

Date: Thu, 31 Jul 2008 23:25:31 +0000

desde lo más profundo del insomnio que mantengo le respondo señor pues agradable resulta leerle, a la par que sorprendente,....pues pensé q la nena JMÁS le daría mi notita...lo juro x snooopy


¿importancia de la música en su vida? según Niestzche-(nombre , el cuál nunca sé escribir, ni he podido con el anticristo,) yaaaaaaaaaaaa, comencé muy fuerte, lo sé, es porque según mi psiquiatra soy hipomaníaca-ya sabes-como Jack Nicholson en la peli "Mejor imposible", me gusta que vd.intrigado se encuentre, yo indagué sobre su persona, pero...muy poco,pues,confío en las co-incidencias y no es tan insoportable la espera (ni la levedad del ser)

"que cada uno siga su destino, cada uno en su lugar.....Bunbury" Vd. perdone pues escucho joaquin, Sabina mientras le leo, he dormido 2 horas y cigarrillo de vainilla en mano en mano, esta noche lo estoy celebrando, he conoccido otra faceta nueva de mí, me encanmta re-descubrirme, mimarme, tocarme, lamerme, pintarme, cosquillearme y...

por selene me conocen mis allegados

por aubergine mis amig@s del liceo francés

por Trinidad my "girlfriend"

por paleta my sweet-honey

por Ququ mi sister(jejeje, ella es kuku y para querernos decimos queso y eso -x la vergüenza de peuqeñas de decirnos te quiero)

por mima mis papis

por la maga mis coleguillas argentinos

por inma los extraños q faltan por co-no-cer,


por amelie els amics alternatius-modernos q ahir tractaren de lligar en lkes teues xiketes, tranquilícese, estuvimos a punto de: 1.ir de after, pero una quiso abandonar el barco y como el titanic todas nos fuimos al fondo,


(jejejej, al igual q BUcowsky, tengo varios alter-egos o polifacetísmo, me encamta inventar palabras, sorry ahora no recuerdo el verbo, estoy más espesa que bob, bob esponja que vive ne la piña debajo del puente, no gari???


Esteban se llamaba mi diario, por "Todo sobre mi madre " de almodóvar, y si quiere conocerme puede ver:


Noviembre dulce
Amelie
clementine
y 1 de almodovar "mujeres al borde de 1 ataque de nervios", carmen maura...si,si,si...
o escuchar "Sin embargo" de Joaquin Sabina
o COMPLETAMENTE LOCA de alejandro SAnz (snif snif..)
cómo lee, adoro la música, el cine y los libros por ese orden según épocas, y el psicoánalizarme...en fin, too much information x today, i think so...

p.d. rescató mi bolso xq me volví loquita x Natalia, su amiga, y encima en mi coralito (my car, q antes era 1barco-pirata), sonaba el freak-show de Bunbury...peco de despistada pero...

¿Acaso existe la perfección)

2ª p.d.mejor q rayuela, historia de cronopios y famas...

sweet, sweet drreams my little friend




jueves 4 de septiembre de 2008

La Habana: Mujeres (diurno)

Muchachos y lectores. Esto también es otro escrito. El segundo publicado en este blog, y uno de los muchos que itnento mecanografiar. Es denso, es largo, es personal y no refleja fielmente la realidad. Así están las cosas. Metiendonos un poco en farina, os diré que es la primera parte de un largo cuento que nunca debió separarse, pero así es el formato blog. La semana que viene publicaré la segunda parte. O no. Y os advierto, no va de política. Dejo lo mejor, o por lo menos la sangre, para el final. Así que damas y caballeros con todos ustedes.







A Giulio o Julio, se le encendieron los ojos, se le abrillantaron las pupilas y se le llenaron de dulce malicia mediterranea, lo mismo que cuando oyeron las palabras ron cubano, y más aún cuando escuchó la palabra mulatas.
(…)
-Dijo usted ron y mulatas, ¿mon capitain?
-Oui Monsieur. El mejor ron del mundo. Y quizás las mulatas más deliciosas del hemisferio occidental. Las hay deliciosas, hermosas, sensuales, divinas…

-Humberto Arenal-


El día comienza, como siempre, con el ruido del ventilador a mínima potencia y con las sabanas a las que me he ido enroscando durante la noche. Los párpados se me despegan y despierto en una habitación que se me ha vuelto familiar con mucha facilidad. Alguien ha entrado en mi cuarto durante la noche, o tal vez hace un rato, y cerró la puerta del cuarto colocando un paño de tela doblado en el cierre. No vagueo demasiado sobre el colchón, me pongo en pie y abro la puerta. Y apago el ventilador.

Sobre la mesa un vaso de plástico, de un color que no puedo bien definir, el cual se que esta lleno de algún batido de fruta tropical. Camino descalzo por todas las baldosas y atravieso la puerta de madera tipo far west que separa las dos partes en las que podríamos dividir la casa. Vivian duerme en una de ellas, y yo en la otra. Está en la cocina, terminándome de preparar el desayuno. Me lleva colmando de atenciones desde que vine, y me alimenta como si tuviese el propósito de venderme en una feria de ganado, pero siempre con mucho amor. Y yo me lo como todo, porque soy un muchacho agradecido. Y solo por eso.

- Buenos días- digo con la voz que aún se está acomodando a funcionar
- Hola mijo- cariñosamente me sonríe y continúa preparándome plátano frito poco troceado y con mucha sal, como a mí me gusta- ¿Dormiste bien?
- Estupendamente. Tienes batido de fruta bomba* encima de la mesa
- Vivian, yo no estoy acostumbrado a desayunar tanto
- A pues te lo comes. Tú mamá confió en mi estos días para que yo te alimentase bien. Además que el desayuno es lo más importante y me prometiste ayer que hoy comerías todo lo que dijese que ayer no desayunaste- Cautivo y desarmado me retiro al lavabo a lavarme la cara y las uñas, sonriendo. Es estupendo que te obliguen a hacer algo que te gusta.

No me acompaña a desayunar porque tiene que preparar la comida de Miguel Humberto, un niño de dos años al que cuida durante toda la semana todas las tardes (y en vacaciones todo el día) desde que el sujeto en cuestión tenía ocho meses. Creedme, aguantar al crío en cuestión es bastante complicado. Tiene más edad que mi madre. Se pocas cosas de Vivian. Pocas cosas concretas. Tan solo una de las muchas líneas argumentales de su vida. Que me encanta su pudín y su congrí*. Que es una mujer fuerte y muy temperamental. Suele dar ordenes, es todo un carácter (muy acorde a su físico que me recordaba a Andalucía), pero la mayoría de los imperativos que emplea conmigo tienen siempre un cariño implícito el cual me impide decirle que no. Es como comer uno de esos cacahuetes con miel y sal. Me gusta Vivian. En los pocos días que llevo aquí la considero como un miembro de mi familia, al que hacia mucho que visitaba pero que el tiempo no hizo que la proximidad se perdiese. No una tía, ni una abuela ni una madre. Algo distinto pero mío.

Atiende a unas visitas en la sala de la televisión pero se preocupa de que todo esté bien. Después de comer los huevos fritos con la clara revuelta en cebolla y jamón, y de haberme manchado todo el bigote del batido de fruta bomba que me he bebido casi de un trago, la puerta de fondo de la casa se abre y aparece ella, una fugaz sombra que no es capaz de saludar antes de haberse aseado un poco. Pero dos minutos después, cuando degluto los tostones, ella abre las puertas del otro lado de la casa.

“¿Qué bolá mi Santi? ¿Dormiste bien?” Me fulmina con una sonrisa a la que yo no soy capaz de responder. Su pelo negro tintado de mechas pelirrojas que se van decolorando hacia el rubio está cubierto por una gorra del equipo de baseball de industriales. Tan andaluza de parecer como su madre, morena de piel, y de ojos rasgados y negros, fue bautizada por Bruno como la Maravilla. Apodo que mantendré secretamente. No capta mis halagos, me saca más de diez años, y ha vivido mucha vida como para fijarse en mí. Le encanta el deporte, todo él, y es capaz de levantarse a las seis de la mañana para ver un partido de baseball. Como su madre también, todo un carácter, combinado con un pensamiento de la vida al que yo calificaría de números*, tiene el suficiente cerebro como para equipararse a cualquier persona que tiene escrito en su cara “yo leo a Schopenhauer”. Sin embargo desprecia esas formas de intelectualidad, y toda forma de excentricismo. Me desprecia a mí, aunque a la vez me tiene cariño, y nunca se pararía a leer este blog. Es perfecta. Me muero por darle un beso en la mejilla para darle los buenos días, y sin embargo me moriría si lo hiciese. Me muero por que me obligue a aprender a bailar, para ponerle mala cara y decir que me da mucha vergüenza y que no puedo hacerlo. Y sospecho que ella sabe todo esto, pero tampoco es muy dada a los cumplidos. No tengo ninguna posibilidad con ella y ello resulta adictivo. Ya me lo dijo su madre cuando le dije que me gustaban las chicas con carácter: “eres un masoquista”.

La maravilla se sienta conmigo mientras desayuno y yo me dedico a decir estupideces con la boca llena. Brillante estrategia, si. Le cuento mis planes del día. Ella irá al trabajo, y esta noche no podrá acompañarme por ahí ya que hay un partido de pelota, entre Cuba y China Taipei (Taiwán). Escojo mi ropa, me ducho, y observo mi barba como quien observa a unos gusanos de seda en una caja de zapatos agujereada; con curiosidad, un extraño cariño y ojos de sospecha y estudio. Mientras me ato los cordones de los zapatos en el salón advierto a las chicas que hoy estaré todo el día fuera, que ya llego tarde y que no me esperen para comer. Quedamos en que les llamo si me demoro.

Salgo a la calle dirección a la parada del autobús con la esperanza de que el P16 pase pronto. El sol brilla, la gasolina huele, y las mujeres caminan en todas direcciones. Mujeres que no volveré a ver nunca. Mujeres preciosas en forma (no detallaré) y en concepto (son estrellas fugaces en mi vida, maravillosas visiones que seguramente no se repitan exactamente igual). Finalmente, y tras unas cuantas paradas me bajo en la esquina de la avenida de los Presidentes, o como la conoce todo el mundo “G”, con la calle 23 (mi amada calle 23), con la intención de sentarme en unas de las sillas del café literario. Oh si, cruzamos mares y aduanas para repetir nuestra pauta de comportamiento, porque por mucho que viajemos somos quien somos. Café barato y en grandes cantidades, baratos libros desconocidos, aspirantes, y quien sabe si secretos, artistas cubanos, esperados a ser descubiertos, relacionándose endogámicamente entre sí, detrás de sombreros o extrañas vestimentas.

Yo estoy esperando a Armando, otro cubano muy dado a las mujeres, sin mucho éxito, por lo que yo pude ver. Le comenté que tal vez sus técnicas eran demasiado invasivas e intimidatorias. Que uno no puede recitar poesía erótica a diestro y siniestro en mitad de una avenida a toda desconocida con tetas con la que se cruce, voluntaria o involuntariamente. Pero claro, yo tampoco soy nadie que pueda decir algo sobre “las mujeres”… ya sabéis lo que me refiero, esa clase de gente que se permite la arrogancia de darte consejos gratuitos de mujeres diciendo “Mira chico a ellas lo que realmente les gusta es…”. Desconfíen de quien crea estar en posesión de la verdad. Solo les puede llevar a un mal final, se lo aseguro.

En fin, Armando no viene, y yo me dedico a hincharme de cafeína y a leer a Humberto Arenal, una de mis pequeñas incursiones literarias obtenidas en el mismo lugar el día anterior. Llueve desmesuradamente, y una dulce claustrofobia me susurra al oído que no podré salir de allí. Me resbalo en la silla dirección a las baldosas, lentamente, porque tengo tiempo, mientras espero a que mi quinto café se enfríe. Observo la cortina de agua que envuelve el edificio, mientras el resto de gente, envuelta en la pasividad de agosto, sigue haciendo tintinear los vasos, caer la ceniza, y mover sus lenguas al compás del dialogo. Todos menos tú.

Eres una figura reflexiva y solitaria que resalta aquí y ahora. He olvidado tu nombre. Nos presentaron ayer, y a los dos minutos lo había olvidado. Como no quería convertir la situación convencional en tensa no realicé de nuevo la pregunta por como identificarte. Inclinada, rayas una hoja, y espero que solo sean garabatos en un folio. Parte de un maquiavélico plan para seducirme, para que te mire… porque si, no lo dudes, te estoy mirando. Ni si quiera de reojo, pero te miro mentalmente. Te visualizo con una fijeza casi denunciable. ¿Será por mi educación cristiana que no me deja hablar claro, o será mi miedo al rechazo, pero no puedo ir y decirte que me pareces… no puedo decirlo ni aquí… y que quisiera que tu quisieras… en fin, estoy loco, o soy tímido. O soy un loco y estoy tímido. Debería levantarme, olvidarte, esperar al avión y visitar a un psico-algo. A ver que me cuenta… si, eso haré. Pero antes de hacerlo escribo en un trozo de servilleta un mensaje que yo solo comprendo.

“Ni te desprecio
Ni te ignoro

Pero no debes descubrirme.”


Abandono el papel arrugándolo encima de la mesa. Antes incluso de que me advierta su terrible secreto el camarero lo está empujando con el tenedor a la bolsa de basura, confundiéndolo con un papel vulgar y corriente, y salvándome sin querer de mi estúpida auto delación. Así todas las pruebas son inmunes y puedo caminar libre de cargos. Y camino. Primero camino, y cuando veo que tengo tiempo empiezo a deambular con algún tipo de lógica. Tiendas de música, librerías, tiendas de souvenir, todo trampas para turistas a los que les sobra el tiempo. Todo en pesos convertibles.

Acabo sentado en una silla del Coppelia (una heladería típica de la Habana, tal vez mítica, inmortalizada en varios films del lugar, donde se hacen unos helados riquísimos. Alguien inteligente me dijo que Coppelia era una metáfora perfecta de una de las facetas más paradigmáticas del cubano. Su gusto por hacer colas, y por quejarse con cierta resignación, entre la añoranza del pasado y el hastío del presente, echando de menos los buenos tiempos de cuando se hacían buenos helados. Aunque todos sabemos que hablar de “el cubano” es una generalización pero…) escribiendo frenéticamente mientras la gente de alrededor me mira. Trato de comerme el helado lo mas lento que puedo, trato de retrasar mi salida del lugar aunque inevitablemente todo se acaba, y el helado también.

Los sucesos transcurren entre las 4 y las 6 de la tarde, de manera totalmente anodina. Mi actitud se degrada en los siguientes estadios: caminar, pasear, deambular, vagabundear. Como un extraño reloj suizo, La Habana continua funcionando a su ritmo, como un mecanismo perfecto que no me necesita para nada. Y este mecanismo, de gente, de vidas que se cruzan, de burocracia, de sentimientos, de economía, política y música, de vidas cotidianas, contrabando y relaciones internacionales, gira, te seduce y a la vez te destroza, como el amor en su más pura forma contra un organismo ingenuo.

Tras mi compromiso de las 6 de la tarde, compromiso que se alargo bastante, acabo sentado en un bar cerca de la calle Infanta, bebiendo pero sobretodo hablando con Nathalie, habanera, madre y artista. Mientras, anochece.



*Papaya

*También llamado moros y cristianos. Es una forma de arroz negro, típica de la comida criolla, en la que el arroz se tinta de este color utilizando para ello judías de color negro.

* Todo es como las matemáticas. Funciona bajo una lógica que solo admite dos formas de respuesta: Correcta (2 y 2 son cuatro), e Incorrecta (2 y 2 no son 4). Solo hay una verdad, y a consecuencia de ello el resto…Mucha gente nacida en la revolución piensa así. ¿Tendrá que ver ello con la filosofía que subyace en el marxismo, pensamiento básico del régimen? Unos tienen la razón y otros están equivocados, y hay que hacer caer a la gente que está en un error porque lo esta, porque verdad hay una y solo una. Ese rasgo contra-relativista lo comparten muchas filosofías de muy dispares signos. Todas asegurando tener la verdad en la mano, y tratando de hacer ver al resto. Quien sabe, puede que sea ciego, y que alguno de ellos tenga la razón, la verdad y el sentido…

jueves 28 de agosto de 2008

La Habana: Vivencia Luminosa

Queridos. Esto no es exactamente un relato, sino más bien un escrito, y ahí queda eso. Si no me traiciono a mi mismohabrán más, pero bueno, como dirían los beatles Tomorrow never knows. Y con todos ustedes...






-El regreso no existe, solo eternos viajes de ida. Por mucho que caminemos sobre nuestros propios pasos no podemos retroceder en el tiempo, no podemos volver, sino ir a donde estuvimos. Y en el eterno viaje el eterno viajero, que cambia constantemente...-

-Buenas tardes
-Hola, buenas tardes. Quisiera una entrada para la película de las dos
-Y si quieres más también- la dependienta, treintañera casi cuarentona, de chanza con sus compañeras de trabajo me sonríe más por sorna que por seducción, aunque no deja de resultarme agradable
- Solo una gracias- le devuelvo una sonrisa, creo que sincera
- Son dos pesos
- ¿Moneda nacional?
- Claro
- Gracias
- A ti mi vida

El cine Chaplin pasa desapercibido para la mayoría de turistas que visitan la Habana más dados a la consumición de ron y mojitos. Claro que la calle 23 (mi amada calle 23) queda muy lejos de esos circuitos turísticos prefabricados, muy lejos de los pequeños restaurantes de la Habana vieja donde Ernest Hemminway se hinchaba a mojitos y a Daykiris, y lejos por lo tanto de la clase de turistas que visitan todos los lugares donde él estuvo (extraña expresión del culto a la muerte). Aunque yo no quiero considerarme la clase de turista que no se percata del cine Chaplin. Pero he de reconocer que la primera vez que pase por allí no me percaté en absoluto de su presencia. Estaba demasiado cegado por la gente, por todas ellas, por la luz, por el singular (algunos, si se me permite, cualquieras, dirán desagradable) olor a gasolina sin refinar, y por el omnipresente sudor Habanero. Excusas, excusas y más excusas.

Las suelas de mis zapatillas estaban ardiendo durante toda la mañana en la que no había tomado nada desde la hora del desayuno. Sin embargo, no tengo hambre (cosa que se entiende si se ve el tamaño de mis desayunos en cuba. Lo cierto es que no puedo decir que ningún día pasase hambre). Para hacer tiempo, compro un poco de maní a una vieja que lo vende en la puerta del cine, que atacada también por el calor, se rinde en las escalinatas de la entrada casi cuerpo a tierra, sin mediar palabra ninguna con compradores o transeúntes. Sin hacer reclamo alguno de sus productos. Cerca de ella, un perro en su misma posición y actitud no vende nada. Mastico cada uno de los cacahuetes dando pequeños círculos, observando un poco aquella esquina, de 23 y 12. Los cafés, la gente, el tiempo loco que ahora llueve y luego quema…

La habana es la dictadura del presente, me dice un caballero vestido de negro y sin acento del lugar, con la voz rota y un pañuelo resguardándole el cuello. Esta misma mañana, había quedado en esta misma esquina con un caballero importante que vive en nuevo vedado, y ahora no aparece, y ¿por que? Pues muchacho porque la verdadera dictadura es la del ahora. Aquí los planes de futuro se caen por su propio peso porque el presente es sorprendente e imperativo, y de pronto estás en un sitio y pasa algo, y tus planes se cancelan porque ahora es ahora y luego no será, entonces claro, lo haces. ¿Tiene lógica no? Porque quien sabe luego…. ¡Y quien recuerda bien! Sin embargo solo aquí he visto aplicar esta filosofía de manera tan ortodoxa. Todo cambio de guión aquí se asimila y se absorbe. La muerte también. Y el tiempo. De nada sirve que mires al cielo muchacho, porque cuando salgas del cine todo habrá cambiado. El caballero mira su muñeca como si tuviera reloj, y se despide levantándose el sombrero dirección a la parada de autobuses.

Impresionado pero no sorprendido subo las escalinatas casi sin darme cuenta y le doy mi entrada a la señora que está allí para controlar las entradas, una funcionaria de trabajo rutinario, que amargada por su vida y siempre fija en su puesto, mira con desagrado a todos los que entramos a la sala. La película, el Alamo, de Jonh Wayne, se proyecta en una pequeña sala casi oculta en el piso superior del edificio. La gente vive con intensidad cada minuto del metraje y se maravilla, haciendo expresas sus opiniones con aplausos o breves expresiones, con el personaje de David Crockett, un coronel sureño muy campechano y noblote, y la forma en la que el argumento se desenvuelve, de manera tan culebronesca, incentiva incluso a estas intervenciones.

Salgo del cine feliz de tanta humanidad, aunque en la calle todo el mundo se haya refugiado ante una inexplicable y repentina tormenta que parece evidente. Pensaba permanecer en la calle, pero tendré que irme a casa. Atravesaré el cementerio de Colón, y luego por deducción lógica llegaré. Ahora que lo pienso me apetece un cortado y chapurrear un poco la guitarra para Vivian.

Con el sonido de la puerta cerrándose nada más llegar, la tormenta callo con todo su peso, pero ya estaba en casa.

miércoles 30 de julio de 2008

Cronica de una fiesta de alta sociedad

-toda autobiografía es ficción. Toda ficción autobiográfica-



Una fiesta de alta sociedad. Un hotel maravilloso, repleto de columnas de mármol italiano y exclusivas copas de cristal de bohemia, con los licores mas exóticos, los vinos más reserva, y los whyskis más caros. También hay gente. Y una mala broma de música de fondo, un disco de versiones samba bosanova y chanson français de los grandes éxitos del rock alternativo. Ahora mismo suena smells like teen spirit en una versión de cumbia Venezolana. No creo que Kurt Cobain se retuerza en su tumba ya que llegó a odiar esa canción, y Curtney se estará metiendo todos los royalties en vena. Sin embargo no dejo de tener la sensación de haber descubierto una fábrica de Reebok clandestina en un petrolero en Malasia. Pronto, y quitándole peso al asunto, llegué a la conclusión de que era de esperar, ya que las siglas de la pareja eran C y K, como Calvin Klein.

Alguien me dejo aquí aparcado hace mucho rato, y apoyando el codo en barra imaginaba que no estaba aquí. Era lo mejor que podía hacer, ya que era una minoría absoluta en una mayoría de estudiantes de 3º de económicas en plena fiesta de ecuador de carrera. Ya pueden tocar el coche de empresa, el sofá de cuero y la mujer florero con la punta de los dedos… están felices, es normal. Y ¿Cómo he acabado yo asistiendo a una fiesta así? Sencillo aunque vergonzoso. Es el gran drama de aquellos que vivimos entre dos aguas, el gran contra de aquellos que estuvieron en mal sitio en mal momento. Sí, instituto de pago, ex -compañeros ricos, tardes vacías en verano, y una corbata que hacía demasiado tiempo que no me anudaba. Eso y la maldita pregunta que sirve para justificar todas las mamonadas que he podido hacer en mi vida ¿Por qué no?

Un paso en el vestíbulo y sabía que me estaba equivocando de sitio, lo mismo que la primera vez que pise aquel viejo armatoste aún con olor a seminario. “No deberías estar aquí, chico” mis viejos zapatos recién limpiados pisaban aquellos caros suelos, alado de un viejo compañero de clase el cual, como era de recibo bajo su doctrina religiosa, había decidido llamarme. Ama a tu prójimo supongo... Hace mucho tiempo, bajo la dictadura, creo que hubo una campaña que se llamaba “lleve un pobre a su mesa”. Y así es como me miraban todas aquellas personas que yo muchas veces había visto a la salida del metro y me había negado a saludar, esquivándoles tras las salidas de stop. Sin embargo, y como es normal para ellos, me saludaron con una falsedad poco disimulada y una sonrisa forzada. Incluso alguno de ellos se permitió la licencia de utilizar algún coloquialismo como “ye, campeón”. Nos distribuyeron en distintas mesas redondas, decoradas con un mantel blanco e impoluto, una cubertería completa y reluciente, y algunos entrantes. Y vino. Y por qué no… Como elemento neutro e imprevisto me asignaron en una mesa alejada de ciertos círculos, cosa que me vino de perlas. Mi amigo, el cual sospecho del OPUS o católico – propagandista, disparo en un ritmo amable y calculado una serie de preguntas que oscilaban entre la total intrascendencia y un educado y respetuoso interés en saber de mí en todo este tiempo. Observando su actitud en la comida estaba seguro de dos cosas, de que seguía virgen, y de que si se le apretaban un poco las tuercas sería un tipo normal o un completo psicópata. Su caro reloj no dejaba de recordarme que el tiempo pasaba y pasaría toda la noche lento…

No toque la cena. Por supuesto que aquella decisión no tenía que ver con ninguna rectitud moral-política, simplemente es que aquel ambiente me daba nauseas y además no comprendo esa clase de cocina. Dan ganas de no comerla. Recuerdo que solo le hinqué el diente al postre, una especie de copa de nata y frambuesas, por supuesto cara y de lo más reluciente. Nadie se molestó en preguntarme porque no comía, y francamente no me apetecía soltarles ningún discurso.
Terminada la cena y los cafés (nadie de mi mesa bebió licor), y aquella conversación en la que tomaba partido cada vez que me lanzaban la pelota, en la que se hablo de actualidad y de algo más, llegó la ronda de saludos. Me divirtió seguir viendo a un montón de mujeres que seguían con unos enormes pechos y que me seguían despreciando. Y sí, tenéis razón, me resultan por completo sexualmente deseables, pero yo también las desprecio. ¡Que complicado verdad! Pese al mutuo desprecio y la extraña atracción, aliñado ya con un par de copas salude a unas cuantas, que me devolvieron el saludo con los dos falsos besos de rigor y algún cumplido que me la traía un poco floja “estas igual”, “iros a la mierda” pensaba. Pobre gente, con su rico mundo interior y yo les tengo asco porque si. Cuando me cansé de las bellezas museo pase a los hombres. Que elegantes, cuanto futuro, como los quiere Papá. Que interesantes son sus negocios, y que complejo y fascinante es el mundo empresarial, o judicial, o que complicadísimo resulta sacarse una ingeniería industrial.

Y como una bola de pinball fui rebotando de círculo íntimo en círculo íntimo hasta finalmente acabar solo contra la barra, y fui pidiendo un vodka con limón tras otro, después de lavarme enfermizamente las manos en el lavabo. Sé que en estos casos, siempre es mejor irse antes de que la crisis introspectiva degenere en autismo o en una lengua viperina. Pero las cosas siempre ocurren de modo inesperado, y entonces nº4 tomo asiento.

Nº4 era lo suficientemente lista y rica como para ser nº1, o por lo menos nº2. Tenía el suficiente reconocimiento físico de toda esa selecta comitiva del último círculo de la diana social del colegio, pero planteaba los problemas. Tener una nariz inoperable, demasiado fea como para consérvala y demasiado grande como para que una operación pasase inadvertida. Simpatizar con algunas corrientes izquierdistas (social-reformismo moderado), y además, según fuentes de primera mano, un olor vaginal particularmente desagradable. Pobre nº4, es extraño pero siempre me pareció muy desagradable físicamente, me recordaba a una meiga con aquella nariz inevitable. Borracha ya, como una beuna católica apostólica romana no practicante, se acerco con la lengua de trapo y poca estabilidad en sus pasos, aunque nada fuera de lugar, solo había que ver el lugar. Pero no me confundáis, no juzgo, yo también estaba allí. Ahora nº4 trata de establecer comunicación conmigo, esta apunto de hablar:

- Hola Vladimiro- tenían la horrible costumbre de traducir mi nombre. Aguante esa carga varios años
- Hola nº4- mira extrañada a mi respuesta
- Yo no me llamo nº4
- Sí, si que te llamas así
- Estas borracho- me dice sin poder hablar muy bien
- Como quieras- el silencio se prolonga un rato
- ¿Has visto a 13?
- No- ella me sigue sonriendo falsamente- No creo que haya venido
- A mi me dijeron que vendría
- Pues ya ves, las cosas- el silencio vuelve a prolongarse. Nº 13 es el ex –novio de nº4. Fue mucho tiempo detrás de ella, hasta que un día ella se coló por él, y primero fue bonito, luego aburrido, y finalmente insoportable cuando todo acabó, para ellos por supuesto. Dicen que aunque ella se haya enrollado ya con varios chicos, entre ellos nº7, no ha superado a nº 13, aunque lo cierto no es que todo esto me quite el sueño. Pero me apetece volver a ver a nº13. Nos gustaba hablar de música, pero ya no me coge el teléfono, desde hace casi año y medio. Tampoco yo intento llamarle. Malas lenguas hablan de sus escarceos con las drogas, que le están llevando por un camino complicado.
- ¿Y tu que tal bien?- le conté una selección de trozos aburrida, lo suficientemente impersonales y aburridos como para que se largasen rápidamente. Y así fue, siguió sonriéndome falsamente, y se fue al baño a ¿vomitar? No especificó. Volví a quedarme solo y miré como todo el mundo se divertía, y me puse de nuevo cara a la barra.

Ya no me quedaba a nadie por saludar. Seguí bebiendo y pensando en nº 13. Y en nº 25, un chaval al cual expulsaron porque “no se adecuaba al modelo del centro”, gente de suburbios pensarían. Como nº 32, nº 47, nº 76, 77, 78, 79, 80, 93… Recordé las peleas en el patio, las palizas en los aparcamientos, los amigos de amigos con palos, y la sangre que nunca llegaba al río. Conociendo a cada uno de ellos y ellas que fueron expulsando porque “no respondían al perfil”, podías elaborar una especie de prototipo generalista, que respondía a lo que ellos consideraban “carne de cañón”. Ellas son tan ricos que ni si quiera pagarán su incompetencia con una degradante mamada al de recursos humanos, porque papa tiene dinero. Y entonces me vi en el reflejo de la copa y caí en la cuenta de que a mí no me habían expulsado.

Mientras una versión pin up de los Clash sonaba me imaginaba un mejor amigo imaginario, que me invitaba a una copa, y que me preguntaba si quería hablar, pero yo le ignoraba obsesionado en el hecho de que cabía la remota posibilidad de que me pareciese a ellos, ya que un en largo periodo de mi vida me habían confundido con los mismos. Tenía que salir de ahí, tomar aire puro y mío, encontrar algún mundo comprensible. Al decirle adiós a la camarera (era preciosa), con la que no había mediado palabra en toda la noche, ella me miró con una clase de asco que me resultaba de lo más familiar. Y aquello me destrozó.


jueves 10 de julio de 2008

Más allá del Estres

I'm Back- Dougals McArthur

Más allá de una crisis de estrés siempre hay una absoluta calma. Tal vez porque durante un breve periodo de tiempo se expulsa por completo el interior en ebullición, todos los actos comienzan a regirse bajo temperaturas árticas. Es lo que en la filosofía China se conoce como el Ying y el Yang. Todos tenemos en nuestro interior un Ying y un Yang, que no es una correspondencia de los valores judeocristianos del bien y del mal, o la visión de Niezstche sobre lo Apolineo y lo Dionisiaco. Se trata de un concepto más global, una especie de fuerza interna que aglutina muchas cosas, como un punto cardinal, o una temperatura, una actitud….

Entre el Ying y el Yang se establece una fuerza equilibrada pero en constante conflicto, es algo así como observar una ola del mar chocando contra la arena de la playa; la ola rompe contra la arena y la superficie de la arena retrocede, pero posteriormente, y cuando la ola vuelve hacia atrás, la arena gana terreno, hasta que el mar vuelve a romper. La arena y el agua avanzan y retroceden sorbe el mismo espacio, creando un dinámico orden marcado por estos avances y retrocesos. Este orden es lo que se conoce como el Tao.

Es una mañana de miércoles como otra cualquiera, y Mr Snoid (así solía apodarse a sí mismo en secreto, y que quede claro que nunca revelaremos su verdadero nombre), disfruta de un café con leche y una ensaimada como todas las mañanas en la cafetería que hay bajo su trabajo. Le resulta de lo más relajante comerse las ensaimadas en forma de espiral, como quien resuelve un complicado acertijo hasta llegar hasta el centro de todo, como quien desvela un enigma. Siempre comete el error de mojar una parte de esta ensaimada en el café con leche, para comprobar, como siempre, como el aguachirli barata que le sirven destroza por completo el sabor de tan especial pieza de bollería.

Mr Snoid es el segundo de a bordo del departamento de recursos humanos de la empresa InterProx, una empresa relativamente joven que a nivel nacional trata de hacerse un hueco entre las grandes empresas del sector. El cometido de la empresa varia según los proyectos, hoy esto, mañana aquello…. Siempre dependiendo de lo que pida el mercado en el momento. Su tarea en esta empresa es básicamente hacer lo que Dieguito Montoya, su inmediato superior en el departamento, no quiere. Y esto consiste en despedir a gente, rechazar curriculums, realizar las entrevistas de trabajo de todos los hombres calvos, o feos, o gordos… Realiza su labor con dedicación, y sobretodo, eficiencia.

Pero el trabajo no es toda la vida de Mr Snoid. Cuando sale del trabajo, dedica la mayor parte de su tiempo a su Madre, a la que llamaremos Sra Snoid. La Sra Snoid, tras la desaparición de su marido por un viaje de negocios a Tailandia, sufrió varios shocks psicológicos, que sobrellevó durante 7 años, mientras Mr Snoid terminaba la carrera de Psicología. Una vez terminado el periodo universitario y al observar que su hijo podía ser económicamente estable, la Sra Snoid decidió derrumbarse. Actualmente en mejor estado, padece de una extraña combinación de trastornos alimenticios y síndrome de Tourette. Mr Sonid la recoge puntualmente todas las tardes a las 7 en la puerta del centro de día en la que pasa desde primera hora hasta que cierran. Mr Snoid no tiene vida amorosa. Tiene una vida ya demasiado absorbente. Tal vez cuando ascienda…
Y en cuanto al sexo es todo un onanista. Alguna vez se ha planteado contratar a alguna acompañante, pero además de que le parece inmoral y patético, es económicamente impracticable.

Pero como buen previsor, Mr Sonid ha ahorrado algo de dinero para estas vacaciones, y en Agosto irá a un apartamento en Altea con su madre, en 7ª línea de playa. El 7 siempre fue su número de la suerte. Su primera opción era visitar algún complejo turístico en un paraíso tropical, con una pulserita en la muñeca “todo incluido”, y con gente que cuidase a su madre, pero ciertos trastornos hidrofóbicos además de un pánico a volar y a los países tropicales de su madre, impiden este viaje, ya que no puede ir y no tiene con quien dejarla. En fin, Altea también está muy bien.

Y precisamente en las vacaciones es en lo que está pensando ahora mientras deshoja su ensaimada como todas las mañanas mientras lee el periódico, en la cafetería de siempre. Qué silencio, qué calma, qué paz. Da gusto tomarse un descanso en el momento exacto. Lleva toda la mañana sonando su teléfono móvil que no piensa coger, a menos de que sea realmente importante. Mientras termina de leer la sección Nacional del periódico, el teléfono vuelve a vibrar, y en el recuadro azul está escrito el teléfono del centro diurno.

-¿Sí?
-Hijo, hijo- era la voz de su madre entre lágrimas. Omitiremos la gran cantidad de tacos de la conversación, ya que es debido a una enfermedad y sería morboso y de mal gusto- Hijo ¿estás bien?
-Claro mamá
-Es que está saliendo por las noticias que ha ocurrido algo donde trabajas. Un loco ha secuestrado a alguien y
-Ni idea mamá, ¿cómo estás tú?
-Bueno…
-Oye mamá, no tengo tiempo. Y tranquilízate que estoy bien
-Vale hijo… que te quiero mucho, que te cuides y que no llegues tarde que sino creo que no vienes y…
- Un beso mamá

Dejó el móvil encima de la mesa, justo alado de la escopeta de cañón recordado con la que había vaciado tres cargadores sobre 35 personas hacia solo 15 minutos. Terminó de comerse la ensaimada, justo, y como a él le gustaba, con la parte central. Observó los cadáveres inertes desperdigados por la cafetería y le parecieron especialmente bellos. Era como estar bajo una ola del mar que se desliza sobre la orilla arenosa. La policía acababa de llegar y aún tardaría unos 10 minutos en entrar por la fuerza en el local, ya que no saben si le quedan balas y disparará contra ellos, tiempo suficiente para leerse la sección de sucesos, a ver que dice hoy…

martes 20 de mayo de 2008

Erre






Para escritores Francia, piensa. Va a la cocina y trae dos cervezas para no hacer tanto viaje. Suena el teléfono pero no lo coge, cree que puede ser Sofía y la idea le resulta deliciosa. Experimenta una sensación de triunfo, el muy imbécil. Se frota los dedos.
Sufre un ataque de sinceridad, mira las litografías de Saura y le conmueven las figuras femeninas. Tras un par de segundos mirando fijamente las imágenes, admite que la necesita, el muy imbécil. Enciende el equipo de música, se siente poderoso a pesar de todo y escoge algo de música clásica potente, Goldberg o algo por el estilo que le sirva para fingir evasión. Se encomienda a Zola y a la tal Ajmatova. Como buen imbécil, fuma por costumbre, no por ganas. Comienza:

Erre se aloja en el Aletto Kreuzberg. Es asiduo a las tertulias de absolutamente todas las cafeterías del distrito, especialmente las dos o tres que custodian las entradas de la Heinrichplatz. Para los parroquianos del Würgeengel se trata de un poeta mediocre, de tercera. Por ello se cuidan muy bien de mantenerlo cerca como prueba indiscutible de su superioridad sobre algo o alguien, no importa qué.
Los fines de semana hace circular algunas plaquettes con versos sobre una mujer de ojos marrones y entre sus homólogos son acogidas con chanta, pero entre las mujeres que acuden a esas reuniones son pocas las que pueden presumir de tener los ojos de tal color, por lo que dos mujeres comienzan a atribuirse la inspiración de los versos del, por otro lado, despreciado poeta. A pesar de lo insignificante de su poesía, los caprichos de las dos jóvenes comienzan a levantar desazones entre los acólitos de las fondas, endogámicos como todos y cada uno de los círculos literarios de cualquier lugar que se precie. A pesar de lo anecdótico, vale decir que el Würgeengel recibe su nombre de la película del mismo director que a su vez da nombre al prestigioso cóctel de la casa, el ‘buñueloni’, que por cierto es el más odiado por Erre, apasionado detractor de la ginebra.


Se detiene aquí. Relee las líneas sin demasiada satisfacción. Frunce el ceño, piensa en Sofía y baraja la posibilidad de llamarla. Inmediatamente aparecen Flaubert y Géricault en el escritorio y le dirigen una mirada severa. A pesar del asco que le profiere el primero, comprende el mensaje, desecha la idea y espanta los dos fantasmas chasqueando los dedos. Revisa su guía de Berlín; no tiene las ideas claras. No sabe como continuar. Se imagina allí, es fácil. Enciende otro cigarro. Vuelve a sonar el teléfono. No se molesta en mirar quién es. Cuando el sonido cesa, vuelve a su tarea con fuerzas renovadas.

Erre asiste a unos cursos de verano sobre la influencia del pensamiento de los analíticos alemanes del siglo XIX en la pintura. Fueron los problemas conyugales de sus padres el motivo por el cual accedieron a pagar el curso, contentos de quitárselo de en medio sin preguntar demasiado.
La despedida fue extraña. Se sentó en el lado opuesto del autobús y no pudo despedirse de H mientras se alejaban de la estación. Pasó la mitad del viaje manoseando una moneda pequeña con la efigie de una mujer acompañada de la inscripción: Confederatio Helvetica, que no supo asociar a ningún país; la otra mitad osciló entre el moqueo autocompasivo –se sentía egoísta- y la lectura de las cartas de Rilke.


Otra pausa. Abre el cajón y extrae las fotocopias que hizo a escondidas de los diarios de Sofía. Empieza a leer frases en las que se hace referencia a un hombre que sabe perfectamente que no tiene nada que ver con él. Un malestar le trepa las piernas como una enredadera, se instala en el estómago, desarrolla espinas. Se levanta y abre la ventana. Cambia la música, escucha una canción que le recuerda a Eme. Es triste. Nota una mejoría, guarda las fotocopias y humedece ligeramente las yemas de sus dedos.

Dos semanas después de su llegada conoce a una camarera, A, así que casi olvida a H y comienza a acudir muy a menudo a la cafetería donde A trabaja, que está en la misma acera que su hostal. Suele aparecer por allí alrededor de media hora antes de tomar el metro en Kottbusser Tor para asistir a sus clases. Sin embargo, las clases son aburridas y no tarda demasiado en pulirse los días entre la cafetería de A y los bares de Kreuzberg.
Los domingos Erre se levanta temprano y escucha las variaciones de Goldberg a orillas del Panke. No sabe nadar y la rabia del piano hace las veces de flotador. Piensa que es un chico bastante corriente, a veces cierra los ojos y piensa en A, otras en H...

Su compañero de piso entra en la habitación y le pide que baje la música. Aprovecha la ocasión para pedirle tabaco, pero sabe de antemano la respuesta. Al salir tropieza con varias botellas de refresco de Cola, esparciéndolas por el suelo.
Él sonrie al imaginar la cara de aquel en cuanto compruebe que no queda gas. Intenta concentrarse otra vez. Su mente es invadida por la prosa torpe de los diarios de Sofía. Se retuerce en los siete metros cuadrados de la habitación.
Enciende otro cigarro, pero no lo toca. Y ahora qué, se pregunta. Baja la pantalla del ordenador portátil. Seguirá escribiendo mañana. Rebusca entre los montones de papeles de la facultad y encuentra el sobre que buscaba, escoge un folio no muy arrugado y piensa en escribir una carta amarga, que duela. Y ahora qué, vuelve a preguntarse. Se siente avergonzado y decide acostarse, pero sabe que será difícil a causa de la cafeína, entre otras cosas.

martes 5 de febrero de 2008

La Oración del Solitario

Benditas noches de desvelo. Benditos rostros iluminados por un portátil. Bendita sensación de suciedad en la cama. Bendito silencio de la 1:45 a.m. Benditos gestos agridulces. Bendita sea la programación de los martes por la noche, con sus series ya vistas, y sus programas de entrevistas de formato tan falsamente canalla y tan gastado. Bendito deseo de dormir, y bendita imposibilidad de hacerlo. Bendita sensación de frío en las puntas de los dedos de los pies. Bendita sea la soledad. Bendito vacío existencial. Dios bendiga las partidas de solitario imposibles, de madrugada, y todas y cada una de las veces en las que te das cuenta que por muchas veces que busques por la baraja, la reina necesaria para terminar la partida esta debajo de ese inamovible seis de picas.

Dios bendiga la derrota y la resignación cotidiana ante la vida con nocturnidad y alevosía. Dios lo bendiga.

Texto: Pepe Ruiz

Música: Dos versiones. O silencio absoluto y ascetico, o un tema de Jeff Buckley llamado Hallelujah

sábado 26 de enero de 2008

Historia de lo nuestro

El Maravilloso atardecer del verano de París. Mientras el sol se ponía por el trocadero, y los últimos y naranjas rayos reflejan contra las sucias aunque siempre románticas aguas del sena Frederich cruzaba le pont d'austerliz en dirección al piso de unas amigas cerca de le jardin des plants. No podía evitar quedar embobado durante algunos segundos por un contexto tan enajenante, y abstraerse de la cruda realidad del año 1842.

Suspiró profundamente. Le duelen un poco los pies. Lo cierto es que está cansado después de una innecesaria caminata bordeando Notredame y la isla de San Luis. Aunque quizás el dolor de sus pies le hizo olvidarse de sus quebraderos de cabeza. Tan lejos de casa, y sin embargo de algún modo con la omniprensete y castrante figura de su padre que le instaba a quitarse pájaros de la cabeza y a centrarse en lo que se tenía que centrar, el legado familiar, la empresa de textiles que la familia Engels que hacia tiempo que llevaba.

Lo cierto, es que siempre en los momentos de soledad y silencio sepulcral, Frederich almacenaba sensaciones contradictorias sobre el tema. Por un lado deseaba volver, ver a sus hermanos, a sus padres, y caminar de nuevo por las calles de Barmen-Elberfeld. Recuerdos maravillosos de su Alemania natal, y sobretodo la visión la nieve limpia en invierno amontonada en las aceras, y el inconfundible aroma de la chimenea, sentando en su sofá, con su inseparable pipa. Pero por otro lado, el nunca podría volver a una Alemania tan injusta, y tan autócrata, y mucho menos a una familia tan injusta y tan autócrata, donde el no era más que un subordinado de su padre (creo que nunca llegó a perdonarle por ponerle a trabajar tan pronto).

Pensando en todo aquello (en lo bueno y en lo malo, a la vez) cruzó el puente y enfiló el Boulevard de L'Hopitalt. Casualidades de la vida, traición de su subconsciente, choco de bruces con la Gare d'Auterlitz, aquella estación de tren en que recogía a los alemanes que venían del exilio, o la que se llevaba a aquellos que agachaban el sombrero, cogían la maleta y volvían a Alemania. Abrió la pitillera que le regalo su prima. Con mucha tranquilidad se colocó el cigarrillo en la boca. Sacó una caja de cerillas, y justo antes de que estas prendieran con el papel del tabaco, dos golpes dieron en su espalda.

-Oye perdona ¿tienes fuego?- una figura garrapiñante, le había pillado con las manos en la masa
- Claro- Frederich le alcanzó una cerilla encendida al sujeto, que trato de encenderse medio cigarro de liar, con pinta de podrido, sin quemar los pelos de su barba estilo afro- ¿Quieres un cigarro también?
-Muchas gracias, camarada- dijo sonriendo con un terrible acento Prusiano, en un francés medio decente.
-¿Alemán?
-Treveiresiano. En ningún momento dude que usted no era de aquí.
-¿Tengo pinta de turista?
-Pues lo cierto es que no tiene pinta de parisino
-Me alegro de escuchar eso- dijo Frederich
-Se trataba de un cumplido- el anónimo personaje de la barba blanca le guiñó el ojo

Frederich, alegre por haberse encontrado con alguien que hablase de la misma lengua siguió andando, y metiéndose la mano en la billetera antes de entrar a casa de chez fronçois, cuando el hombre del cigarro sucio le grito dirigiéndose a paso rápido hacia el:

-Espera paisano ¿tienes prisa?
-No mucha-mintió
-Mira, no llevo un buen día y... me vendría bien cenar acompañado esta noche. Conozco un buen restaurante, y no queda del todo lejos... y siempre viene bien la compañía de alguien que te entienda sin esfuerzos. Así que... - en aquel momento, Frederich le miró de arriba a abajo, y vio a un podré viajero sin comida y bastante mal vestido, que solo tenía media triste colilla, y quien sabe un sitio donde dormir.
-Si la comida es buena...- le devolvió el guiño del ojo- hace tanto que estoy fuera que me vendría bien practicar el alemán
-¡De puta madre!
-Yo soy Frederich Engels
-Me llamo Karl Marx, pero tú puedes llamarme Carlos, suena como más exótico ¿no?, Carlos, es en castellano. Frederich ¿eh? me suena tu nombre. ¿Hace mucho que estas por aquí? ¿Eres escritor? Porque creo que he publicado o leído alguna cosa tuya. ¡Oh, claro! no te lo he contado. Soy editor, de un periódico. Bueno en realidad era. Bueno en realidad soy Filósofo. Empecé derecho pero no me fue bien, me aburría mucho en las clases, y acabe dejándome, ya ves ¡cosas de la vida! ¿De que parte de Alemania me has dicho que eras?
-No te lo he dicho
-Yo soy de Treveis ¿ya te lo dije no? un lugar precioso, aunque demasiado pequeño para mi gusto, y luego claro, todo se sabe, no puedes hacer algo sin que al final se acabe enterando todo el pueblo y blablablabla. Sobretodo por que mi abuelo, era rabino, y claro, uno no puede hacer nada si es nieto de un rabino. Recuerdo que una vez aparecí en casa con una fulana, había bebido demasiado y no sabía lo que hacía, y finalmente, pensando que no estaban mis padres, entre para cepillármela en su cuarto, y les pille follando mientras aquella guarra me estaba desabrochando el cinturón. Por razones evidentes nunca dijeron nada, y tampoco creo que me guardasen rencor. Son cosas de casa, lo que nunca me perdonaron es que abandonase los estudios. ¡Ay!. Pero no hablemos más de mi. Hablemos de ti. ¡No, no digas nada! Estudias un postgrado
-No yo...
-Chsss, ¡déjame adivinarlo hombre! ingeniero
-No
-Diplomático
-No
-Espía
-Soy un empleado de una empresa alemana de textiles, llevando un negocio aquí en París
-¡Lo sabia! ¿Empresario eh? Vaya cabrones que estáis hechos. Yo soy, bueno era editor de una revista. Y digo era por que hoy nos la han cerrado. ¡Joder! Yo me vine a este País porque se presupone que hay libertad de pensamiento, porque se supone que aquí uno puede decir lo que le de la gana, porque para eso hay presupuesta libertad de prensa pero esto no es más que un sistema excluyente. El gobierno Prusiano les ha presionado y no han dado la cara por nosotros. Lo que me faltaba ya hombre, que me censurasen en el propio exilio. Luis Felipe, rey Burgués, ¡Ja! eso dice lo que son realmente los burgueses, libertad de prensa para decir lo que quieran pero luego a la que puedas decir algo en contra suya te tapan la boca. Me cago en todos ellos ¡Me cago en su puta madre!- en ese momento se empezó a cebar contra un banco de madera.

Frederich y Karl caminaron juntos hasta un caro restaurante del centro de París. La conversación, bueno, el monologo más bien fue agradable para ambos, uno se desahogaba y otro se divertía. En cualquier caso así ninguno de los dos estaba más solo de lo necesario. Después de tres platos, dos botellas del mejor vino, unos buenos postres y un puro, acabó pagando Frederich ya de Carlos descubrió que se había dejado la cartera en las oficinas de la revista, y que mañana pasaría a recogerla. Al terminar la cena Carlos, insistió en enseñarle un cabaret que conocía.

-Si esta aquí alado
-No hombre no, que mañana tengo un negocio muy importante
-No seas rata hombre, ¿no te he dicho que el dinero te lo devuelvo mañana?
-Si pero
-¡Venga kike!- dijo abriendo los brazos para un abrazo- ¡ostia kike!- Aquel carácter tan afable desarmo por completo a Frederich, que haciendo de tripas corazón y previendo una fuerte resaca, accedió.

Después de pasar por un cabaret, un par de locales de alterne, y un último bar donde pagarse "la ultima", que al final fueron un par de botellas más, y al ver que Frederich no podría soportar el pesado cuerpo etilizado de Karl, cogieron un coche de caballos hasta su casa. Todo a cuenta, por supuesto de Her Engels. Karl Cerró los ojos, cansado de la borrachera, y apoyó su baboso cuerpo sobre el distinguido porte de Frederich. Sus últimas palabras de la noche fueron "Kike, mañana te lo devuelvo, de verdad que si, de la buena". La imposibilidad de dicción de Karl provocó que, Frederich, y su portero, le subiesen a casa, y le dejaran apoyado en el sofá.

No había nieve, ni necesidad de encender la chimenea, y se había quedado sin tabaco para su pipa de buenas noches. Un prusiano al que había conocido aquel mismo día, roncaba borracho en su sofá, y estaba demasiado cansado como para repasar la reunión de esa misma mañana ya que estaba amaneciendo, pero era casi como estar en su casa. Dejó escrita una nota sobre la mesa "hay café recién hecho en la cocina, espera a que vuelva".


Relato: José Ruiz Andrés

Fotografía: Aída Quiensinó

martes 22 de enero de 2008

Onanismo Masoquista

Una esfera de música envuelve el lugar. Una esfera humenate de música y de sentimientos confusos. Somos jovenes. El ambiente casi parece que se deposita sobre el suelo y construye una estructura difusa, pero inamobible y pesada, como el polvo acumulado y fosilizado a lo largo de glaciaciones. Y nuestros tres rebeldes estan apoyado contra la pared, sobre un colchon sucio que les preserva de una infecta y peligrosa tarima de madera. En un colchon que levanta un palmo del suelo, y ellos, ademas de borrachos se sienten en la cima del mundo. Como ya he dicho, somos jovenes. Ellos se sienten diferentes, y porque no, en un foro interno e inconfesable seguramente superiores. Caminan por la calle pensado que tienen la verdad universal, o tal vez la soberania real del mundo, o tal vez una pasajera inmortalidad que parece eterna, o una particular y subjetiva forma de sentirse vivos. Sienten ser la vanguardia, o tal vez un término que esté mucho más alla. Una vanguardía con negras bufandas colgantes y cazadoras viejas, con las zapatillas gastadas, que trasnocha y que conspira. Una vanguardia a tiempo parcial.
Aquí estan de nuevo otra vez, desafiando los límites de la civilización occidental, desde un ordenador portatil, desde algún cine de reestreno, desde marginales conciertos de jazz, durmiendo en pantalones vaqueros, sobreviviendo a base de café y cerveza, colandose una vez más en el tranvía, escuchando a Bob Dylan en el Mp3 (no hay dinero para un Ipod).

Lástima que la civilización occidental, sea una realidad tan esférica, y que contemple la moralidad, la heroina, Hendel, Bad Religion, Bukowsky, Dan Bronw y Volldam, y que realmente, ellos, y todas las demas celulas operativas, constituyan el virus debilitado de la vacuna generacional del mercado mundial. Con lo bien que lo estamos pasando.

viernes 11 de enero de 2008

La Vida Inadvertida

La mano se introduce en un colosal bol de palomitas. El recipiente es tan grande que si nos cayéramos dentro, los servicios de rescate encontrarían nuestros cuerpos sin vida, desecados por la alta concentración de sal. Menos mal que no estamos ahí.

La mano en si pertenece a un sujeto, del cual no diremos su verdadero nombre, aunque para entendernos, le llamaremos Francisco Fernández. Su nombre real es de origen polaco, (impronunciable para nosotros), aunque él sea natural de Almussafes. Sus padres tampoco son polacos, ni sus abuelos. De hecho su relación con Polonia se limita a su nombre. Los motivos de su exótico nombre son simplemente haber nacido en la década de los ochenta, años en los que además de esta se tomaron otras muchas decisiones estrafalarias.

Dejando a parte el tema de su extraño nombre, Francisco Fernández llevaba una existencia monótona y previsible. Después de estar 5 minutos con él puedes conocer perfectamente todas las acciones que realizará hasta que a los 76 años muera de viejo, en la habitación 512 del Hospital General Provincial. Se trata de la clase de persona que no estorba, pero que tampoco destaca, una presencia no desagradable pero si aburrida. Se trata de simplemente alguien más.

Nació en el año 1983, en una cama de la planta de maternidad del Hospital de la Fe, en Valencia. El parto fue breve, y el niño nació sin ninguna complicación. Creció sano, sin contar con los episodios de gripe anuales en invierno, y aquella semana que paso con el brazo escayolado al resbalar con una capa de grava que había sobre el campo de fútbol del patio de su colegio. Su primer recuerdo se remonta a los 3 años. Se trata de un breve instante en su memoria con la imagen de una rodaja de mortadela contra una pared blanca. Nunca fue un estudiante brillante, ni un atleta, pero nunca se metió en ningún lío. Le gustaba mucho ver la televisión, aunque siendo el menor de tres hermanos, nunca dispuso del control del mando a distancia, hasta que estos dejaron de interesarse por el aparato. Un par de año más tarde el también lo hizo. En cuanto la adolescencia, un episodio de acné que duró un año, algún ocasional suspenso, algún desengaño amoroso, y un muy sudado carné de conducir ante la crueldad de los examinadores.

Sexo casual, salidas regulares con su círculo de amigos, conversaciones intrascendentes, posicionamiento parcial con el equipo de fútbol de su ciudad, amante de la comida a domicilio, las películas de acción y los domingos caseros como este. Otra forma de felicidad.

Rebaña el bool de palomitas, aunque aún le quedan muchas para llegar al fondo. Sus padres se han ido de fin de semana, y sus hermanos ya han conseguido una seudo- independencia. En la apacigüe soledad de su salón, en un momento de dialogo en pantalla y mientras traga, cae en la cuenta de que millones de idénticas gotas impactan contra el cristal. Se sorprendió de no haber oído la lluvia hasta ese momento. “Llueve”, pensó. Y mientras todas las clónicas gotas se estrellaban contra el cristal, el arroyaba con su mano el mayor número de palomitas posibles, de insignificantes y aparentemente homogéneas palomitas del universal cuenco. Una de esas millones de palomitas que son deglutidas por tantas y tantas personas anónimas en sus casas, los domingos por la tarde.

Después de aquella tarde, Francisco Fernández, continúo con su existencia. Se graduó en económicas y acabó trabajando de contable, primero para una empresa de construcción, que quebró a principios de la primera década del 2000, y posteriormente, tras un largo año de paro, para un taller mecánico, donde le pagaban menos, pero que le pillaba más cerca de casa, le daban más horas de descanso y eran mucho más flexibles con el horario. Un año antes de terminar la carrera, conoció a la amiga de un amigo en una cena en casa de este, y tras 5 años de largo noviazgo, decidieron casarse por la iglesia, pese al mal trago de oír su extraño nombre pronunciado en las barrocas paredes de la Iglesia de su pueblo. Tuvo dos hijos, chico y chica, dos niños normales que nunca le dieron problemas, salvo los recitales de piano de la hija, que en su foro interno constituían una de las experiencias más aburridas que el jamás había pasado, pero de las cuales nunca se escaqueó.

Con los años, Francisco Fernández se fue desinteresando cada vez más de las noticias, el fútbol, los amigos y el sexo, envejeciendo de manera evidente, y recuperando su pasión por el televisor, mientras sus hijos se independizaban y su mujer se dormía en el sillón de al lado. Tras un empeoramiento de salud repentino, murió a la semana de estar en el hospital. Un caso médicamente previsible.

En su entierro, bajo su lápida, una corona de flores llevaba una banda que decía “jamás te olvidaremos”.

Texto: José Ruiz Andrés
Música: No surprises (Radiohead)


miércoles 19 de diciembre de 2007

caminito del olvido

Te suplico que no pienses más en eso, le repetía una y otra vez aquel hombre de la cara totalmente roja, no obstante enjuto y de cabeza severamente despoblada. Por favor.
No parecía tener autoridad ninguna, ni experiencia que transmitir, pero en su desesperación parecía desear realmente que aquel hombre se calmase. Era, en cierto modo, bastante patético. Su compañero volvía a la carga con las lamentaciones. No, no puedo, he de volver, mi hijo…
El hombre delgado, cada vez más sudoroso, negaba con la cabeza.
Tu hijo no tiene nada que ver en esto, tienes que dejarle hacer su vida, escúchame, tienes que dejarle en paz, le gritaba susurros roncos al hombre de pelo canoso que miraba a todos lados y se apretaba la cabeza, dejando entrever al menos 15 años de fumador.
El hombre del pelo canoso tenía la cara picada y por su cuello trepaba un tatuaje azulado, prácticamente oculto por su jersey de algodón exageradamente grueso.
Se rascaba la cabeza como si tuviese un gremlin arrancándole los pelos, muy agitado:
Pero es que tú no lo entiendes, no tienes ni idea, ¡Joder!
Sus dos figuras se agitaban violentamente en los asientos de plástico, mientras el vehículo crujía en cada curva.

Mi parada llegó cuando el hombre más pequeño, el calvo rojizo, se echó a llorar.

cucaracha homicida (tiempo y verguenza en su justa medida)

jueves 13 de diciembre de 2007

pero sigo vivo gracias a la vitamina C

“El día que quiten lo de los pollos no sabré llegar a tu casa”

finjamos entonces, que no olemos
el cadáver en el asiento de atrás,
esquivando metal a 150 km/h para que parezca
que no va con nosotros
el vaivén de la agonía,

hagamos los recados como buenos hijos
desde lo alto señalando con el dedo a los disidentes
volviendo a casa por Navidad
al encontrar las calles atrancadas con silicona en la cerradura
siempre que no es viernes

aplaudamos al resto con esa tristeza presente
que va hundiéndose en nuestro pecho
sin darnos cuenta
viendo toda esa gente que va a los cines a llorar
y se secan los ojos,
al salir,
con la sal de su comida
a falta de algo
mejor

ya sabes,
asomarse a la ventana y no ver al pueblo adorador
ni siquiera una sonrisa en tu espejo
que nos ahorre la duda,
y llegar a ver tus ojos a fin de mes
aplaudiendo con las pestañas; apartando
el aire
frío
que se ensarta en los dedos
y te hace dudar de nuevo acerca de
si escribirás alguna vez algo
lo suficientemente bueno

mientras yo, más clásico,
me inclino por preguntarme
por qué somos éxodo
en los lugares cerrados
ajenos al tiempo que,
quizá
espera preguntas
más simples.

lunes 26 de noviembre de 2007

Escrito Tipiquísta nº1

Secuandando la inciciativa de Madmoiselle Quiensinó, y considerando el tipiquismo como un mundo a explorar, ahí va un escrito que yo considero tipiquista. La definición del termino, la podreís encontrar en su blog, aunque de hecho aún se sigue definiendo. Esto es mi visión personal de lo que puede ser el tipiquísmo. Seguro que hay diferencias, ya sabeis, no es lo mismo el impresionismo de Monet que el de Renoir (mujajajaja, mascad mi pedantería). Por último, antes de empezar, recordad que esto es un comienzo, y que los comienzos son dificiles, mejorables, y generalmente no se entienden. Ahí va una obra para la causa.

Charlie Parker, Investigador

La tarde 25 de noviembre, Charlie Paker, investigador privado, descendía las escaleras que conducían al “O’ Malley’s”, uno de los pocos antros de Queens donde se podía estar a salvo del mundo los domingos por la tarde hasta que cerrasen.El hecho de que al volver arrastrándose a casa, después de un considerable número de vasos, no le esperaría nadie, no era ni mucho menos un motivo de tristeza.


Es más, había un cimiento importante para su personalidad y su autoestima en el saber que él no era la clase de persona que se casaría con una preciosa y tonta mujer, que envejecería con él, criando hijos en un adosado de Nueva Jersey. No, el no soportaría criar a un Timmy, una Maggie y un Charlie Jr, mientras su mujer, preñada de nuevo, se levantaría a las 6 de la mañana para preparar el desayuno dejando la cama fría una hora antes de que el se levantara. Cortar el césped, barbacoa los domingos, y sexo políticamente correcto los sábados pares de cada mes. Antes que todo eso prefería la cómoda soledad y pagarse putas toda la vida.


-Hola Brian, lo de siempre
-¡C!, cuanto tiempo sin verte por aquí ¿Qué hay? ¿Qué dices?
-Digo que me pongas lo de siempre- Charlie no aguantaba la jerga juvenil, que Brian O’Malley, último sucesor de la dinastía O’Malley, empleaba con él, pero sobretodo no soportaba su innecesaria conversación, el solo estaba allí para tomarse una copa y esperar a alguien.
-Con tanto tiempo sin venir creí que te habrías casado- después de dos segundos de pronunciar la última letra de la frase, hasta el se dio cuenta de que no había tenido gracia.- Dry Martini, aquí tienes Charlie.


“Este puto crío no comprende la diferencia entre mezclar y agitar” Lo cierto, es que el Dry Martín es la clase de combinados en los que una mala mezcla puede resultar bastante desagradable. Aún así, se lo bebió de un trago y sin pestañear, quería evitar cualquier conversación con Brian.

-Casi se me olvida, C, un chofer ha pasado por aquí y ha dejado una nota para ti- Charlie puso un extraño gesto al leer la nota, una sonrisa torcida, la clase de expresión que pone una persona que no le gusta la lluvia y comprueba en sus propias carnes que sabía que iba a llover. En la nota, escrito con una caligrafía de la alta sociedad, ponía “ lo siento, pero hoy no podrá ser”

Arrugó la nota en su bolsillo, pidió esta vez un Manhattan, y se encendió un cigarrillo. El bar estaba casi desierto, el humo flotaba por toda la instancia mientras poco a poco desaparecía y se alejaba. Charlie no había mudado aún su gesto y recordaba a su cliente de esta mañana, que acababa de darle plantón.

7 horas antes, Charlie Parker, investigador privado, llegaba a su oficina con barba de un par de días y la corbata mal abrochada. La noche anterior no había bebido tanto, pero un hombre a veces se merece un respiro, sobretodo si es su propio jefe. Sin demasiada risa pero sin entretenerse, subió las tres plantas que había hasta su despacho, y se encontró alguien esperando en el banco de madera que había junto a la puerta.

Lo cierto es que no se puede decir que Charlie fuese un hombre disimulado, y dedico un par de segundos a mirarle las piernas, pero ni siquiera a ella le dedicaría un gesto de aprobación, simplemente observó como se observa un periódico sobre la mesa del desayuno. Sacó un paquete de cigarrillos y se encendió uno, mientras seguía de pié, aunque esta vez esperando a que ella se dignase a mirarle. Pero su educación victoriana seguramente le impediría comenzar una conversación con alguien que no era de su mismo sexo, ni de su misma clase social.

- ¿Es usted Charlie Parker, el sabueso?- aquello le sorprendió a Charlie, no solía equivocarse
- Nosotros, o por lo menos yo, preferimos llamarnos investigadores privados
- Como sea
- En cualquier caso ¿Quién lo busca?
- Mi nombre es Natalie Le Gardon, y en el caso de que usted fuera quien yo busco, quisiera contratar sus servicios.
- A, es usted una cliente- el hecho de tener un cliente en tanto tiempo casi fue algo sorprendente- pase.

Al abrirle la puerta y dejarle pasar primero, se descubrió volviéndole a mirar las piernas, unas delicadas piernas en una discreta moral y decorosa falda, que combinada con su mirada entre el desprecio, el recelo, y la lascivia, resultaba de lo más erótica. Su despacho no era el lugar más idóneo donde iniciar un contacto sexual, resultaba sucio, y desastrado. Papeles, ventiladores, un ventanal estropeado, y un ventilador para menguar el sofocante verano de Queens, ahora ya tan lejano. Pese al brillo insinuante de sus ojos, y el rítmico movimiento de sus pasos, sus gestos al moverse por el despacho reflejaban ante todo asco, pero bueno, él no podía pagarse sirvientes.

-Usted dirá
-Mi padre, Sr. Parker, es un hombre ya mayor, y por lo tanto fácilmente impresionable. No debe de quedarle ya mucho tiempo, 6 meses o quizás un año, y ha empezado a frecuentar la compañía de un hombre. Su nombre es Gustav Grindderman. Es uno de los principales subalternos de la empresa de mi padre, Spanish Oil Co., se dedica a la exportación de aceite de oliva. Pues bien, no me fío de ese hombre, y creo que su intención es hacerse el hijo para figurar en su testamento. Como comprenderá, como principal heredera no me resulta un hecho agradable. Me gustaría que averiguase quien es ese hombre y que pretende - Charlie tomaba notas todo lo deprisa que podía.
-Más despacio señorita Le Gardon.
-No puedo ir más despacio, llevo mucho tiempo esperando ahí fuera y tengo otras reuniones hoy. ¿acepta el trabajo?

Además de no resultarle un asunto limpio, era obvio que la chica mentía y que seguramente fuera una hija interesada que busca quitarse de en medio a la competencia. Por el contrario, hacia semanas que no le salía un caso, y el último tipo decidió no pagarle. No sabía cuanto tiempo más podría esquivar a sus acreedores. Al ver que el tiempo transcurría y que Charlie no decía nada, ella le dio una tarjeta con su dirección y su número de teléfono, y le dijo que considerase la oferta. Un segundo antes de que cruzase la puerta ella se dio la vuelta y le preguntó:

-¿Le gusta el Jazz, Señor Parker?
-Lo detesto
-Que lástima- Puso un gesto extraño y desapareció por la puerta.

No tardó ni seis horas, en llamarle, ya que dio un rápido vistazo a su balanza de pagos. Para obtener un poco más de información, el pensó en el “O’Malley’s”, jugando en casa uno no se espera sorpresas. Pero aquel plantón cambiaba definitivamente las tornas. Había caído en su red, y sabía que había demasiados detectives privados en Nueva York y muy pocos clientes, y que tendría que hacer lo que ella dijese cuando dijese, porque no dejaba de ser un trabajador que necesitaba su salario. Verse atrapado por ella le producía sensaciones complejas. Por un lado la odiaba, y por otro le atraía. Detestaba su dinero porque aquello le convertía en su subordinado y a la vez lo necesitaba.

Subió de nuevo las escaleras que le llevaba a Nueva York, de noche ahora, y se puso al trabajo.

lunes 12 de noviembre de 2007

Poesía de bolsillo

Poetas que se masturban
en islas desiertas.
Cruces gamadas impresas
en las almohadas.
Gente que transita
sin prisa ni remedio.
Calles que son llevadas
a los lugares indicados.
Mi vida al revés,
con los pies colgando.

domingo 11 de noviembre de 2007

El frío en septiembre

( 1º Parte, a modo de edición de prueba de los seriales de televisión)

Mi tren salía a las 10:36, en dirección al centro de la ciudad. Mis dedos recorrían el metal frío del pasamanos al pasar por escaleras de la estación que lleva a los pasajeros hasta el andén número 2. La estación tomaba aspecto de edificio en obras por la mañana. Las tonalidades grises se fundían con el cielo y viceversa, una isla entre el mar de césped de un verde totalitario. En mi cabeza los abusos de la cebada negra aplicaban métodos de tortura china a mis neuronas, lo que viene a ser llamado una señora resaca. Mientras esperaba, recordé las fotografías de la noche anterior, la despedida de Amaia y el grupo de estudiantes coreanos, mi intento en vano de escribir algo coherente al llegar a casa y la frustración de no haberme atrevido a besar a Gaëlle. El tren me sacó de mis pensamientos y abordé el vagón junto a una marabunta de niñas enfundadas en ropa deportiva rosa que despertaron mi rechazo enfermizo por tal color.
La línea del tranvía que enlazaría con el aeropuerto no estaría preparada hasta dentro de dos años, así que debería cruzar buena parte del casco antiguo hasta tomar uno de esos citylink en los que se hacinan jóvenes, turistas de clase media y algún que otro policía de incógnito. Lo último que me apetecía era coger uno de esos taxis, así que no había otra alternativa.
El recorrido desde Howth hasta la estación central de la ciudad duraba por lo menos 40 minutos. Mientras sacaba toda la parafernalia necesaria para escuchar música en el tren, miraba de soslayo el cristal; a través del cual proyectaban una película de vegetación interminable, de un verde esmeralda apagado, como el contenido de una cazuela de acelgas humeante. Sería inútil intentar convencerme de que todo aquello carecía de dimensión dramática para mí. Lo cierto es que cada metro de vegetación que dejábamos atrás se cargaba en mi espalda como un saco de arena, uno tras otro. Apoyé los pies en el asiento de enfrente, que ya tenía el tapizado, también verde, muy ennegrecido –supuse que el mío estaría igual- y encendí el reproductor. Gaëlle me había entregado un cd virgen, sin marcas de rotulador ni nada parecido que diese pista alguna acerca del contenido, pero yo sabía que contenía algunas canciones suyas, como regalo de despedida. Al dármelo incluyó en el lote una sonrisa que no me atreví a recoger.
Meses después me enteraría que estudió en el conservatorio de Marsella desde los 5 años, que había girado por toda Francia, incluso Canadá, ganando certámenes y participando en todo tipo de actos con la guitarra española.
-Algún día iré a Madrid de gira y te mandaré entradas para que vengas a verme- dijo la noche de antes, consciente o no de lo que aquello significaba para mí. Le imaginé en el quirófano, vestida para operar, sacándose veneno de sus ojos verdes para inyectármelo directamente en el pecho mientras un yo ajeno a la función, anestesiado y tumbado en la mesa metálica de su laboratorio maligno, iba bombeando el líquido hacia cada extremo del cuerpo.
Sabía que en la oficina me preguntarían si habría echado algún polvo con alguna de las compañeras de congreso, con alguna extranjera compañera del congreso. Javier, el jefe de recursos humanos, era la clase de gilipollas al que había que conquistar con fanfarronadas, y no hubiese admitido un "nada de nada" por respuesta después de casi 5 semanas pagadas por la empresa, si no que exigiría al menos una historia bien cargada de detalles. Podría decir que me enamoré de una niña de 17 años, pero decir la verdad no era una opción.
Al contrario, inventé una historia acerca de alguna de las cenas extra-oficiales con mucho whiskey y alguna congresista alemana con el tacón roto que necesitaba que le llevase hasta el hotel. Pura mierda, sí, pero perfectamente creíble: pan et circus.
La empresa estaba interesada en cubrir a las tantas compañías asentadas en el Holyrood Park, una especie de mega-recinto financiero que albergaba a las sucursales de las empresas del sector de las nuevas tecnologías. El Irish Tiger, organizaba en septiembre un congreso sobre recursos legales en el marco del mercado tecnológico al que fui en calidad de representante de la asesoría. Aprovechaba el viaje para hacer un curso de idiomas, inglés aplicado a las relaciones empresariales en el Trinity College, con todos los gastos pagados por la empresa. Aparte de los 4 meses en los que estuve haciendo el máster en Frankfurt, jamás había salido de Madrid.
Jamás intenté explicar a Pau, mi mejor amigo, ni si quiera a mi hermana el motivo por el cual perseguí a Gaëlle cada noche. Acepté el curso de los acontecimientos siguiendo la idea de Schopenhauer: toda negligencia es deliberada, todo encuentro casual una cita, todo está predispuesto por el hombre en un estado anterior, dando por imposible cualquier razonamiento crítico.

Cucaracha Homicida (tiemble señor Marías)

jueves 8 de noviembre de 2007

Casablanca

Mientras nuestras manos se entrecruzaban despacio, el automóvil se dirigía vertiginosamente hacia las afueras de la ciudad. Avanzaba como un león hambriento, feroz e inevitablemente hacia la presa. Tan feroz e inevitable como el tiempo.

Porque de hecho, el tiempo transcurría, ahora que el final estaba tan cerca, demasiado rápido, y tan lapidariamente como los nazis sobre Francia. En el voraz transcurso de los segundos y los metros sobre carreteras secundarias, nuestras manos se entrecruzaban despacio, volviendo a reconocerse. Prometo que fue el segundo más lento de mi vida. Un segundo intenso, a cámara lenta, mientras la realidad no dejaba de acelerar. ¿Demuestra esto la relatividad del tiempo de la que hablaba Albert? ¿Tiene que ver con aquello de que si una persona, en un viaje sideral, si supera la velocidad de la luz, envejece mas lento que una persona que se queda en la tierra, y al volver, envejece el doble de rápido?

Sentada en el asiento de al lado, mirando por la ventana, de manera nerviosa, tú temías por tu suerte y deseabas llegar a tiempo. Observabas como el tiempo no pasaba todo lo deprisa que debía pasar, acariciando mis huellas dactilares, inconscientemente, aliviando, solo por un segundo, el inevitable hecho de tu marcha, mientras nublabas cualquier perspectiva de futuro, congelándome justo en aquella sensación, relativizando el tiempo.

Resulta curioso, como el tiempo describe sensaciones tan aleatorias en el mismo momento, en relación con las distintas personas que lo experimentan. Para ti, todo transcurría demasiado despacio, y para mi demasiado deprisa. Los significados de las palabras deprisa y despacio variaban por completo según quien de los dos las estuviera escuchando.

Los hechos que ocurrieron después de que bajásemos del coche, sucedieron tan rápido como había previsto. El avión esperaba, había tiempo de sobra para facturar, embarcar, ir al baño y despedirse. Ahora te recuerdo recorriendo con una sonrisa en el pasillo de los baños de la Terminal 2 del aeropuerto, mientras te observaba inmóvil, como apunto de ser embestido por un trailer de varios ejes. Sin decir nada nos abrazamos, y nos besamos, y el tiempo transcurrió a dos velocidades al mismo tiempo, como antes, tan deprisa, y a la vez tan despacio.

En el filo de los momentos, la gente demuestra ser lo que realmente es. Entre lágrimas, te pedí que te quedases, aún sabiendo que era imposible. Me besaste por última vez, y prometiste volver a verme. Y agachando el ala del sombrero, di medía vuelta, y me dejé arrastrar por la cinta transportadora hasta el aparcamiento.

No soy Rick. He demostrado no serlo. Supongo que por protegerme, creo que nadie es Rick. Ni siquiera él, él era Bogart, y quiero creer que Bogart y Rick habrían actuado de manera distinta. Quiero creer que Rick no existe.

Tu avión se aleja contigo dentro. Yo estoy en el supermercado cerca del apartamento, y compro una botella de Smirnoff y unas galletas mantecosas, evitando el planteamiento de las preguntas, sensaciones y lamentos que siempre surgen en estas ocasiones. En mi cuarto vaso consecutivo, imagino un extra de la película de Casablanca, en la que Bogart, tras despedirse del policía francés hasta el día siguiente, abre un paquete de galletas.




Texto: Pepe Ruiz Andrés
Fotografía:
Blanca Ruiz Andrés
Montaje fotográfico: Aída Prados Cano

Marco- Escenico:
París (Francia)
Inspiración: Aída Prados Cano


viernes 19 de octubre de 2007

El "yo" estatico

"Bendita individualidad. Parece que la historia a querido traernos justo hasta aquí, muy adentro del bosque, para que nisiquiera todo el pan del mundo pueda hacer un rastro de migas que nos pueda hacer volver a casa, o por lo menos ayudarnos a salir. Aunque últimanente empiezo a pensar que la humanidad representa todos los papeles en esta comedía infantil. La humanidad es el npadre que abandona a sus hijos, el hijo que se pierde en el bosque, y la bruja de la casita de chocolate, habirenta y esperando..."
-"Giorgio Strehler"-

Hace días que no salgo del tercer piso de la biblioteca. Bueno, eso es mentira a efectos puramente fisicos, pero hace muchos días que me refugio en el tercer piso de la biblioteca para protegerme. Dejo el tiempo transcurrir durante horas, sobre una silla incomoda, sobre una mesa icomoda, siempre con el mismo chico que esta al otro lado de la mesa. Visito con regularidad la pagina de http://www.ajedrezonline.com/. Suelo perder. De hecho, en mis últimas diez partidas, solo he ganado una, y solo en 4 fui un digno adversario y no me retiré al cuarto movimiento. Nunca fuí muy bueno al ajedrez. Recuerdo las largas partidas contra mi padre y lo frustrante que resultaba perder siempre. Me pregunto si cuando sea padre me dejaré ganar por mi hijo. Me pregunto si seré padre. Me pregunto si saldre de aqui. Me pregunto si quiero.

Lo importante no es ganar al ajedrez. No sabría decirte que es importante, pero en esto te puedo asegurar que no es ganar. Se trata más bien de jugar, de matar el tiempo de un modo que no duela, de realizar una actividad completamente anodina, intrascendente. Es lo bueno del ajedrez. Cuanod ya has jugado muchas partidas te das cuneta de que realmente es un proceso mecanico, y que debe de haber una manera de calcular todas las variables de una partida (los ordenadores lo hacen). Al convertirse en un proceso tan mecanico, resulta un metodo perfecto para taparse los ojos mientras el tiempo pasa.

Todo se vuelve absolutamente mecanico: Jugar al ajedrez contra adversarios que desconozco, leer novelas y ensayos, en el piso más alto donde no hay nadie, o donde la gente está de paso. Me resulta una sensación agradable ver entrar y salir a la gente y observar que yo sigo aquí, tranquilo y seguro en mi existencia mecanica y rutinaria.

Y cada vez que vuelvo al tercer piso de la biblioteca es como si una gran parte de mi se hubiese quedado aquí y no quisiera salir y no pudiese convencerla. Y al sentarme en el mismo sitio de siempre noto una ligera sensación de recogimiento, la misma sensación que estar despierto bajo las sabanas en un día triste y hacerse el dormido. La misma sensación reconfortante que resulta pegar una figura de porcelana baratada de un todo a 100 con un poxipol. Un trabajo bien hecho.

Texto: Pepe Ruiz
Música: 15 steps (Radiohead)

lunes 8 de octubre de 2007

Arte en las calles

Nació como una iniciativa poética pero pasó de boca en boca convirtiéndose en una ACCIÓN ARTÍSTICA.
¿El objetivo? Demostrar que EL ARTE VIVE, en todas partes, a todas horas, con apoyos económicos y sin ellos, que en este siglo LA SENSIBILIDAD TIENE VOZ y pretende ser también ARMA.
Desde hace un tiempo internet está moviendo a grandes poetas, fotógrafos, músicos y demás, muchos de ellos reconocidos y premiados, muchos otros anónimos.
El Arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es lo que hace que el humano sea Humano.Se ha establecido que el día 30 de Noviembre vamos a concentrarnos en distintas ciudades de España, para poner al alcance de todo el mundo, de una manera gratuita el arte canónico y periférico.
Cada ciudad establecerá el lugar y la hora exacta a través de los comentarios que iréis dejando en www.arteenlascalles.blogspot.com y cuando esté todo claro lo difundiremos de una manera oficial a través de radio, tv y periódicos.
Pero hay algo muy importante:
ESTO NO PUEDE FUNCIONAR SIN TU AYUDA.
Como artista, o como público, tienes que manifestar tu apoyo, mover tu ficha.
Por favor, entra, y comenta: www.arteenlascalles.blogspot.com

domingo 7 de octubre de 2007

Octubre es esto: escritura automática.

Esta música acabará conmigo. Cada tecla de ese piano es una niña perdida, un parpadeo en la dirección equivocada, en esta dirección. Podemos hablar de las apuestas inútiles, de por qué sigo bebiendo si ya no puedo pensar con claridad o de quien no merece a quién. Pero tengo la mente en otro lado mientras una mujer canta algo en portugués sobre el mar y yo no puedo más que enmudecer. Justo después Ben Western habla acerca del cielo y a mí se me antoja inútil todo ese optimismo. No me apetece mover ficha. Inconscientemente le pego una patada a la escalera y ahora ya no puedo bajar de aquí. Las voces se apresuran en acudir al asedio, descalzas y a un ritmo de días nublados. Esta vez son bienvenidas y me invitan a un cigarro, que casi me apetece. En cierto modo tengo mejores excusas para beber que tú, pienso, pero enseguida me doy cuenta que no es cierto. La voz habla de Londres ¿Una vez estuviste allí, verdad? Creo que te enamoraste allí. Qué más da, hace mucho tiempo de aquello. Todos miramos al suelo en los aeropuertos. Aún no me he ido. Ya sabes, todo eso. Echo mucho de menos Dublín. Quisiera saber quien es el cabrón que está tocando el contrabajo en este momento y al imaginar que igual se trata de un hombre infeliz alivio mi envidia. El cabrón soy yo, desde luego. Seguidamente suena un saxofonista que murió a los 26 años y en mi cabeza aparece una lista de jóvenes suicidas que admiro. Recuerdo bromear sobre el seconal, fue hace poco tiempo y seguro que ella también lo recuerda, aunque no le haga ni puta gracia. Me abrazaba fuerte cuando se lo comentaba, enfadada y asustada al mismo tiempo. No te hagas el duro, me chilla Miles, con él no se discute. Me pregunto cuántas veces despegó los labios malgastados de la trompeta para emborracharse en uno de esos clubs europeos pensando en Juliette Gréco. Qué miserable te sentirías cada noche que tocabas en la sala Pleyel de Paris, donde os presentaron, al ver que ella ya no acudía a verte tocar. Así que no me toques los huevos, querido. Pero volvamos a esta habitación. Te hablaba antes, por cierto, de apuestas inútiles en clave de metáfora. Ya sabes: poesía. Pero pretendo ahora hacer acopio de sinceridad, sinceridad que achaco al Jack Daniel’s que me guardé en casa y que no me sabe a nada. Animarte a buscar otros objetivos a sabiendas del naufragio y todas esas cosas que una vez escuché en una canción de Silvio. Dijiste que te gustaban sus canciones. Quizá fue otra persona, qué importa. Está entrando frío por la ventana y tengo frío, tanto que se me antoja una despedida con abrazos pero no tengo ni siquiera una camisa limpia a mano para cubrirme. Todo este desorden. Sería útil algo similar a una prueba de embarazo, un cacharro que con solo enseñar tu foto pueda decirme si es que estoy perdiendo el tiempo o hay algo más. Ahora que lo pienso, no tengo ninguna y me parece ver un gato morado como el de Alicia sonriendo con ironía, pero esto no es el país de las maravillas. Si tan solo. Pero no me hace falta. Vuelven a la carga las teclas frías de un piano. No voy a poder dormir y el reloj del ordenador marca casi las tres de la mañana mientras un músico con una vida de fracasado me habla de la medianoche. No trato de ser irónico. Tampoco quiero que salga el sol, ni me apetece nada levantarme para ver a Luís. Vino a Valencia hace poco, tal y como yo le recomendé, pero sin avisar. Su presencia aquí ahora se me hace egoístamente incómoda, pero en el teléfono sonaba suplicante y triste -como siempre- así que me hizo sentir culpable. El muy capullo. Es un tango andante, este tipo. Tengo un hambre atroz y en la nevera hay poco aparte de un poco de arroz así que vuelvo sigiloso al pequeño cuarto con un pepino y un poco de sal. Si supieras lo terriblemente ridículo que me siento ahora mismo, dando mordiscos al pepino, pensando en qué piensas tú, tiritando de frío con la ventana abierta, borracho y escuchando una emisora de música que me deprime. El locutor confiesa que no le gusta la canción de Chiara Civello que acaba de poner, pero a mi me pone la piel de gallina. Al parecer no sé de jazz y me emociono con tonterías. Como tú.

Cucaracha totalmente homicida (nohagaisestoencasa,chicos)

miércoles 3 de octubre de 2007

Circulos Concentricos

Los malditos editores no paraban de agobiarle, ellos, y el miedo, (o tal vez una curiosidad morbosa, de saber si finalmente la inspiración se había evaporado para siempre), le empujaron a querer escribir.

Debían de ser alrededor de las 11:42 a.m., de octubre. Un cielo gris, como un ojo acusador, se instalaba al otro lado de la ventana. Él se escondía, de las nubes culpabilizadotas, del agresivo mundo que aguardaba fuera, sitiando su tranquila y pacífica soledad. Se escondía de las llamadas agresivas de teléfono, los pagos atrasados, y de todos los deberes que no era capaz de satisfacer. Deberes que reflejaba el horario que él mismo había confeccionado pocos días antes.

Por un momento tuvo de nuevo esa reacción natural en él. Deseaba huir. Pero sabía que por mucho que viajase sus problemas no iban a abandonarle jamás, que él era una de esas personas con problemas, que daba igual cuantas veces fuera a empezar de nuevo porque siempre , siempre, iban a reaparecer, en cualquier parte del globo.

Con cierto resentimiento miro alrededor de su estudio, una habitación de menos de 20 metros cuadrados, desordenada aunque no desastrada. Buscaba un objeto inspirador, una realidad que fuera capaz de desencadenar la palabra mágica que provoca una caída incesante de frases, como una larga fila de fichas de dominó.

Reclinó la cabeza hacia atrás. Hizo crujir su espalda. Recordó lo que el médico le dijo hace un par de días, acerca de su peligrosamente prematura escoliosis. Recordó los ejercicios abdominales, la prohibición de fumar, recordó que no recordaba su último cigarro. Quizás mejor así. En su caza de la palabra oculta, no encontraba más que referencias a la luz gris del exterior. Si encontraba dinero, recordaba que tenía que pagar. Si miraba sus libretas recordaba a los editores, si miraba la toalla de baño goteando recordaba la natación, y si miraba el teléfono recordaba que no sonaba, y peor, caía en la cuenta de que estaba deseando que sonase.

Dejó su cuerpo muerto encima de su mesa, durante un brevísimo espacio de tiempo, no más de 6 segundos, y entonces se puso a teclear: “Los malditos editores no paraban de agobiarle. Ellos, y el miedo, (o tal vez una curiosidad morbosa, de saber si finalmente la inspiración se había evaporado para siempre), le empujaron a querer escribir.

Debían de ser alrededor de las 11:42 a.m., de octubre. Un cielo gris, como un ojo acusador se instalaba al otro lado de la ventana. Él se escondía, de las nubes culpabilizadotas, del agresivo mundo que aguardaba fuera, sitiando su tranquila y pacífica soledad, de las llamadas agresivas de teléfono, los pagos atrasados, y de todos los deberes que no era capaz de satisfacer al horario que el mismo había confeccionado pocos días antes.

Por un momento tuvo de nuevo esa reacción natural en él. Deseaba huir. Así que antes de escribir ni una frase, hizo las maletas y huyó. Ese fue el principio de todo”



Texto: Pepe Ruiz Andrés (el Aviador)

Fotografía: Aída Quiensinó

Música: Radiohead (Paranoid Android)

martes 25 de septiembre de 2007

El Idolo

La muchedumbre se agolpa en las calles, colapsando el tráfico, de manera y con modos irracionales, en dirección a casa del ídolo. Gritan su nombre, se dejan llevar por la histeria colectiva. Los hombres beben y llevan grandes antorchas. Las mujeres, emperifolladas, agarran fuerte a sus hijos de la mano. Todos gritan. La turba esta descontrolada. Van a matarle.

El en cierta manera lo presupone, y bebe la última copa de su última cena. Sin entender el sentido de todo ello acepta su destino, porque sabe que él no es nadie sin su público.

Texto: Pepe Ruiz Andrés
Fotografía: Aída Quiensinó



lunes 10 de septiembre de 2007

One minute to midnight


Es siempre el mismo sueño. La repetitiva, recurrente y asfixiante pesadilla que me asalta siempre que no me lo espero, acechándome en noches tan tranquilas como esta, en las que aparece sin ningún sentido para despertarme mientras grito en mitad de la noche. Es siempre tan real.... pero esta vez me mantendré en mi sitio y esperare a despertarme, disfrutando del espectáculo de mi inconsciente.

Lo bueno de soñar lo mismo tantas noches es que sabes lo que va a suceder inmediatamente. En primer lugar me encuentro en mi cama, desvelado en mitad de la noche, contemplando, como de costumbre, como entra la luz amarilla de las farolas por el tragaluz inferior de la ventana; admirando el juego de luces y sombras. Es algo que suelo hacer durante algunas crisis insomnes para quedarme dormido, mi particular forma de contar ovejas. Y hasta aquí todo marcha bien.

Pero de repente, soy incapaz de moverme, no puedo realizar ninguna clase de movimiento, es como una parálisis repentina. Primero intento mover los dedos de los pies, pero no puedo hacerlo, y luego intento incorporarme para ver si los tengo dormidos, pero es como si hubiera una superficie sólida e invisible que me impidiese doblar el cuerpo. Comienzo a perder la paciencia, y trato de dar patadas al aire, pero mis piernas están amarradas al colchón. Tampoco puedo mover los brazos ni los dedos de las manos. Fuera de mi, trato de gritar con todas mis fuerzas, pero algo mantiene mis dos filas de molares soldados entre si. Aun así grito, y solo emito un impotente mugido que no es capaz de llamar la atención de Blanca, que duerme en el cuarto contiguo. Mis pulmones se van quedando sin aire, me ahogo muy lentamente.

Aquí es donde generalmente me doy cuenta de que es un sueño, de que me he quedado dormido al revés, y en mi propio sueño intento darme la vuelta para respirar en el mundo consciente, aunque suelo despertarme antes de conseguirlo. Pero no esta vez, hace segundos que tendría que haberlo hecho. Algo va mal.

Una voz que sale de ninguna parte me susurra al oído: “idiota, esta vez no es un sueño”, antes de ser pasto de mi asfixia.

lunes 3 de septiembre de 2007

Instintos Primarios

Correr es una acción.Pero a parte también es un medio para conseguir algo. Quizás se trate de huir, o de perseguir algo. La cuestión, ahora, es el qué, y hasta los primeros 200 metros, no sabia muy bien mi propósito o bien algún porque para mi acción. En momentos así, cualquier tipo de razonamiento queda anulado por un fluido irracional interior. Sencillamente es una actitud que me nace. Caminar deprisa y no pensar. Alguien dijo que la gente camina deprisa para olvidar. Otras veces tal vez fue así, pero no esta. Esta no.

“Me voy. ¿Dónde? No lo se, si llama dile que en cuanto pueda lo haré”. Un portazo y un ser primitivo, ciego de odio, corre sin sentido y sin una finalidad clara de momento. Hago esfuerzos por calmarme, pero solo 20 segundos. Dos cafeteras en menos de una hora son suficientes para construir un fuerte muro de irracionalidad (esa es mi excusa, aunque dudo que un tribunal me absolviese por enajenación mental transitoria, acogiéndome a una alta dosis de cafeína). Poco a poco, todas aquellas sensaciones van tomando cuerpo, como en la elaboración de una escultura grotesca, oscura, y terriblemente expresiva. Odio. Yo le odio. Y si lo hago es por una profunda desconfianza en mi mismo. Si no me quiero nada, si no me valoro, tengo miedo, y si tengo miedo busco un porque, un enemigo. La agresividad contra él es producto de mi propio miedo, de mi propia falta de autoestima. No necesito medicación ni psicólogos para justificar todo esto. Ya he reflexionado muchas veces sobre ello y no me estoy diciendo nada nuevo.

Resulta agradablemente perverso imaginar su sufrimiento. Hay tantas maneras y tantas formas... mi favorita es verle huir en un pasillo estrecho, con ojos de terror sabiendo que su final esta muy cerca. Yo detrás, mientras escojo la herramienta mas adecuada. Nada sofisticado. Armas primarias para sensaciones primarias. Un bate de baseball. Una palanca de hierro oxidada... millones de posibilidades. Me recreo en sus suplicas y alaridos al ver su rodilla partida antes del golpe de gracia. No me imagino que le diría. Creo que no soy capaz de emitir nada con sentido. Solo mi expresión macabramente hierática antes de salpicar mi cuerpo con su sangre.

Aunque la orgía se detiene en un punto de inflexión. La plaza es enorme. Lo horizontal me detiene, me hace pensar...estar tranquilo. El cielo, el mar... esa clase de cosas. Inspiro. Espiro. Vuelvo a inspirar mientras busco mi paquete de tabaco. Espiro mientras lo encuentro. Inspiro buscando el mechero. Inspiro y espiro hasta que me enciendo el cigarro. Un par de caladas en el limbo y llego a una conclusión.

“Voy a matarle”. Doy otra calada. “Le matare. Suena como siempre, pero esta vez lo digo enserio. Se a donde voy, se lo que estoy buscando. Quiero sentir como todos y cada uno de sus granos post-puberes rebientan cuando mis nudillos les golpeen”.

“Te matare gordo asqueroso, solo tengo que encontrarte. Es una cuestion de tiempo. No tengo prisa”

sábado 18 de agosto de 2007

Ain't no sunshine when..

Acumular datos y/o recuerdos,
meterlos en la mochila.
Los llevarás allí donde vas.

Mete los libros en las cajas,
en las más anchas y poco hondas
pues son lo que más pesa.

Apoyate en la puerta
y fotografía mentalmente todo lo que puedas.
Algún día -piensas-
querrás recordarlo.

Lo que no te destruye
es una pérdida de tiempo.

jueves 19 de julio de 2007

Dales de comer a los perros

Ya vienen.

Marcar mis iniciales
con las cenizas de tu pelo.
Para que sepan
que estuve aquí.

Ya llega la niebla
masticando mis ojos
con el viento en los bolsillos.

Son labios sus balas
contra eso no hay muro
cuando la esperanza es
recuerdo
de lluvia
y no queda verdad
más que en la huída.

Contra la pared,
mis dedos dibujan una G.
Yo
estuve
aquí.

lunes 2 de julio de 2007

Escritura a oscuras

Derribo muros de sonido
esta noche
Mi voz reluce
aún ténue,
dividida entre dos.

La propia sala sucumbe al silencio
y los pies
-mis pies-
apuntan al techo.

Ya no sueño,
escucho al genio,
que habla demasiadas veces
de verdades y periódicos.

Ya no hay sirenas,
y escribo a oscuras
para que las palabras
me sorprendan
al
amanecer.

domingo 17 de junio de 2007

El universo a la deriva (bola nº8)

- La bola numero 8, es un ojo que mira y juzga a los presentes, desde una de las esquinas de la mesa de billar, apostada en su fortaleza, esperando... esperando el mas mínimo error de los jugadores para señalarles acusadoramente como perdedores.

Mirarla fijamente no impedirá que se caiga si cualquiera de las otras bolas la roza levemente. Actuar como si no existiese y jugar sin presiones tampoco. La bola negra es una hecho, una realidad inevitable. Esfuérzate todo lo que puedas en aquello que consideres necesario, pero la situación seguirá absolutamente igual. La mesa. El palo. Las bolas. Las leyes de la física. Las reglas del juego. El calculo geométrico. La suerte del principiante. Tú. Yo.

Hay alborotó más allá de la partida. Se están divirtiendo. Se ríen, carcajean. Lo están pasando bien. La distensión ajena al crucial momento de la partida, al otro lado de los nubarrones de humo, envueltos en su propio sistema, con sus propias leyes y realidades. Tan ajeno... parece mentira que todos estemos bajo la misma atmósfera.

Debe de haber alrededor de unas doce mesas en todo el local. Cada mesa esta rodeada por un media de 4 personas. Contando con los camareros, la gente de la barra y el negro que trata de vender baratijas a los borrachos de nuestra izquierda, hace un total de 72 personas en el local. 72 universos en marcha, en una torpe danza, todas bajo el mismo techo, ajenos cada uno entre sí de la complejidad de los otros. Imagina por un momento un “Big Crunch” en el local, el colapso inevitable, un mal paso en todo este torpe baile y la belleza apocalíptica que supondría. Sería como ver un millón de fichas de domino desmoronándose.

¿Qué posibilidades habría de que no se produjese algo así? ¿Cuanto falta para el final?
Ni lo intentes. Demasiadas incógnitas, una ecuación, muy poco tiempo. Resuelve primero las preguntas cuyo procedimiento conozcas y acumula puntos. Respira.
Y sobretodo, lanza de una vez, porque se me había olvidado comentarte todo aquello de que el tiempo pasa y que esta partida no puede durar para siempre. Nada puede-.


Cuaracha Amarilla ( Jimmy Glass)

sábado 16 de junio de 2007

Café, Alcohol e Insomnio

A veces ocurren cosas así.


Un domingo te levantas cuando hace rato que el sol ha trepado hasta lo más alto y toda la gente normal está sentada en la mesa viendo las noticias.
Abres los ojos y el mundo se estrella contra tu cabeza con tanta fuerza que quieres morirte ahí mismo y no tener que soportar esa resaca ni un segundo más, deseando con toda tu alma que todo se acabe, desaparecer.

Y resulta, por muy extraño que parezca, que ocurre. Y, de repente, comienzas a deshacerte. Así, sin más.
Y te asustas. Alguna vez fantaseaste con marcharte de la ciudad, pero unícamente a condición de dejar una nota. Por miedo a que nadie se percatase de tu ausencia, como ahora.

Te invade la angustia por que no has dado explicaciones a nadie. Seguramente habrás dejado algun asunto pendiente: algo que querrías haber dicho, algo que querrías haber hecho; en definitiva, todas esas cosas que se dejan para el último día.

Conforme tus pies se desvanecen, en tu cabeza se atropellan las preguntas:
¿Cómo explicar a todo el mundo que se te cumplió un deseo? ¿Tanto bebiste?


El caso es que te levantas con un dolor de cabeza insoportable y se cumple tu deseo: desaparecer. Vaya suerte.
Los judíos tienen un curioso sistema a la hora de acumular la fortuna; creen fervientemente que si les ocurre alguna desgracia, la suerte que hubiesen necesitado para evitarla, se les acumula en algún lugar, para que cuando necesiten hacer uso de ella tengan reservas suficientes. Probablemente los judíos sean los únicos que sonrian cuando pisen una mierda, pero ese es otro tema. Tú no eres judío.



"¿Y por qué no se me cumplió aquello de que mi abuelo se recuperase de aquel cáncer de colon o esa vez que desee con todas mis fuerzas que Lucía no hiciese lo que al final, la muy zorra, hizo?"


Un judío; Woody Allen, Lou Reed o el gran Kirk Douglas, por ejemplo, te dirían: "bueno, es que por aquel entonces no tenías suficiente suerte acumulada".


Pero tú no eres judío. Es más, te consideras un ateo acérrimo, enemigo visceral de todo lo que tenga que ver con las religiones. Dadas las circustancias, echas mano del breviario de expresiones populares laicas y justo antes de que la desaparición se complete sueltas un resignado "Hay que joderse".


Cucaracha Homicida (G. Kovitz)

lunes 28 de mayo de 2007

Génesis, capitulo 19, versículo 16

El ruido de los pasos hacia la puerta era terrible y dramático. El paso lento, decidido, fuerte (siempre), aunque cabizbajo. La mirada dirigida hacia el paso inmediato, evitando los espejos. Y el sonido de la puerta al abrir fue un chirrido desgarrador... un gran alegato desde la acusación hacia su culpabilidad.

Lo miró por última vez, y lo vio enorme. Tan enorme como la primera. Y no se trataba de una persona que mirase atrás, todo lo contrario. Se trataba más bien de alguien que por su trabajo estaba acostumbrado a frivolizar. Pero esta vez tenía que hacerlo. No es que fuera necesario, más bien inevitable. Recordó aquel pasaje de la Biblia en el que alguien huía de no sé qué ciudad, y pese a las advertencias divinas miró atrás, recibiendo el inevitable juicio de Yahvé. Su juicio y su condena.

Configuraba una extraña estampa, más que nada el silencio. El silencio y el humo aun latente de los cigarrillos. Mientras miraba atrás, algo en su alma, se volvió de sal.Pero las órdenes fueron claras y precisas. Ahora todos estaban muertos.

Puso los pies fuera del piso, cerró la puerta de una manera seca y decidida, y esperó al ascensor.

Cucaracha Amarilla( El Aviador)

domingo 27 de mayo de 2007

Declaración de principios

-¿Y dice que está tal y cómo su hija la dejó?
Ellos, consternados, asintieron con la cabeza.
La habitación estaba pulcramente ordenada. Ni ropa sucia, ni colillas en el cenicero, tan solo un papel algo arrugado encima de la mesa rompía con el orden matemático y mudo de aquel cuarto. Incluso el panel de corcho que contenía mayoritariamente fotos de ella y sus amigos estaba organizado por columnas, manteniendo una armonía visual que rozaba la artificialidad.
El detective avanzó sobre la alfombra rosa y cogió el papel con ambas manos:

Las camas no fueron inventadas estrictamente para dormir, quizá para compartir la piel, pero seguro que noi para ver la televisión desde ellas. Su única finalidad real es la de servir como soporte para los sueños, una suerte “aeródromo onírico”, si se me permite la expresión. De ahí que las personas utilicen almohada - a veces incluso montones de cojines, puesto que son colocados para que la cabeza esté algo orientada hacia arriba y que así éstos-los sueños- salgan disparados hacia arriba. Este es, pues, el origen de las nubes. Yo, que paso el día soñando, podría ser la causante de la mitad de las lluvias si no fuera por que mis nubes son solo de sueño y no contienen lágrimas que las oscurezcan, pues no hay tristeza en mi interior”.

Disimulando el desprecio por lo que acababa de leer, el detective con 24 años de profesión a sus espaldas hizo gala de su experiencia y, muy serio, afirmó:
-Pues esto descarta el suicidio. Su hija debió ser asesinada.
Tras dedicar unas cuantas palabras de consuelo a los padres y prometerles confidencialidad absoluta, salió de la enorme casa y montó en el coche.
-Mierda, es la última vez que acepto un trabajo de este tipo de gente, realmente esa niñata merecía morir.


Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, un hombre se deshacía de las pastillas antes de coger el autobús hacia el aeropuerto. El crimen perfecto, se dijo.
Y una mierda, contestó el detective, solo que aquel hombre no le escuchó por esa barrera que es a veces el espacio-tiempo.

Aún así, el detective acabaría por convertirse en un cómplice inesperado, volviendo al día siguiente a la casa de los padres para rectificar su veredicto del día anterior:
-¿Sabe qué, señora? He estado estudiando a fondo el caso de su hija y siento comunicarle que todas las pruebas indican que fue un suicidio –mintió.
-Pero… anoche usted dijo que…
-Las pruebas son irrefutables. Lo siento. Dígale a su marido que tiene 48 horas para ingresarme el dinero acordado- dicho esto, dio media vuelta y se largó hacia el coche.
Una vez dentro, puso la radio y condujo hasta llegar al bar.
-Te digo, Nick, que esa película ha hecho mucho daño a las niñas de hoy en día. Haz el favor de ponerme otra copa.
-No tengo ni idea de qué mierda es esa “Amelí” de la que hablas. Ni me importa. Mira, tío, no sé por qué te dedicas a esto si siempre acabas justificando los asesinatos. No se trata de esa chica, tú lo que tienes es un problema con la gente, maldito hijo de puta, y algún día te van a pillar.
-Eso se merece un brindis.

Cucaracha homicida (G. Kovitz)

martes 22 de mayo de 2007

448



Hace un rato ella era brisa
La noche baila afuera sobre el asfalto mojado
Hace un rato ella era viento.
Los charcos que antes pisamos reflejan ahora estrellas
Hace un rato ella era tormenta

Teclear despacio y no despertar a Alicia.

Hace un rato espalda mojada golpe herida labio piel
Y Yo, .yo......no........era...........nada.

domingo 13 de mayo de 2007

La Alineación de los planetas

Se estaba masturbando.

El ventilador del techo daba vueltas y más vueltas, y le parecía que en la oscuridad de la noche era complicado adivinar a cual de las tres velocidades iría el ventilador. Resultaba desconcertante el hecho de imbuirse en un ambiente tan veraniego a estas alturas de octubre. El ventilador giraba, en la calle el calor era sofocante, y la oscuridad cavernosa de la habitación solo era puesta en duda por la luz amarilla que entraba a través de la ventana, irrumpiendo como el sonido de una escopeta de cañón recortado en una de las muchas sucursales del Zentralbank.

Por un momento, tuvo la visión de que se trataba de un cuadro del barroco italiano, uno de esos cuadros llenos de claroscuros cargados de simbolismo religioso, de posturas forzadas y dramáticos y expresivos gestos. Pensó en un titulo para aquel cuadro, aunque se tiró al tópico fácil de frases de doble sentido, evidenciando la actitud del pintor. “El día que se me ocurra un buen título, entonces pintaré el cuadro”.

Llegados a este punto, se hace necesario explicar que había llegado a un estado en el que su cerebro se había disociado completamente. Por un lado, su parte menos reflexiva estaba centrada en el acto en sí. En recuerdos, acciones anteriores, en hechos relacionados. Sin embargo, y completamente fuera de control, su parte más racional divagaba a sus anchas, como quien comienza a adoptar extrañas posturas en el sofá de una sala de espera.

Tres segundos antes de que el orgasmo comenzase, tuvo la sensación de que estaba alcanzando otro nivel. Era como si todas las acciones que estuviesen ocurriendo en aquellos momentos en su universo tuviesen que ser necesariamente así. Dientes perfectos de un engranaje. La velocidad indeterminada del ventilador. El estridente chorro de luz desde la calle. Los pasos de los transeúntes noctámbulos. La luz azul que reflejaba en el vidrio de su puerta desde la televisión del cuarto de sus padres. Los ronquidos de su abuelo en la habitación contigua. Y las sirenas de la policía, muy lejos.... que estaba viviendo un momento único e irrepetible, como el sexto segundo del sexto minuto de las seis de la mañana de junio del año 6666. Los planetas acababan de alinearse.

Fue al cuarto de baño, se aseo un poco y se acostó. El cerebro ya no funcionaba, todo le resultaba de lapidante color blanco. Se durmió sonriendo.

Texto: Cucaracha Amarilla (Vladimir Iosevic Poliakov Andropova)

Fotografía: Cucaracha Inspiratriz (Aída Quiensinó)



miércoles 9 de mayo de 2007

Buscar a oscuras

Son los hilos de voz mentolados
y las pupilas de los fantasmas,
......................................de andar errante,
quienes duermen esta noche en mi estómago.

Me piden fuego en las noches de hierro,
y sus pestañas,
...........................alfileres de hielo,
desayunarán [[mañana]] en mi alfombra.

Que me queda sino bendecir la mesa.

Cucaracha homicida (G.Kovitz, ventoso)

viernes 4 de mayo de 2007

Agonizando Abril

Tejados improvisados para pieles destempladas
Furia, pausa, furia, silencio.
Senderos abstractos hacia imágenes lejanas igual de abstractas.
Más arriba, dices.

Alocada la marisma, inquietos los ánimos
Coses, descoses, coses, descoses
Y son esferas marrones las que guían tu aliento afrutado
Las calles, ah, las calles.

Acusas al caribe, a mis escritos náufragos
Esta noche, sí, esta noche: palabras.
Así estarás colocando cepos
Al amanecer recogerás tus presas con una sonrisa.

El hombre que nunca estuvo allí,
Asegura que, aquella noche
tú tampoco pensabas en nada.

Cucaracha homicida

miércoles 2 de mayo de 2007

Tuaregs

Al girar la esquina te espera un universo hostil, y de nuevo desconocido. Los diez primeros pasos son siempre los más difíciles. Tras una larga espera en la que te quedaste en una especie de limbo amargo, caes en la cuenta de que lo único que consigues con todo ello es ver el objeto reflejando la luz solar, proyectando las imágenes sobre tu pupila; sólo una simple visión y ya esta, sin la capacidad de interactuar, con ello. Una realidad-museo. No tocar.

Media vuelta, y casi eres capaz de vislumbrar donde esta la diferencia entre aquí y allí. Como cuando el agua de un río va a parar al mar, y se produce el paso de agua dulce a la desconsolada inmensidad oceánica; los buceadores y buzos experimentados cuentan que por un momento te quedas ciego. Se trata de algo así. Ceguera. Y a ciegas, recorres los 12 primeros pasos, sin saber exactamente como estas ocurriendo las cosas, y a la que te descuidas ya has salido del edificio y estas en campo abierto.

La ciudad ha descendido por lo menos 2 metros con respecto al nivel verdad. Los edificios del centro se perfilan como altos y afilados, horribles y sedientos colmillos. Horribles, sedientos e impersonales. Lo que debe de sentir la carne antes de ser picada dentro de una mulinex. Y sin embargo, eres incapaz de computar toda la información que de pronto, en una explosión orgiástica de sucesos, una explosión que te lapida. Tu cerebro solo es capaz de poder asimilar estímulos, la mirada fija de un desconocido, una paloma blanca sobre un suelo blanco, la figura del semáforo parpadeando, y la sensación del tráfico fluido. Cruzas la calle antes de que se ponga en rojo.

Por un momento eres capaz de objetivizar, y miras el reloj para ver que horas es y si llegas tarde. De hecho llegas demasiado pronto. Poco a poco vuelves a ser tú, y vuelves a mirar el mundo con indiferencia. Frío. Ajeno a todos ellos. Y vuelves a recuperar el tu paso habitual. Hay una diferencia radical entre pasear y caminar hacia un sitio, ya no solo en la velocidad del paso, sino en la percepción de la realidad y en la mirada del perceptor.

Quien pasea observa, admira, se admira, recreándose en todas y cada una de las partes de la calle, desde el contenedor más sucio hasta la ventana más azul. Quien camina, tiene un objetivo, una meta, un fin, y sobretodo, tiempo, tiempo que cada vez es menos y no debería de perder. Prisas. Ahí esta la diferencia, quien observa, lo hace de algún modo, aunque sea con maldad. Quien camina, simplemente tiene prisa. Pero el paso del paseante al caminante no es algo radical. Empiezo a pensar que nada lo es. Se trata de un hecho paulatino. Aún quedan muchos días para que dejes de pasear con la mirada (nunca dejarás de pasear con la mente).

Recorres calles, travesías, avenidas, cruzas plazas, puentes, y pasos subterráneos. Laberintos de rutas que te traen inevitables recuerdos que rebasas pero que te alcanzan en otros lugares, como quien trata de ignorar a su propia sombra. Como quien trata de ignorar el sol en el desierto.

Pero estás ya muy cansado. Mucho, y no puedes seguir caminando, justo ahora que llegas a tu destino. Menos mal. No pongas esa cara. Te invito a una cerveza.

... En el otro lado de la ciudad, el tren arrancó hace ya rato, llevándose consigo otro viajero hacia otro lugar.

“En el desierto del Sahara, dos granos de arena son arrastrados por el viento, con trayectorias paralelas”

Cucaracha Amarilla (Vladimir Poliakov)

miércoles 25 de abril de 2007

Fumadores Pasivos

Se había pasado la vida haciendo lo mismo, apoyado en la terraza de la biblioteca, observándolos a todos en silencio, disfrutando de la praxis de su autocompasión. Fumaba despacio y pensando, con la sensación de que sus entrañas son todo arrugas.

-Debería dejarlo-piensa-debería apagar el cigarrillo... llamarle. Llamarle o quemar todos los puentes. Hacer algo.

Se había pasado la vida haciendo lo mismo. Absorto en 5 segundos de caída ininterrumpida. La colilla describe círculos hasta estrellarse contra la acera. El mira como cae. Respira profundamente y se enciende otro Lucky Strike... “debería dejarlo”

Las 4 horas siguientes las pasó dentro del coche, esperándola a la puerta de su casa. Pero aquella noche ella no durmió allí.

Cucaracha Amarilla (Vladimir Poliakov)

lunes 23 de abril de 2007

Feliz no-cumpleaños


Las pequeñas cosas. Abel descubrió hace una semana que su vecina, fuma “Lucky Strike” y ha decidido sustituir sus fieles cigarrillos de tabaco de liar para tener la oportunidad de ofrecerle un pitillo y poner así una pequeña zancadilla al sopor del verano. Sonríe porque, aunque insignificante, al fin y al cabo se trata de una conquista, un as en la manga para soñadores.
Abel camina en dirección al único cine del pueblo. Se trata de una localidad de varios miles de habitantes horriblemente tranquila, especialmente durante el día. Tan tranquila y silenciosa que ni siquiera los cantos de los grillos se atreven a interrumpir el vacío abismal de las tardes de fin de verano este año, que avanzan como lava ardiendo destruyéndolo todo a su paso.
Pero este viernes Abel ha decidido romper la monotonía de las tardes encerrado en la antigua casa de su tía; casi tan vieja como la propia casa pero, por mucho, más aburrida.

Abel debe hacer esfuerzos por soportar a su tía, su tutora legal, que vive prácticamente ajena a su vida académica (se podría decir que vive ajena a su existencia en rasgos generales) excepto cuando éste le notifica los estrepitosos resultados obtenidos. Sólo entonces su presencia es perceptible para ella, que malgasta las horas recordándole que ha de recuperar las asignaturas pendientes, incordiándole continuamente con cuestiones sobre el futuro en tono inquisitorio:
-¿Cuándo vas a buscarte trabajo?
-No sé, tita, mi carrera requiere dedicación, ¿Entiendes? Necesito todo el tiempo del mundo para poder sacar la carrera. Dentro de poco podrás presumir de ello ante tus seniles amigas.
-¿Por qué no empiezas a pensar en ganar algo de dinero como, por ejemplo, aquel amiguito tuyo, Marcos?
- Para empezar, tita, no por empezar a pensar en ganar dinero lo haré, mi mente carece poder para llevar a cabo tal cometido. Pero no te creas que eso no me preocupa ¿Sabes? Bueno, me preocupa pero no me ocupa, ¿Entiendes por dónde voy? Además, Marcos siempre fue un pobre bruto que creía que se convertiría en un marica si se leía un libro.
-¡Ay! ¡Ya estamos, siempre igual! Pues el otro día le vi con su novia, una chica muy guapa y alta. ¿Cuándo piensas sentar la cabeza?
-Claro… tranquila tita, las próximas Navidades traeré a casa a una chica alta, con ojos claros y sonrisa de azafata. La típica chica florero cuya única función sea la de sonreír, calladita y risueña sin moverse de la mesa, haciendo continuamente cumplidos sobre lo deliciosa que está la comida. Sí, creo que traeré una chica rubia de buena familia que estudie farmacia, quizá odontología. Será una bonita actriz para tu gran teatro de las convenciones. Estarás contenta entonces ¿Verdad?
- Si al menos te peinases esa maraña que tienes en la cabeza… Abel…tu problema es que no te gusta la gente, vives en un mundo de cuentos, siempre hablando de teorías y cosas incomprensibles que no existen.
-Me temo que estás un poco equivocada. La gente no está tan mal. En mi opinión la gente es interesante, pero no por ello dejan de ser un aglutinado de materia predecible hasta el absurdo. Pero no me negarás, tita, que en la humanidad hay algo encantadoramente trágico ¿Verdad? ¿Sabías que es el único ser vivo que realmente sabe que va a morir?
-En qué mundo vives, por Dios, ¿Eso es lo que te enseñan en la universidad?
-No exactamente, soy algo autodidacta.
-Despierta ya, hijo, muchos de tus antiguos compañeros, todos ellos mucho menos capaces que tú, tienen un trabajo, un piso…Abel ¿Me escuchas cuando te hablo?
-¿Eh?
-Pregunto si escuchas cuando te hablo.
- Oh…. Sí, claro. A veces sí. En fin, no te preocupes tita, si las cosas se ponen feas me haré camarero. Por el día seré un tipo con grandes ojeras, trabajador y responsable, y cuando vuelva del trabajo me convertiré en un delirante nocturno. Así todos estaremos contentos, es el equilibrio perfecto.
-¡Qué cruz! –y así concluían la mayoría de las conversaciones- ¡Qué cruz de chaval!

Pero volvamos al chico caminando torpemente por las callejuelas.
Aquel verano sería el último para el también antiguo cine. Le apetece pasarse por allí antes de que lo tiren abajo para construir un polideportivo con piscina cubierta. Es el único cine de reestrenos que Abel conoce. Doble sesión 2€.
Mientras arrastra los pies por la acera, se imagina dentro de 30 años echando de menos la sala, recordando alguna noche allí metido como aquella mítica noche en la que, por sorpresa, pasaron una película del increíble Lynch cuando solo tenía 11 años. Recuerda que estuvo hablando de ello una semana, quizá un mes.
Haciendo un esfuerzo de memoria, también podía recordar alguna chica de mirada tímida. Parecía que todavía estuviese por ahí cerca flotando, en ningún sitio y en todos a la vez.
Abel tiene 20 años. Tiene 20 años y no deja de recordar, perdido en una maraña de imágenes y sensaciones que se amontonan en su cabeza como en un escritorio destartalado.
En la entrada del cine no hay nadie haciendo cola. Por allí solo está el hijo del dueño en la taquilla, un antiguo gallo de corral que había quemado toda la pólvora de su juventud en algún aparcamiento un sábado de madrugada, un pobre idiota que nunca supo sonreír en las fotografías.
Es la sesión de media noche y dentro la sala tampoco hay nadie. Es la última semana de la temporada estival, mucha gente se ha marchado ya a la ciudad y muy pronto así lo hará él también, incorporándose de nuevo a la vida de estudiante delgado y con ojeras atrincherado en su habitación de latas de cerveza vacías y ceniceros llenos.
Al poco de apagar las luces, una chica joven entra en la sala. Es muy delgada, demasiado, y a Abel su silueta se le antoja enfermiza. La chica pasa de largo y se acomoda en una de las butacas de las primeras filas, aparentemente sin darse cuenta siquiera de que no está sola.
Realmente era extraño que una chica joven fuese a un cine como aquel en la sesión nocturna, sola, al menos eso pensaba el pobre diablo de la taquilla. Sin embargo, Abel tenía la incómoda sensación de que le habían descubierto en su escondite del tiempo.
En la pantalla, Peter Sellers protagonizaba una de las peores películas que Abel había visto en toda su vida. Sin embargo, aquella chica reía a carcajada limpia con tanta fuerza que aquella situación le resultaba surrealista. Tanto que, en vista de que la película no merecía la pena, decidió marcharse de allí y ahorrarse la molestia de soportar un segundo más aquel teatro de lo absurdo.
La calle que daba a la antigua sala de cine estaba salpicada de bares. Aquel primer viernes de septiembre la gente parecía querer despedirse del verano bebiendo. Puesto que no tenía pensado volver tan pronto a casa, caminó sin rumbo por la larga calle estrenando su nuevo paquete de tabaco.
Nuevamente se sumergió en recuerdos y pensamientos mientras el espectáculo de luces dispersas de la noche le invitaba a perderse entre las calles, disfrutando especialmente del humo del tabaco ascendiendo en espirales caprichosas entre los destellos de colores provinentes de los carteles de los bares.
Al encender el segundo pitillo de la noche, en un giro del destino que él mismo calificó como “jodidamente irónico”, Abel vio a una chica muy borracha saliendo de un bar de la acera de enfrente.
La persona que salía tambaleándose del pequeño antro resultó ser su vecina noruega, seguida de cerca por un tipo que hubiese encajado a la perfección como portero de la discoteca en cuyo aparcamiento hacía de las suyas el susodicho encargado del cine. Abel vio frustradas sus fugaces esperanzas cuando el gorila, que estaba en un peor estado que la propia chica, se la llevó agarrada por la cintura y se perdió con ella entre la gente que a esas horas andaba por las calles, sin que a Abel se le escapase su oscuro propósito.

Tras contar las monedas de su bolsillo, Abel decidió entrar en aquel bar por el que precisamente acababa de salir su pelirroja y voluptuosa vecina. Curioso homenaje.
Así que ahí estaba Abel, apurando una jarra de cerveza*, apoyado en la barra del susodicho bar cuando, de pronto, vio a través de los cristales del bar una figura que se le antojó familiar.
Quizá por el hecho de que las ideas de su cabeza estuviesen algo empapadas de alcohol o por que su rencor se había “redireccionado” hacia el tipo que se había llevado de la cintura a su fantasía veraniega, el caso es que Abel no recordaba el asunto de la carcajada extravagante.

Y ahí está ella. Alicia.
Parecía un fantasma, mascullando preguntas que el viento responde. Una niña sola y triste sin rumbo fijo, delicada.
Y ahí está él, estrujándose ese pelo enmarañado relleno de miles de fotogramas y estrellas caídas. Sin duda era ella. Alicia, la chica bonita que se había vuelto loca en algún lugar indeterminado del camino. La chica que busca incansable su inexistente Ítaca en un camino de vuelta plagado de brumas, su propio País de las Maravillas.

Sí, al parecer se trataba, sin duda alguna, de una lunática. Al igual que él.
Abel enciende otro cigarro y pide más cerveza. Cierra los ojos y se evade. Aquellos veranos le parecen ahora tan agradables y lejanos que no puede contener una sonrisa a ciegas. Ahí estaba ella, entre sus recuerdos, la chica de sonrisa cálida e inocente. Protagonista de decenas (probablemente centenares) de sueños rotos. Hace muchísimo tiempo de aquello pero todavía recuerda como le escribía cartas imaginarias con juramentos secretos, sentado ante atardeceres de colores desmayados.
Abre los ojos, suspira.
- ¿Me das un trago?
Las miradas de aquel bar estaban concentradas en ella. Sus ojos, aunque tristes, no habían perdido la magia. El halo de su figura, algo encogida, irradiaba aún con fuerza y su cuerpo todavía sonrojaba a algunos de los presentes, que hicieron algún que otro comentario obsceno.
Abel puede notar el calor de sus ojos que tan repentinamente habían cobrado vida de nuevo. Ella toma la cerveza y bebe hasta acabarla.
-Espero que esta vez no escapes- le susurró ella al oído.
Sus miradas cruzadas se hablaban en silencio, como gestos bajo las sábanas. Ella moldea el tiempo a su antojo, rompe y desgaja los segundos para coserlos. Pasa el tiempo cristalizado en porciones imperceptibles: minutos, horas, quizá días.
Alicia le agarra de la mano. Juntos, salen a la intemperie para imaginar un océano en la noche. Juntos, se lanzan desde el acantilado y el viento recorre, veloz, su pelo y su piel hasta zambullirse de lleno en el final de la típica película feliz: se olvidaron del mundo, follaron mucho y, por supuesto, comieron perdices.

Al fin y al cabo, Peter Pan no es más que un velero sin velas ni remos si no tiene a Wendy, que necesita de él para vivir su propio cuento de hadas. Lejos, muy lejos.

*Se da la posibilidad de intercambiar el término "cerveza" por el de "zumo de naranja, uva, melocotón y maracuyá de esos multi ultra fruta" =)

Cucaracha homicida (G. Kovitz)

viernes 20 de abril de 2007

Soliloquio




No he remado menos de 32 vidas
Antes de llegar hasta aquí.

Pero qué mas da,.
No hay bellas durmientes a este lado del río,
se han extinguido los profetas
ya nadie anuncia la llegada de un Mesías
ni se deshojan flores.
Pero tú te lo callas,
lo escupes al suelo cuando yo no miro.

...................................................Es duro.
Recuerdo surcar las venas del bosque de tu pelo,
entrenando para surcar jirones de nada.
Aún así,
La caída supo a milagro, a risa histérica.

...................................................Lo es.
Muerdo los segundos que me separan de los gusanos
Hasta que los gusanos me muerdan a mí
y la próxima estación sea el olvido.
Cucaracha homicida (G. kovitz)

jueves 19 de abril de 2007

Tom waits y los jueves por la tarde


No para de escuchar Tom Waits. La misma canción. Toda la tarde. Es gracioso ver como convierte en bolas su ropa sucia y las tira contra el suelo a ritmo de la canción. Parece que este bailando con alguien. Esta bailando, de eso no hay duda. Mueve sus caderas en el aire. De una lado hacia otro. Lentamente. Siguiendo al saxo tenor. Hacia mucho que no escuchaba jazz, y nunca lo había bailado. Se desvirga bailando jazz en su cuarto, bailando con la ropa sucia y sus recuerdos. No esta triste. No lo parece. Sólo pone una sonrisa estúpida y ahora baila con un calcetín sucio en cada mano. Y parece que este bebiendo néctar. Me pregunto si será consciente de lo agrietado de las paredes. De que hace 10 minutos que llaman a la puerta y le gritan desde la calle para que abra. Tampoco parece consiente de la cantidad de insultos que le dedican aquellos que intenta entrar a su casa. El y la ropa sucia es ahora todo su mundo...

-Maldita sea, míralo, ¿que cojones esta haciendo? No, ni contestes, el ridículo, es obvio, profundamente obvio. El gilipollas eso es lo que hace. En vez de darse prisa, meter las cosas en el cesto de la ropa y ponerse ha hacer otras, o cenar, o ver una película o.... se queda ahí, de pie, haciendo el gilipollas. ... . No me lo puedo creer. Haz algo, dile alguna cosa, pero bueno, ¿tu también? ¿Es que el mundo se ha vuelto loco? Cierra la puerta antes de que os vean los vecinos....

La ropa sucia era todo su mundo... y él estaba terriblemente solo.

Cucaracha Amarilla (Vladimir Poliakov)

miércoles 11 de abril de 2007

El susurro en las noches de Licht













El criminal siempre vuelve al lugar de los hechos. Esta es una máxima policial quizás no incuestionable... aunque en este caso volvía a cumplirse. Nuestro personaje recorre sus pasos, exactamente el mismo orden de sucesos, con el fetichismo o la melancolía del momento, reproduciendo con exactitud los sucesos en su cabeza, recordando lo ocurrido...

La noche era cerrada en La Ciudad. En el barrio de Licht, no se llegaba a ver la luna, las vacaciones de pascua habían resultado ser una tortilla mal volteada, y la lluvia se había cebado desde hacia dos semanas con los pobres transeúntes que por descuido y por desgracia habían dejado envejecer sus paraguas hasta el punto que un leve soplo de viento conseguía romper su estructura metálica dejándolos a merced del tiempo (también con muchos otros).


Los charcos formaban una aleatoria distribución a lo largo de la plaza asfaltada, y en su agua se reflejaban las luces amarillentas, tintineantes, descaradamente artificiales, que más que iluminar, arrojaban una penumbra siniestra, acentuada por la lejanía de los pasos de aquellos que circulaban a aquellas horas por el lugar, cerca de la estación de autobuses nocturnos. Era uno de aquellos lugares que se encuentran en mitad de la nada, dentro de un laberinto de bloques de pisos donde, hacinados en lupanares, los habitantes del extrarradio dormían, a la sombra de la guadaña, de la sirena del lunes a primera hora.

Trabajadores de turno de noche, jóvenes borrachos, todos aguardan al autobús, firmes, mirando a la esquina, mirándola fijamente, como si sus miradas fueran a ejercer una especie de magia negra que hiciese aparecer de golpe el autobús que los llevaría a su destino. Todos menos ella. Ella no esta en su sitio. Ella camina como si el mundo fuera suyo, deslizándose alrededor de la plaza, maravillándose con cada rincón, redescubriendo el lugar con su mirada, a ritmo de una banda sonora inexistente salvo en su cabeza.

Despreocupada, Eva se deja absorber por la atmósfera del lugar y del momento, y por el ambiente húmedo, buscando abrigo bajo su chaqueta de lana. Lo hace cada sábado que coge el autobús para volver a casa. Quien la ve desde lejos no puede evitar sonreír, parece que sepa hacia donde va, que siga una estela marcada, una senda de baldosas amarillas hacia un punto oscuro. Y desde el punto oscuro el contra personaje, un individuo de oscura chaqueta y nombre inexistente, agazapado en las sombras. Recuerda al gato de Chersey en Alicia en el País de las maravillas, sonríe de manera cruel, y la sigue con ojos atentos en las curvas de su improvisado itinerario. Mientras ella camina, él esta quieto, en las sombras, esperando su momento... Pero no tiene que mover ni un dedo, porque es ella quien llega hasta él.

El criminal siempre vuelve al lugar de los hechos. Y esta vez no fue diferente. Nuestro personaje, juega con el vaho en la esquina de la plaza, y recuerda con total exactitud su mirada, su gesto, su olor, y su acompasada y profunda respiración antes de aquel susurro y aquel silencio. Eva no puede evitar el hecho de que una lágrima se le resbale por sus mejillas, recordando lo ocurrido, en aquel mismo lugar, en aquella misma plaza, porque nunca le dijeron te quiero, como aquella vez.

Cucaracha Amarilla (Vladimir Poliakov)

martes 3 de abril de 2007

Ausencias diarias

Tras las pisadas de aquellos que dormitan entre jirones de cartón
Hay historias invisibles y anónimas de quienes nunca fueron siquiera, una esquela en el periódico.
Aquellos que se hundieron en el barro tan silenciosamente como un suspiro a oscuras,
Desafían los sombreros de copa, aún estando ciegos y mudos.
Comen entrañas de nada, beben frío.
Se perforan los músculos y engañan al tiempo.

Ellos, en silencio, bajo el puente, lo saben.

Sus cadáveres en descomposición servirán, quizá, para alimentar las flores que adornarán el pelo de las hijas de otros.

Cucaracha homicida (G.Kovitz)