miércoles 30 de julio de 2008

Cronica de una fiesta de alta sociedad

-toda autobiografía es ficción. Toda ficción autobiográfica-



Una fiesta de alta sociedad. Un hotel maravilloso, repleto de columnas de mármol italiano y exclusivas copas de cristal de bohemia, con los licores mas exóticos, los vinos más reserva, y los whyskis más caros. También hay gente. Y una mala broma de música de fondo, un disco de versiones samba bosanova y chanson français de los grandes éxitos del rock alternativo. Ahora mismo suena smells like teen spirit en una versión de cumbia Venezolana. No creo que Kurt Cobain se retuerza en su tumba ya que llegó a odiar esa canción, y Curtney se estará metiendo todos los royalties en vena. Sin embargo no dejo de tener la sensación de haber descubierto una fábrica de Reebok clandestina en un petrolero en Malasia. Pronto, y quitándole peso al asunto, llegué a la conclusión de que era de esperar, ya que las siglas de la pareja eran C y K, como Calvin Klein.

Alguien me dejo aquí aparcado hace mucho rato, y apoyando el codo en barra imaginaba que no estaba aquí. Era lo mejor que podía hacer, ya que era una minoría absoluta en una mayoría de estudiantes de 3º de económicas en plena fiesta de ecuador de carrera. Ya pueden tocar el coche de empresa, el sofá de cuero y la mujer florero con la punta de los dedos… están felices, es normal. Y ¿Cómo he acabado yo asistiendo a una fiesta así? Sencillo aunque vergonzoso. Es el gran drama de aquellos que vivimos entre dos aguas, el gran contra de aquellos que estuvieron en mal sitio en mal momento. Sí, instituto de pago, ex -compañeros ricos, tardes vacías en verano, y una corbata que hacía demasiado tiempo que no me anudaba. Eso y la maldita pregunta que sirve para justificar todas las mamonadas que he podido hacer en mi vida ¿Por qué no?

Un paso en el vestíbulo y sabía que me estaba equivocando de sitio, lo mismo que la primera vez que pise aquel viejo armatoste aún con olor a seminario. “No deberías estar aquí, chico” mis viejos zapatos recién limpiados pisaban aquellos caros suelos, alado de un viejo compañero de clase el cual, como era de recibo bajo su doctrina religiosa, había decidido llamarme. Ama a tu prójimo supongo... Hace mucho tiempo, bajo la dictadura, creo que hubo una campaña que se llamaba “lleve un pobre a su mesa”. Y así es como me miraban todas aquellas personas que yo muchas veces había visto a la salida del metro y me había negado a saludar, esquivándoles tras las salidas de stop. Sin embargo, y como es normal para ellos, me saludaron con una falsedad poco disimulada y una sonrisa forzada. Incluso alguno de ellos se permitió la licencia de utilizar algún coloquialismo como “ye, campeón”. Nos distribuyeron en distintas mesas redondas, decoradas con un mantel blanco e impoluto, una cubertería completa y reluciente, y algunos entrantes. Y vino. Y por qué no… Como elemento neutro e imprevisto me asignaron en una mesa alejada de ciertos círculos, cosa que me vino de perlas. Mi amigo, el cual sospecho del OPUS o católico – propagandista, disparo en un ritmo amable y calculado una serie de preguntas que oscilaban entre la total intrascendencia y un educado y respetuoso interés en saber de mí en todo este tiempo. Observando su actitud en la comida estaba seguro de dos cosas, de que seguía virgen, y de que si se le apretaban un poco las tuercas sería un tipo normal o un completo psicópata. Su caro reloj no dejaba de recordarme que el tiempo pasaba y pasaría toda la noche lento…

No toque la cena. Por supuesto que aquella decisión no tenía que ver con ninguna rectitud moral-política, simplemente es que aquel ambiente me daba nauseas y además no comprendo esa clase de cocina. Dan ganas de no comerla. Recuerdo que solo le hinqué el diente al postre, una especie de copa de nata y frambuesas, por supuesto cara y de lo más reluciente. Nadie se molestó en preguntarme porque no comía, y francamente no me apetecía soltarles ningún discurso.
Terminada la cena y los cafés (nadie de mi mesa bebió licor), y aquella conversación en la que tomaba partido cada vez que me lanzaban la pelota, en la que se hablo de actualidad y de algo más, llegó la ronda de saludos. Me divirtió seguir viendo a un montón de mujeres que seguían con unos enormes pechos y que me seguían despreciando. Y sí, tenéis razón, me resultan por completo sexualmente deseables, pero yo también las desprecio. ¡Que complicado verdad! Pese al mutuo desprecio y la extraña atracción, aliñado ya con un par de copas salude a unas cuantas, que me devolvieron el saludo con los dos falsos besos de rigor y algún cumplido que me la traía un poco floja “estas igual”, “iros a la mierda” pensaba. Pobre gente, con su rico mundo interior y yo les tengo asco porque si. Cuando me cansé de las bellezas museo pase a los hombres. Que elegantes, cuanto futuro, como los quiere Papá. Que interesantes son sus negocios, y que complejo y fascinante es el mundo empresarial, o judicial, o que complicadísimo resulta sacarse una ingeniería industrial.

Y como una bola de pinball fui rebotando de círculo íntimo en círculo íntimo hasta finalmente acabar solo contra la barra, y fui pidiendo un vodka con limón tras otro, después de lavarme enfermizamente las manos en el lavabo. Sé que en estos casos, siempre es mejor irse antes de que la crisis introspectiva degenere en autismo o en una lengua viperina. Pero las cosas siempre ocurren de modo inesperado, y entonces nº4 tomo asiento.

Nº4 era lo suficientemente lista y rica como para ser nº1, o por lo menos nº2. Tenía el suficiente reconocimiento físico de toda esa selecta comitiva del último círculo de la diana social del colegio, pero planteaba los problemas. Tener una nariz inoperable, demasiado fea como para consérvala y demasiado grande como para que una operación pasase inadvertida. Simpatizar con algunas corrientes izquierdistas (social-reformismo moderado), y además, según fuentes de primera mano, un olor vaginal particularmente desagradable. Pobre nº4, es extraño pero siempre me pareció muy desagradable físicamente, me recordaba a una meiga con aquella nariz inevitable. Borracha ya, como una beuna católica apostólica romana no practicante, se acerco con la lengua de trapo y poca estabilidad en sus pasos, aunque nada fuera de lugar, solo había que ver el lugar. Pero no me confundáis, no juzgo, yo también estaba allí. Ahora nº4 trata de establecer comunicación conmigo, esta apunto de hablar:

- Hola Vladimiro- tenían la horrible costumbre de traducir mi nombre. Aguante esa carga varios años
- Hola nº4- mira extrañada a mi respuesta
- Yo no me llamo nº4
- Sí, si que te llamas así
- Estas borracho- me dice sin poder hablar muy bien
- Como quieras- el silencio se prolonga un rato
- ¿Has visto a 13?
- No- ella me sigue sonriendo falsamente- No creo que haya venido
- A mi me dijeron que vendría
- Pues ya ves, las cosas- el silencio vuelve a prolongarse. Nº 13 es el ex –novio de nº4. Fue mucho tiempo detrás de ella, hasta que un día ella se coló por él, y primero fue bonito, luego aburrido, y finalmente insoportable cuando todo acabó, para ellos por supuesto. Dicen que aunque ella se haya enrollado ya con varios chicos, entre ellos nº7, no ha superado a nº 13, aunque lo cierto no es que todo esto me quite el sueño. Pero me apetece volver a ver a nº13. Nos gustaba hablar de música, pero ya no me coge el teléfono, desde hace casi año y medio. Tampoco yo intento llamarle. Malas lenguas hablan de sus escarceos con las drogas, que le están llevando por un camino complicado.
- ¿Y tu que tal bien?- le conté una selección de trozos aburrida, lo suficientemente impersonales y aburridos como para que se largasen rápidamente. Y así fue, siguió sonriéndome falsamente, y se fue al baño a ¿vomitar? No especificó. Volví a quedarme solo y miré como todo el mundo se divertía, y me puse de nuevo cara a la barra.

Ya no me quedaba a nadie por saludar. Seguí bebiendo y pensando en nº 13. Y en nº 25, un chaval al cual expulsaron porque “no se adecuaba al modelo del centro”, gente de suburbios pensarían. Como nº 32, nº 47, nº 76, 77, 78, 79, 80, 93… Recordé las peleas en el patio, las palizas en los aparcamientos, los amigos de amigos con palos, y la sangre que nunca llegaba al río. Conociendo a cada uno de ellos y ellas que fueron expulsando porque “no respondían al perfil”, podías elaborar una especie de prototipo generalista, que respondía a lo que ellos consideraban “carne de cañón”. Ellas son tan ricos que ni si quiera pagarán su incompetencia con una degradante mamada al de recursos humanos, porque papa tiene dinero. Y entonces me vi en el reflejo de la copa y caí en la cuenta de que a mí no me habían expulsado.

Mientras una versión pin up de los Clash sonaba me imaginaba un mejor amigo imaginario, que me invitaba a una copa, y que me preguntaba si quería hablar, pero yo le ignoraba obsesionado en el hecho de que cabía la remota posibilidad de que me pareciese a ellos, ya que un en largo periodo de mi vida me habían confundido con los mismos. Tenía que salir de ahí, tomar aire puro y mío, encontrar algún mundo comprensible. Al decirle adiós a la camarera (era preciosa), con la que no había mediado palabra en toda la noche, ella me miró con una clase de asco que me resultaba de lo más familiar. Y aquello me destrozó.


jueves 10 de julio de 2008

Más allá del Estres

I'm Back- Dougals McArthur

Más allá de una crisis de estrés siempre hay una absoluta calma. Tal vez porque durante un breve periodo de tiempo se expulsa por completo el interior en ebullición, todos los actos comienzan a regirse bajo temperaturas árticas. Es lo que en la filosofía China se conoce como el Ying y el Yang. Todos tenemos en nuestro interior un Ying y un Yang, que no es una correspondencia de los valores judeocristianos del bien y del mal, o la visión de Niezstche sobre lo Apolineo y lo Dionisiaco. Se trata de un concepto más global, una especie de fuerza interna que aglutina muchas cosas, como un punto cardinal, o una temperatura, una actitud….

Entre el Ying y el Yang se establece una fuerza equilibrada pero en constante conflicto, es algo así como observar una ola del mar chocando contra la arena de la playa; la ola rompe contra la arena y la superficie de la arena retrocede, pero posteriormente, y cuando la ola vuelve hacia atrás, la arena gana terreno, hasta que el mar vuelve a romper. La arena y el agua avanzan y retroceden sorbe el mismo espacio, creando un dinámico orden marcado por estos avances y retrocesos. Este orden es lo que se conoce como el Tao.

Es una mañana de miércoles como otra cualquiera, y Mr Snoid (así solía apodarse a sí mismo en secreto, y que quede claro que nunca revelaremos su verdadero nombre), disfruta de un café con leche y una ensaimada como todas las mañanas en la cafetería que hay bajo su trabajo. Le resulta de lo más relajante comerse las ensaimadas en forma de espiral, como quien resuelve un complicado acertijo hasta llegar hasta el centro de todo, como quien desvela un enigma. Siempre comete el error de mojar una parte de esta ensaimada en el café con leche, para comprobar, como siempre, como el aguachirli barata que le sirven destroza por completo el sabor de tan especial pieza de bollería.

Mr Snoid es el segundo de a bordo del departamento de recursos humanos de la empresa InterProx, una empresa relativamente joven que a nivel nacional trata de hacerse un hueco entre las grandes empresas del sector. El cometido de la empresa varia según los proyectos, hoy esto, mañana aquello…. Siempre dependiendo de lo que pida el mercado en el momento. Su tarea en esta empresa es básicamente hacer lo que Dieguito Montoya, su inmediato superior en el departamento, no quiere. Y esto consiste en despedir a gente, rechazar curriculums, realizar las entrevistas de trabajo de todos los hombres calvos, o feos, o gordos… Realiza su labor con dedicación, y sobretodo, eficiencia.

Pero el trabajo no es toda la vida de Mr Snoid. Cuando sale del trabajo, dedica la mayor parte de su tiempo a su Madre, a la que llamaremos Sra Snoid. La Sra Snoid, tras la desaparición de su marido por un viaje de negocios a Tailandia, sufrió varios shocks psicológicos, que sobrellevó durante 7 años, mientras Mr Snoid terminaba la carrera de Psicología. Una vez terminado el periodo universitario y al observar que su hijo podía ser económicamente estable, la Sra Snoid decidió derrumbarse. Actualmente en mejor estado, padece de una extraña combinación de trastornos alimenticios y síndrome de Tourette. Mr Sonid la recoge puntualmente todas las tardes a las 7 en la puerta del centro de día en la que pasa desde primera hora hasta que cierran. Mr Snoid no tiene vida amorosa. Tiene una vida ya demasiado absorbente. Tal vez cuando ascienda…
Y en cuanto al sexo es todo un onanista. Alguna vez se ha planteado contratar a alguna acompañante, pero además de que le parece inmoral y patético, es económicamente impracticable.

Pero como buen previsor, Mr Sonid ha ahorrado algo de dinero para estas vacaciones, y en Agosto irá a un apartamento en Altea con su madre, en 7ª línea de playa. El 7 siempre fue su número de la suerte. Su primera opción era visitar algún complejo turístico en un paraíso tropical, con una pulserita en la muñeca “todo incluido”, y con gente que cuidase a su madre, pero ciertos trastornos hidrofóbicos además de un pánico a volar y a los países tropicales de su madre, impiden este viaje, ya que no puede ir y no tiene con quien dejarla. En fin, Altea también está muy bien.

Y precisamente en las vacaciones es en lo que está pensando ahora mientras deshoja su ensaimada como todas las mañanas mientras lee el periódico, en la cafetería de siempre. Qué silencio, qué calma, qué paz. Da gusto tomarse un descanso en el momento exacto. Lleva toda la mañana sonando su teléfono móvil que no piensa coger, a menos de que sea realmente importante. Mientras termina de leer la sección Nacional del periódico, el teléfono vuelve a vibrar, y en el recuadro azul está escrito el teléfono del centro diurno.

-¿Sí?
-Hijo, hijo- era la voz de su madre entre lágrimas. Omitiremos la gran cantidad de tacos de la conversación, ya que es debido a una enfermedad y sería morboso y de mal gusto- Hijo ¿estás bien?
-Claro mamá
-Es que está saliendo por las noticias que ha ocurrido algo donde trabajas. Un loco ha secuestrado a alguien y
-Ni idea mamá, ¿cómo estás tú?
-Bueno…
-Oye mamá, no tengo tiempo. Y tranquilízate que estoy bien
-Vale hijo… que te quiero mucho, que te cuides y que no llegues tarde que sino creo que no vienes y…
- Un beso mamá

Dejó el móvil encima de la mesa, justo alado de la escopeta de cañón recordado con la que había vaciado tres cargadores sobre 35 personas hacia solo 15 minutos. Terminó de comerse la ensaimada, justo, y como a él le gustaba, con la parte central. Observó los cadáveres inertes desperdigados por la cafetería y le parecieron especialmente bellos. Era como estar bajo una ola del mar que se desliza sobre la orilla arenosa. La policía acababa de llegar y aún tardaría unos 10 minutos en entrar por la fuerza en el local, ya que no saben si le quedan balas y disparará contra ellos, tiempo suficiente para leerse la sección de sucesos, a ver que dice hoy…

martes 20 de mayo de 2008

Erre






Para escritores Francia, piensa. Va a la cocina y trae dos cervezas para no hacer tanto viaje. Suena el teléfono pero no lo coge, cree que puede ser Sofía y la idea le resulta deliciosa. Experimenta una sensación de triunfo, el muy imbécil. Se frota los dedos.
Sufre un ataque de sinceridad, mira las litografías de Saura y le conmueven las figuras femeninas. Tras un par de segundos mirando fijamente las imágenes, admite que la necesita, el muy imbécil. Enciende el equipo de música, se siente poderoso a pesar de todo y escoge algo de música clásica potente, Goldberg o algo por el estilo que le sirva para fingir evasión. Se encomienda a Zola y a la tal Ajmatova. Como buen imbécil, fuma por costumbre, no por ganas. Comienza:

Erre se aloja en el Aletto Kreuzberg. Es asiduo a las tertulias de absolutamente todas las cafeterías del distrito, especialmente las dos o tres que custodian las entradas de la Heinrichplatz. Para los parroquianos del Würgeengel se trata de un poeta mediocre, de tercera. Por ello se cuidan muy bien de mantenerlo cerca como prueba indiscutible de su superioridad sobre algo o alguien, no importa qué.
Los fines de semana hace circular algunas plaquettes con versos sobre una mujer de ojos marrones y entre sus homólogos son acogidas con chanta, pero entre las mujeres que acuden a esas reuniones son pocas las que pueden presumir de tener los ojos de tal color, por lo que dos mujeres comienzan a atribuirse la inspiración de los versos del, por otro lado, despreciado poeta. A pesar de lo insignificante de su poesía, los caprichos de las dos jóvenes comienzan a levantar desazones entre los acólitos de las fondas, endogámicos como todos y cada uno de los círculos literarios de cualquier lugar que se precie. A pesar de lo anecdótico, vale decir que el Würgeengel recibe su nombre de la película del mismo director que a su vez da nombre al prestigioso cóctel de la casa, el ‘buñueloni’, que por cierto es el más odiado por Erre, apasionado detractor de la ginebra.


Se detiene aquí. Relee las líneas sin demasiada satisfacción. Frunce el ceño, piensa en Sofía y baraja la posibilidad de llamarla. Inmediatamente aparecen Flaubert y Géricault en el escritorio y le dirigen una mirada severa. A pesar del asco que le profiere el primero, comprende el mensaje, desecha la idea y espanta los dos fantasmas chasqueando los dedos. Revisa su guía de Berlín; no tiene las ideas claras. No sabe como continuar. Se imagina allí, es fácil. Enciende otro cigarro. Vuelve a sonar el teléfono. No se molesta en mirar quién es. Cuando el sonido cesa, vuelve a su tarea con fuerzas renovadas.

Erre asiste a unos cursos de verano sobre la influencia del pensamiento de los analíticos alemanes del siglo XIX en la pintura. Fueron los problemas conyugales de sus padres el motivo por el cual accedieron a pagar el curso, contentos de quitárselo de en medio sin preguntar demasiado.
La despedida fue extraña. Se sentó en el lado opuesto del autobús y no pudo despedirse de H mientras se alejaban de la estación. Pasó la mitad del viaje manoseando una moneda pequeña con la efigie de una mujer acompañada de la inscripción: Confederatio Helvetica, que no supo asociar a ningún país; la otra mitad osciló entre el moqueo autocompasivo –se sentía egoísta- y la lectura de las cartas de Rilke.


Otra pausa. Abre el cajón y extrae las fotocopias que hizo a escondidas de los diarios de Sofía. Empieza a leer frases en las que se hace referencia a un hombre que sabe perfectamente que no tiene nada que ver con él. Un malestar le trepa las piernas como una enredadera, se instala en el estómago, desarrolla espinas. Se levanta y abre la ventana. Cambia la música, escucha una canción que le recuerda a Eme. Es triste. Nota una mejoría, guarda las fotocopias y humedece ligeramente las yemas de sus dedos.

Dos semanas después de su llegada conoce a una camarera, A, así que casi olvida a H y comienza a acudir muy a menudo a la cafetería donde A trabaja, que está en la misma acera que su hostal. Suele aparecer por allí alrededor de media hora antes de tomar el metro en Kottbusser Tor para asistir a sus clases. Sin embargo, las clases son aburridas y no tarda demasiado en pulirse los días entre la cafetería de A y los bares de Kreuzberg.
Los domingos Erre se levanta temprano y escucha las variaciones de Goldberg a orillas del Panke. No sabe nadar y la rabia del piano hace las veces de flotador. Piensa que es un chico bastante corriente, a veces cierra los ojos y piensa en A, otras en H...

Su compañero de piso entra en la habitación y le pide que baje la música. Aprovecha la ocasión para pedirle tabaco, pero sabe de antemano la respuesta. Al salir tropieza con varias botellas de refresco de Cola, esparciéndolas por el suelo.
Él sonrie al imaginar la cara de aquel en cuanto compruebe que no queda gas. Intenta concentrarse otra vez. Su mente es invadida por la prosa torpe de los diarios de Sofía. Se retuerce en los siete metros cuadrados de la habitación.
Enciende otro cigarro, pero no lo toca. Y ahora qué, se pregunta. Baja la pantalla del ordenador portátil. Seguirá escribiendo mañana. Rebusca entre los montones de papeles de la facultad y encuentra el sobre que buscaba, escoge un folio no muy arrugado y piensa en escribir una carta amarga, que duela. Y ahora qué, vuelve a preguntarse. Se siente avergonzado y decide acostarse, pero sabe que será difícil a causa de la cafeína, entre otras cosas.

martes 5 de febrero de 2008

La Oración del Solitario

Benditas noches de desvelo. Benditos rostros iluminados por un portátil. Bendita sensación de suciedad en la cama. Bendito silencio de la 1:45 a.m. Benditos gestos agridulces. Bendita sea la programación de los martes por la noche, con sus series ya vistas, y sus programas de entrevistas de formato tan falsamente canalla y tan gastado. Bendito deseo de dormir, y bendita imposibilidad de hacerlo. Bendita sensación de frío en las puntas de los dedos de los pies. Bendita sea la soledad. Bendito vacío existencial. Dios bendiga las partidas de solitario imposibles, de madrugada, y todas y cada una de las veces en las que te das cuenta que por muchas veces que busques por la baraja, la reina necesaria para terminar la partida esta debajo de ese inamovible seis de picas.

Dios bendiga la derrota y la resignación cotidiana ante la vida con nocturnidad y alevosía. Dios lo bendiga.

Texto: Pepe Ruiz

Música: Dos versiones. O silencio absoluto y ascetico, o un tema de Jeff Buckley llamado Hallelujah

sábado 26 de enero de 2008

Historia de lo nuestro

El Maravilloso atardecer del verano de París. Mientras el sol se ponía por el trocadero, y los últimos y naranjas rayos reflejan contra las sucias aunque siempre románticas aguas del sena Frederich cruzaba le pont d'austerliz en dirección al piso de unas amigas cerca de le jardin des plants. No podía evitar quedar embobado durante algunos segundos por un contexto tan enajenante, y abstraerse de la cruda realidad del año 1842.

Suspiró profundamente. Le duelen un poco los pies. Lo cierto es que está cansado después de una innecesaria caminata bordeando Notredame y la isla de San Luis. Aunque quizás el dolor de sus pies le hizo olvidarse de sus quebraderos de cabeza. Tan lejos de casa, y sin embargo de algún modo con la omniprensete y castrante figura de su padre que le instaba a quitarse pájaros de la cabeza y a centrarse en lo que se tenía que centrar, el legado familiar, la empresa de textiles que la familia Engels que hacia tiempo que llevaba.

Lo cierto, es que siempre en los momentos de soledad y silencio sepulcral, Frederich almacenaba sensaciones contradictorias sobre el tema. Por un lado deseaba volver, ver a sus hermanos, a sus padres, y caminar de nuevo por las calles de Barmen-Elberfeld. Recuerdos maravillosos de su Alemania natal, y sobretodo la visión la nieve limpia en invierno amontonada en las aceras, y el inconfundible aroma de la chimenea, sentando en su sofá, con su inseparable pipa. Pero por otro lado, el nunca podría volver a una Alemania tan injusta, y tan autócrata, y mucho menos a una familia tan injusta y tan autócrata, donde el no era más que un subordinado de su padre (creo que nunca llegó a perdonarle por ponerle a trabajar tan pronto).

Pensando en todo aquello (en lo bueno y en lo malo, a la vez) cruzó el puente y enfiló el Boulevard de L'Hopitalt. Casualidades de la vida, traición de su subconsciente, choco de bruces con la Gare d'Auterlitz, aquella estación de tren en que recogía a los alemanes que venían del exilio, o la que se llevaba a aquellos que agachaban el sombrero, cogían la maleta y volvían a Alemania. Abrió la pitillera que le regalo su prima. Con mucha tranquilidad se colocó el cigarrillo en la boca. Sacó una caja de cerillas, y justo antes de que estas prendieran con el papel del tabaco, dos golpes dieron en su espalda.

-Oye perdona ¿tienes fuego?- una figura garrapiñante, le había pillado con las manos en la masa
- Claro- Frederich le alcanzó una cerilla encendida al sujeto, que trato de encenderse medio cigarro de liar, con pinta de podrido, sin quemar los pelos de su barba estilo afro- ¿Quieres un cigarro también?
-Muchas gracias, camarada- dijo sonriendo con un terrible acento Prusiano, en un francés medio decente.
-¿Alemán?
-Treveiresiano. En ningún momento dude que usted no era de aquí.
-¿Tengo pinta de turista?
-Pues lo cierto es que no tiene pinta de parisino
-Me alegro de escuchar eso- dijo Frederich
-Se trataba de un cumplido- el anónimo personaje de la barba blanca le guiñó el ojo

Frederich, alegre por haberse encontrado con alguien que hablase de la misma lengua siguió andando, y metiéndose la mano en la billetera antes de entrar a casa de chez fronçois, cuando el hombre del cigarro sucio le grito dirigiéndose a paso rápido hacia el:

-Espera paisano ¿tienes prisa?
-No mucha-mintió
-Mira, no llevo un buen día y... me vendría bien cenar acompañado esta noche. Conozco un buen restaurante, y no queda del todo lejos... y siempre viene bien la compañía de alguien que te entienda sin esfuerzos. Así que... - en aquel momento, Frederich le miró de arriba a abajo, y vio a un podré viajero sin comida y bastante mal vestido, que solo tenía media triste colilla, y quien sabe un sitio donde dormir.
-Si la comida es buena...- le devolvió el guiño del ojo- hace tanto que estoy fuera que me vendría bien practicar el alemán
-¡De puta madre!
-Yo soy Frederich Engels
-Me llamo Karl Marx, pero tú puedes llamarme Carlos, suena como más exótico ¿no?, Carlos, es en castellano. Frederich ¿eh? me suena tu nombre. ¿Hace mucho que estas por aquí? ¿Eres escritor? Porque creo que he publicado o leído alguna cosa tuya. ¡Oh, claro! no te lo he contado. Soy editor, de un periódico. Bueno en realidad era. Bueno en realidad soy Filósofo. Empecé derecho pero no me fue bien, me aburría mucho en las clases, y acabe dejándome, ya ves ¡cosas de la vida! ¿De que parte de Alemania me has dicho que eras?
-No te lo he dicho
-Yo soy de Treveis ¿ya te lo dije no? un lugar precioso, aunque demasiado pequeño para mi gusto, y luego claro, todo se sabe, no puedes hacer algo sin que al final se acabe enterando todo el pueblo y blablablabla. Sobretodo por que mi abuelo, era rabino, y claro, uno no puede hacer nada si es nieto de un rabino. Recuerdo que una vez aparecí en casa con una fulana, había bebido demasiado y no sabía lo que hacía, y finalmente, pensando que no estaban mis padres, entre para cepillármela en su cuarto, y les pille follando mientras aquella guarra me estaba desabrochando el cinturón. Por razones evidentes nunca dijeron nada, y tampoco creo que me guardasen rencor. Son cosas de casa, lo que nunca me perdonaron es que abandonase los estudios. ¡Ay!. Pero no hablemos más de mi. Hablemos de ti. ¡No, no digas nada! Estudias un postgrado
-No yo...
-Chsss, ¡déjame adivinarlo hombre! ingeniero
-No
-Diplomático
-No
-Espía
-Soy un empleado de una empresa alemana de textiles, llevando un negocio aquí en París
-¡Lo sabia! ¿Empresario eh? Vaya cabrones que estáis hechos. Yo soy, bueno era editor de una revista. Y digo era por que hoy nos la han cerrado. ¡Joder! Yo me vine a este País porque se presupone que hay libertad de pensamiento, porque se supone que aquí uno puede decir lo que le de la gana, porque para eso hay presupuesta libertad de prensa pero esto no es más que un sistema excluyente. El gobierno Prusiano les ha presionado y no han dado la cara por nosotros. Lo que me faltaba ya hombre, que me censurasen en el propio exilio. Luis Felipe, rey Burgués, ¡Ja! eso dice lo que son realmente los burgueses, libertad de prensa para decir lo que quieran pero luego a la que puedas decir algo en contra suya te tapan la boca. Me cago en todos ellos ¡Me cago en su puta madre!- en ese momento se empezó a cebar contra un banco de madera.

Frederich y Karl caminaron juntos hasta un caro restaurante del centro de París. La conversación, bueno, el monologo más bien fue agradable para ambos, uno se desahogaba y otro se divertía. En cualquier caso así ninguno de los dos estaba más solo de lo necesario. Después de tres platos, dos botellas del mejor vino, unos buenos postres y un puro, acabó pagando Frederich ya de Carlos descubrió que se había dejado la cartera en las oficinas de la revista, y que mañana pasaría a recogerla. Al terminar la cena Carlos, insistió en enseñarle un cabaret que conocía.

-Si esta aquí alado
-No hombre no, que mañana tengo un negocio muy importante
-No seas rata hombre, ¿no te he dicho que el dinero te lo devuelvo mañana?
-Si pero
-¡Venga kike!- dijo abriendo los brazos para un abrazo- ¡ostia kike!- Aquel carácter tan afable desarmo por completo a Frederich, que haciendo de tripas corazón y previendo una fuerte resaca, accedió.

Después de pasar por un cabaret, un par de locales de alterne, y un último bar donde pagarse "la ultima", que al final fueron un par de botellas más, y al ver que Frederich no podría soportar el pesado cuerpo etilizado de Karl, cogieron un coche de caballos hasta su casa. Todo a cuenta, por supuesto de Her Engels. Karl Cerró los ojos, cansado de la borrachera, y apoyó su baboso cuerpo sobre el distinguido porte de Frederich. Sus últimas palabras de la noche fueron "Kike, mañana te lo devuelvo, de verdad que si, de la buena". La imposibilidad de dicción de Karl provocó que, Frederich, y su portero, le subiesen a casa, y le dejaran apoyado en el sofá.

No había nieve, ni necesidad de encender la chimenea, y se había quedado sin tabaco para su pipa de buenas noches. Un prusiano al que había conocido aquel mismo día, roncaba borracho en su sofá, y estaba demasiado cansado como para repasar la reunión de esa misma mañana ya que estaba amaneciendo, pero era casi como estar en su casa. Dejó escrita una nota sobre la mesa "hay café recién hecho en la cocina, espera a que vuelva".


Relato: José Ruiz Andrés

Fotografía: Aída Quiensinó

martes 22 de enero de 2008

Onanismo Masoquista

Una esfera de música envuelve el lugar. Una esfera humenate de música y de sentimientos confusos. Somos jovenes. El ambiente casi parece que se deposita sobre el suelo y construye una estructura difusa, pero inamobible y pesada, como el polvo acumulado y fosilizado a lo largo de glaciaciones. Y nuestros tres rebeldes estan apoyado contra la pared, sobre un colchon sucio que les preserva de una infecta y peligrosa tarima de madera. En un colchon que levanta un palmo del suelo, y ellos, ademas de borrachos se sienten en la cima del mundo. Como ya he dicho, somos jovenes. Ellos se sienten diferentes, y porque no, en un foro interno e inconfesable seguramente superiores. Caminan por la calle pensado que tienen la verdad universal, o tal vez la soberania real del mundo, o tal vez una pasajera inmortalidad que parece eterna, o una particular y subjetiva forma de sentirse vivos. Sienten ser la vanguardia, o tal vez un término que esté mucho más alla. Una vanguardía con negras bufandas colgantes y cazadoras viejas, con las zapatillas gastadas, que trasnocha y que conspira. Una vanguardia a tiempo parcial.
Aquí estan de nuevo otra vez, desafiando los límites de la civilización occidental, desde un ordenador portatil, desde algún cine de reestreno, desde marginales conciertos de jazz, durmiendo en pantalones vaqueros, sobreviviendo a base de café y cerveza, colandose una vez más en el tranvía, escuchando a Bob Dylan en el Mp3 (no hay dinero para un Ipod).

Lástima que la civilización occidental, sea una realidad tan esférica, y que contemple la moralidad, la heroina, Hendel, Bad Religion, Bukowsky, Dan Bronw y Volldam, y que realmente, ellos, y todas las demas celulas operativas, constituyan el virus debilitado de la vacuna generacional del mercado mundial. Con lo bien que lo estamos pasando.

viernes 11 de enero de 2008

La Vida Inadvertida

La mano se introduce en un colosal bol de palomitas. El recipiente es tan grande que si nos cayéramos dentro, los servicios de rescate encontrarían nuestros cuerpos sin vida, desecados por la alta concentración de sal. Menos mal que no estamos ahí.

La mano en si pertenece a un sujeto, del cual no diremos su verdadero nombre, aunque para entendernos, le llamaremos Francisco Fernández. Su nombre real es de origen polaco, (impronunciable para nosotros), aunque él sea natural de Almussafes. Sus padres tampoco son polacos, ni sus abuelos. De hecho su relación con Polonia se limita a su nombre. Los motivos de su exótico nombre son simplemente haber nacido en la década de los ochenta, años en los que además de esta se tomaron otras muchas decisiones estrafalarias.

Dejando a parte el tema de su extraño nombre, Francisco Fernández llevaba una existencia monótona y previsible. Después de estar 5 minutos con él puedes conocer perfectamente todas las acciones que realizará hasta que a los 76 años muera de viejo, en la habitación 512 del Hospital General Provincial. Se trata de la clase de persona que no estorba, pero que tampoco destaca, una presencia no desagradable pero si aburrida. Se trata de simplemente alguien más.

Nació en el año 1983, en una cama de la planta de maternidad del Hospital de la Fe, en Valencia. El parto fue breve, y el niño nació sin ninguna complicación. Creció sano, sin contar con los episodios de gripe anuales en invierno, y aquella semana que paso con el brazo escayolado al resbalar con una capa de grava que había sobre el campo de fútbol del patio de su colegio. Su primer recuerdo se remonta a los 3 años. Se trata de un breve instante en su memoria con la imagen de una rodaja de mortadela contra una pared blanca. Nunca fue un estudiante brillante, ni un atleta, pero nunca se metió en ningún lío. Le gustaba mucho ver la televisión, aunque siendo el menor de tres hermanos, nunca dispuso del control del mando a distancia, hasta que estos dejaron de interesarse por el aparato. Un par de año más tarde el también lo hizo. En cuanto la adolescencia, un episodio de acné que duró un año, algún ocasional suspenso, algún desengaño amoroso, y un muy sudado carné de conducir ante la crueldad de los examinadores.

Sexo casual, salidas regulares con su círculo de amigos, conversaciones intrascendentes, posicionamiento parcial con el equipo de fútbol de su ciudad, amante de la comida a domicilio, las películas de acción y los domingos caseros como este. Otra forma de felicidad.

Rebaña el bool de palomitas, aunque aún le quedan muchas para llegar al fondo. Sus padres se han ido de fin de semana, y sus hermanos ya han conseguido una seudo- independencia. En la apacigüe soledad de su salón, en un momento de dialogo en pantalla y mientras traga, cae en la cuenta de que millones de idénticas gotas impactan contra el cristal. Se sorprendió de no haber oído la lluvia hasta ese momento. “Llueve”, pensó. Y mientras todas las clónicas gotas se estrellaban contra el cristal, el arroyaba con su mano el mayor número de palomitas posibles, de insignificantes y aparentemente homogéneas palomitas del universal cuenco. Una de esas millones de palomitas que son deglutidas por tantas y tantas personas anónimas en sus casas, los domingos por la tarde.

Después de aquella tarde, Francisco Fernández, continúo con su existencia. Se graduó en económicas y acabó trabajando de contable, primero para una empresa de construcción, que quebró a principios de la primera década del 2000, y posteriormente, tras un largo año de paro, para un taller mecánico, donde le pagaban menos, pero que le pillaba más cerca de casa, le daban más horas de descanso y eran mucho más flexibles con el horario. Un año antes de terminar la carrera, conoció a la amiga de un amigo en una cena en casa de este, y tras 5 años de largo noviazgo, decidieron casarse por la iglesia, pese al mal trago de oír su extraño nombre pronunciado en las barrocas paredes de la Iglesia de su pueblo. Tuvo dos hijos, chico y chica, dos niños normales que nunca le dieron problemas, salvo los recitales de piano de la hija, que en su foro interno constituían una de las experiencias más aburridas que el jamás había pasado, pero de las cuales nunca se escaqueó.

Con los años, Francisco Fernández se fue desinteresando cada vez más de las noticias, el fútbol, los amigos y el sexo, envejeciendo de manera evidente, y recuperando su pasión por el televisor, mientras sus hijos se independizaban y su mujer se dormía en el sillón de al lado. Tras un empeoramiento de salud repentino, murió a la semana de estar en el hospital. Un caso médicamente previsible.

En su entierro, bajo su lápida, una corona de flores llevaba una banda que decía “jamás te olvidaremos”.

Texto: José Ruiz Andrés
Música: No surprises (Radiohead)


miércoles 19 de diciembre de 2007

caminito del olvido

Te suplico que no pienses más en eso, le repetía una y otra vez aquel hombre de la cara totalmente roja, no obstante enjuto y de cabeza severamente despoblada. Por favor.
No parecía tener autoridad ninguna, ni experiencia que transmitir, pero en su desesperación parecía desear realmente que aquel hombre se calmase. Era, en cierto modo, bastante patético. Su compañero volvía a la carga con las lamentaciones. No, no puedo, he de volver, mi hijo…
El hombre delgado, cada vez más sudoroso, negaba con la cabeza.
Tu hijo no tiene nada que ver en esto, tienes que dejarle hacer su vida, escúchame, tienes que dejarle en paz, le gritaba susurros roncos al hombre de pelo canoso que miraba a todos lados y se apretaba la cabeza, dejando entrever al menos 15 años de fumador.
El hombre del pelo canoso tenía la cara picada y por su cuello trepaba un tatuaje azulado, prácticamente oculto por su jersey de algodón exageradamente grueso.
Se rascaba la cabeza como si tuviese un gremlin arrancándole los pelos, muy agitado:
Pero es que tú no lo entiendes, no tienes ni idea, ¡Joder!
Sus dos figuras se agitaban violentamente en los asientos de plástico, mientras el vehículo crujía en cada curva.

Mi parada llegó cuando el hombre más pequeño, el calvo rojizo, se echó a llorar.

cucaracha homicida (tiempo y verguenza en su justa medida)

jueves 13 de diciembre de 2007

pero sigo vivo gracias a la vitamina C

“El día que quiten lo de los pollos no sabré llegar a tu casa”

finjamos entonces, que no olemos
el cadáver en el asiento de atrás,
esquivando metal a 150 km/h para que parezca
que no va con nosotros
el vaivén de la agonía,

hagamos los recados como buenos hijos
desde lo alto señalando con el dedo a los disidentes
volviendo a casa por Navidad
al encontrar las calles atrancadas con silicona en la cerradura
siempre que no es viernes

aplaudamos al resto con esa tristeza presente
que va hundiéndose en nuestro pecho
sin darnos cuenta
viendo toda esa gente que va a los cines a llorar
y se secan los ojos,
al salir,
con la sal de su comida
a falta de algo
mejor

ya sabes,
asomarse a la ventana y no ver al pueblo adorador
ni siquiera una sonrisa en tu espejo
que nos ahorre la duda,
y llegar a ver tus ojos a fin de mes
aplaudiendo con las pestañas; apartando
el aire
frío
que se ensarta en los dedos
y te hace dudar de nuevo acerca de
si escribirás alguna vez algo
lo suficientemente bueno

mientras yo, más clásico,
me inclino por preguntarme
por qué somos éxodo
en los lugares cerrados
ajenos al tiempo que,
quizá
espera preguntas
más simples.

lunes 26 de noviembre de 2007

Escrito Tipiquísta nº1

Secuandando la inciciativa de Madmoiselle Quiensinó, y considerando el tipiquismo como un mundo a explorar, ahí va un escrito que yo considero tipiquista. La definición del termino, la podreís encontrar en su blog, aunque de hecho aún se sigue definiendo. Esto es mi visión personal de lo que puede ser el tipiquísmo. Seguro que hay diferencias, ya sabeis, no es lo mismo el impresionismo de Monet que el de Renoir (mujajajaja, mascad mi pedantería). Por último, antes de empezar, recordad que esto es un comienzo, y que los comienzos son dificiles, mejorables, y generalmente no se entienden. Ahí va una obra para la causa.

Charlie Parker, Investigador

La tarde 25 de noviembre, Charlie Paker, investigador privado, descendía las escaleras que conducían al “O’ Malley’s”, uno de los pocos antros de Queens donde se podía estar a salvo del mundo los domingos por la tarde hasta que cerrasen.El hecho de que al volver arrastrándose a casa, después de un considerable número de vasos, no le esperaría nadie, no era ni mucho menos un motivo de tristeza.


Es más, había un cimiento importante para su personalidad y su autoestima en el saber que él no era la clase de persona que se casaría con una preciosa y tonta mujer, que envejecería con él, criando hijos en un adosado de Nueva Jersey. No, el no soportaría criar a un Timmy, una Maggie y un Charlie Jr, mientras su mujer, preñada de nuevo, se levantaría a las 6 de la mañana para preparar el desayuno dejando la cama fría una hora antes de que el se levantara. Cortar el césped, barbacoa los domingos, y sexo políticamente correcto los sábados pares de cada mes. Antes que todo eso prefería la cómoda soledad y pagarse putas toda la vida.


-Hola Brian, lo de siempre
-¡C!, cuanto tiempo sin verte por aquí ¿Qué hay? ¿Qué dices?
-Digo que me pongas lo de siempre- Charlie no aguantaba la jerga juvenil, que Brian O’Malley, último sucesor de la dinastía O’Malley, empleaba con él, pero sobretodo no soportaba su innecesaria conversación, el solo estaba allí para tomarse una copa y esperar a alguien.
-Con tanto tiempo sin venir creí que te habrías casado- después de dos segundos de pronunciar la última letra de la frase, hasta el se dio cuenta de que no había tenido gracia.- Dry Martini, aquí tienes Charlie.


“Este puto crío no comprende la diferencia entre mezclar y agitar” Lo cierto, es que el Dry Martín es la clase de combinados en los que una mala mezcla puede resultar bastante desagradable. Aún así, se lo bebió de un trago y sin pestañear, quería evitar cualquier conversación con Brian.

-Casi se me olvida, C, un chofer ha pasado por aquí y ha dejado una nota para ti- Charlie puso un extraño gesto al leer la nota, una sonrisa torcida, la clase de expresión que pone una persona que no le gusta la lluvia y comprueba en sus propias carnes que sabía que iba a llover. En la nota, escrito con una caligrafía de la alta sociedad, ponía “ lo siento, pero hoy no podrá ser”

Arrugó la nota en su bolsillo, pidió esta vez un Manhattan, y se encendió un cigarrillo. El bar estaba casi desierto, el humo flotaba por toda la instancia mientras poco a poco desaparecía y se alejaba. Charlie no había mudado aún su gesto y recordaba a su cliente de esta mañana, que acababa de darle plantón.

7 horas antes, Charlie Parker, investigador privado, llegaba a su oficina con barba de un par de días y la corbata mal abrochada. La noche anterior no había bebido tanto, pero un hombre a veces se merece un respiro, sobretodo si es su propio jefe. Sin demasiada risa pero sin entretenerse, subió las tres plantas que había hasta su despacho, y se encontró alguien esperando en el banco de madera que había junto a la puerta.

Lo cierto es que no se puede decir que Charlie fuese un hombre disimulado, y dedico un par de segundos a mirarle las piernas, pero ni siquiera a ella le dedicaría un gesto de aprobación, simplemente observó como se observa un periódico sobre la mesa del desayuno. Sacó un paquete de cigarrillos y se encendió uno, mientras seguía de pié, aunque esta vez esperando a que ella se dignase a mirarle. Pero su educación victoriana seguramente le impediría comenzar una conversación con alguien que no era de su mismo sexo, ni de su misma clase social.

- ¿Es usted Charlie Parker, el sabueso?- aquello le sorprendió a Charlie, no solía equivocarse
- Nosotros, o por lo menos yo, preferimos llamarnos investigadores privados
- Como sea
- En cualquier caso ¿Quién lo busca?
- Mi nombre es Natalie Le Gardon, y en el caso de que usted fuera quien yo busco, quisiera contratar sus servicios.
- A, es usted una cliente- el hecho de tener un cliente en tanto tiempo casi fue algo sorprendente- pase.

Al abrirle la puerta y dejarle pasar primero, se descubrió volviéndole a mirar las piernas, unas delicadas piernas en una discreta moral y decorosa falda, que combinada con su mirada entre el desprecio, el recelo, y la lascivia, resultaba de lo más erótica. Su despacho no era el lugar más idóneo donde iniciar un contacto sexual, resultaba sucio, y desastrado. Papeles, ventiladores, un ventanal estropeado, y un ventilador para menguar el sofocante verano de Queens, ahora ya tan lejano. Pese al brillo insinuante de sus ojos, y el rítmico movimiento de sus pasos, sus gestos al moverse por el despacho reflejaban ante todo asco, pero bueno, él no podía pagarse sirvientes.

-Usted dirá
-Mi padre, Sr. Parker, es un hombre ya mayor, y por lo tanto fácilmente impresionable. No debe de quedarle ya mucho tiempo, 6 meses o quizás un año, y ha empezado a frecuentar la compañía de un hombre. Su nombre es Gustav Grindderman. Es uno de los principales subalternos de la empresa de mi padre, Spanish Oil Co., se dedica a la exportación de aceite de oliva. Pues bien, no me fío de ese hombre, y creo que su intención es hacerse el hijo para figurar en su testamento. Como comprenderá, como principal heredera no me resulta un hecho agradable. Me gustaría que averiguase quien es ese hombre y que pretende - Charlie tomaba notas todo lo deprisa que podía.
-Más despacio señorita Le Gardon.
-No puedo ir más despacio, llevo mucho tiempo esperando ahí fuera y tengo otras reuniones hoy. ¿acepta el trabajo?

Además de no resultarle un asunto limpio, era obvio que la chica mentía y que seguramente fuera una hija interesada que busca quitarse de en medio a la competencia. Por el contrario, hacia semanas que no le salía un caso, y el último tipo decidió no pagarle. No sabía cuanto tiempo más podría esquivar a sus acreedores. Al ver que el tiempo transcurría y que Charlie no decía nada, ella le dio una tarjeta con su dirección y su número de teléfono, y le dijo que considerase la oferta. Un segundo antes de que cruzase la puerta ella se dio la vuelta y le preguntó:

-¿Le gusta el Jazz, Señor Parker?
-Lo detesto
-Que lástima- Puso un gesto extraño y desapareció por la puerta.

No tardó ni seis horas, en llamarle, ya que dio un rápido vistazo a su balanza de pagos. Para obtener un poco más de información, el pensó en el “O’Malley’s”, jugando en casa uno no se espera sorpresas. Pero aquel plantón cambiaba definitivamente las tornas. Había caído en su red, y sabía que había demasiados detectives privados en Nueva York y muy pocos clientes, y que tendría que hacer lo que ella dijese cuando dijese, porque no dejaba de ser un trabajador que necesitaba su salario. Verse atrapado por ella le producía sensaciones complejas. Por un lado la odiaba, y por otro le atraía. Detestaba su dinero porque aquello le convertía en su subordinado y a la vez lo necesitaba.

Subió de nuevo las escaleras que le llevaba a Nueva York, de noche ahora, y se puso al trabajo.

lunes 12 de noviembre de 2007

Poesía de bolsillo

Poetas que se masturban
en islas desiertas.
Cruces gamadas impresas
en las almohadas.
Gente que transita
sin prisa ni remedio.
Calles que son llevadas
a los lugares indicados.
Mi vida al revés,
con los pies colgando.

domingo 11 de noviembre de 2007

El frío en septiembre

( 1º Parte, a modo de edición de prueba de los seriales de televisión)

Mi tren salía a las 10:36, en dirección al centro de la ciudad. Mis dedos recorrían el metal frío del pasamanos al pasar por escaleras de la estación que lleva a los pasajeros hasta el andén número 2. La estación tomaba aspecto de edificio en obras por la mañana. Las tonalidades grises se fundían con el cielo y viceversa, una isla entre el mar de césped de un verde totalitario. En mi cabeza los abusos de la cebada negra aplicaban métodos de tortura china a mis neuronas, lo que viene a ser llamado una señora resaca. Mientras esperaba, recordé las fotografías de la noche anterior, la despedida de Amaia y el grupo de estudiantes coreanos, mi intento en vano de escribir algo coherente al llegar a casa y la frustración de no haberme atrevido a besar a Gaëlle. El tren me sacó de mis pensamientos y abordé el vagón junto a una marabunta de niñas enfundadas en ropa deportiva rosa que despertaron mi rechazo enfermizo por tal color.
La línea del tranvía que enlazaría con el aeropuerto no estaría preparada hasta dentro de dos años, así que debería cruzar buena parte del casco antiguo hasta tomar uno de esos citylink en los que se hacinan jóvenes, turistas de clase media y algún que otro policía de incógnito. Lo último que me apetecía era coger uno de esos taxis, así que no había otra alternativa.
El recorrido desde Howth hasta la estación central de la ciudad duraba por lo menos 40 minutos. Mientras sacaba toda la parafernalia necesaria para escuchar música en el tren, miraba de soslayo el cristal; a través del cual proyectaban una película de vegetación interminable, de un verde esmeralda apagado, como el contenido de una cazuela de acelgas humeante. Sería inútil intentar convencerme de que todo aquello carecía de dimensión dramática para mí. Lo cierto es que cada metro de vegetación que dejábamos atrás se cargaba en mi espalda como un saco de arena, uno tras otro. Apoyé los pies en el asiento de enfrente, que ya tenía el tapizado, también verde, muy ennegrecido –supuse que el mío estaría igual- y encendí el reproductor. Gaëlle me había entregado un cd virgen, sin marcas de rotulador ni nada parecido que diese pista alguna acerca del contenido, pero yo sabía que contenía algunas canciones suyas, como regalo de despedida. Al dármelo incluyó en el lote una sonrisa que no me atreví a recoger.
Meses después me enteraría que estudió en el conservatorio de Marsella desde los 5 años, que había girado por toda Francia, incluso Canadá, ganando certámenes y participando en todo tipo de actos con la guitarra española.
-Algún día iré a Madrid de gira y te mandaré entradas para que vengas a verme- dijo la noche de antes, consciente o no de lo que aquello significaba para mí. Le imaginé en el quirófano, vestida para operar, sacándose veneno de sus ojos verdes para inyectármelo directamente en el pecho mientras un yo ajeno a la función, anestesiado y tumbado en la mesa metálica de su laboratorio maligno, iba bombeando el líquido hacia cada extremo del cuerpo.
Sabía que en la oficina me preguntarían si habría echado algún polvo con alguna de las compañeras de congreso, con alguna extranjera compañera del congreso. Javier, el jefe de recursos humanos, era la clase de gilipollas al que había que conquistar con fanfarronadas, y no hubiese admitido un "nada de nada" por respuesta después de casi 5 semanas pagadas por la empresa, si no que exigiría al menos una historia bien cargada de detalles. Podría decir que me enamoré de una niña de 17 años, pero decir la verdad no era una opción.
Al contrario, inventé una historia acerca de alguna de las cenas extra-oficiales con mucho whiskey y alguna congresista alemana con el tacón roto que necesitaba que le llevase hasta el hotel. Pura mierda, sí, pero perfectamente creíble: pan et circus.
La empresa estaba interesada en cubrir a las tantas compañías asentadas en el Holyrood Park, una especie de mega-recinto financiero que albergaba a las sucursales de las empresas del sector de las nuevas tecnologías. El Irish Tiger, organizaba en septiembre un congreso sobre recursos legales en el marco del mercado tecnológico al que fui en calidad de representante de la asesoría. Aprovechaba el viaje para hacer un curso de idiomas, inglés aplicado a las relaciones empresariales en el Trinity College, con todos los gastos pagados por la empresa. Aparte de los 4 meses en los que estuve haciendo el máster en Frankfurt, jamás había salido de Madrid.
Jamás intenté explicar a Pau, mi mejor amigo, ni si quiera a mi hermana el motivo por el cual perseguí a Gaëlle cada noche. Acepté el curso de los acontecimientos siguiendo la idea de Schopenhauer: toda negligencia es deliberada, todo encuentro casual una cita, todo está predispuesto por el hombre en un estado anterior, dando por imposible cualquier razonamiento crítico.

Cucaracha Homicida (tiemble señor Marías)

jueves 8 de noviembre de 2007

Casablanca

Mientras nuestras manos se entrecruzaban despacio, el automóvil se dirigía vertiginosamente hacia las afueras de la ciudad. Avanzaba como un león hambriento, feroz e inevitablemente hacia la presa. Tan feroz e inevitable como el tiempo.

Porque de hecho, el tiempo transcurría, ahora que el final estaba tan cerca, demasiado rápido, y tan lapidariamente como los nazis sobre Francia. En el voraz transcurso de los segundos y los metros sobre carreteras secundarias, nuestras manos se entrecruzaban despacio, volviendo a reconocerse. Prometo que fue el segundo más lento de mi vida. Un segundo intenso, a cámara lenta, mientras la realidad no dejaba de acelerar. ¿Demuestra esto la relatividad del tiempo de la que hablaba Albert? ¿Tiene que ver con aquello de que si una persona, en un viaje sideral, si supera la velocidad de la luz, envejece mas lento que una persona que se queda en la tierra, y al volver, envejece el doble de rápido?

Sentada en el asiento de al lado, mirando por la ventana, de manera nerviosa, tú temías por tu suerte y deseabas llegar a tiempo. Observabas como el tiempo no pasaba todo lo deprisa que debía pasar, acariciando mis huellas dactilares, inconscientemente, aliviando, solo por un segundo, el inevitable hecho de tu marcha, mientras nublabas cualquier perspectiva de futuro, congelándome justo en aquella sensación, relativizando el tiempo.

Resulta curioso, como el tiempo describe sensaciones tan aleatorias en el mismo momento, en relación con las distintas personas que lo experimentan. Para ti, todo transcurría demasiado despacio, y para mi demasiado deprisa. Los significados de las palabras deprisa y despacio variaban por completo según quien de los dos las estuviera escuchando.

Los hechos que ocurrieron después de que bajásemos del coche, sucedieron tan rápido como había previsto. El avión esperaba, había tiempo de sobra para facturar, embarcar, ir al baño y despedirse. Ahora te recuerdo recorriendo con una sonrisa en el pasillo de los baños de la Terminal 2 del aeropuerto, mientras te observaba inmóvil, como apunto de ser embestido por un trailer de varios ejes. Sin decir nada nos abrazamos, y nos besamos, y el tiempo transcurrió a dos velocidades al mismo tiempo, como antes, tan deprisa, y a la vez tan despacio.

En el filo de los momentos, la gente demuestra ser lo que realmente es. Entre lágrimas, te pedí que te quedases, aún sabiendo que era imposible. Me besaste por última vez, y prometiste volver a verme. Y agachando el ala del sombrero, di medía vuelta, y me dejé arrastrar por la cinta transportadora hasta el aparcamiento.

No soy Rick. He demostrado no serlo. Supongo que por protegerme, creo que nadie es Rick. Ni siquiera él, él era Bogart, y quiero creer que Bogart y Rick habrían actuado de manera distinta. Quiero creer que Rick no existe.

Tu avión se aleja contigo dentro. Yo estoy en el supermercado cerca del apartamento, y compro una botella de Smirnoff y unas galletas mantecosas, evitando el planteamiento de las preguntas, sensaciones y lamentos que siempre surgen en estas ocasiones. En mi cuarto vaso consecutivo, imagino un extra de la película de Casablanca, en la que Bogart, tras despedirse del policía francés hasta el día siguiente, abre un paquete de galletas.




Texto: Pepe Ruiz Andrés
Fotografía:
Blanca Ruiz Andrés
Montaje fotográfico: Aída Prados Cano

Marco- Escenico:
París (Francia)
Inspiración: Aída Prados Cano


viernes 19 de octubre de 2007

El "yo" estatico

"Bendita individualidad. Parece que la historia a querido traernos justo hasta aquí, muy adentro del bosque, para que nisiquiera todo el pan del mundo pueda hacer un rastro de migas que nos pueda hacer volver a casa, o por lo menos ayudarnos a salir. Aunque últimanente empiezo a pensar que la humanidad representa todos los papeles en esta comedía infantil. La humanidad es el npadre que abandona a sus hijos, el hijo que se pierde en el bosque, y la bruja de la casita de chocolate, habirenta y esperando..."
-"Giorgio Strehler"-

Hace días que no salgo del tercer piso de la biblioteca. Bueno, eso es mentira a efectos puramente fisicos, pero hace muchos días que me refugio en el tercer piso de la biblioteca para protegerme. Dejo el tiempo transcurrir durante horas, sobre una silla incomoda, sobre una mesa icomoda, siempre con el mismo chico que esta al otro lado de la mesa. Visito con regularidad la pagina de www.ajedrezonline.com. Suelo perder. De hecho, en mis últimas diez partidas, solo he ganado una, y solo en 4 fui un digno adversario y no me retiré al cuarto movimiento. Nunca fuí muy bueno al ajedrez. Recuerdo las largas partidas contra mi padre y lo frustrante que resultaba perder siempre. Me pregunto si cuando sea padre me dejaré ganar por mi hijo. Me pregunto si seré padre. Me pregunto si saldre de aqui. Me pregunto si quiero.

Lo importante no es ganar al ajedrez. No sabría decirte que es importante, pero en esto te puedo asegurar que no es ganar. Se trata más bien de jugar, de matar el tiempo de un modo que no duela, de realizar una actividad completamente anodina, intrascendente. Es lo bueno del ajedrez. Cuanod ya has jugado muchas partidas te das cuneta de que realmente es un proceso mecanico, y que debe de haber una manera de calcular todas las variables de una partida (los ordenadores lo hacen). Al convertirse en un proceso tan mecanico, resulta un metodo perfecto para taparse los ojos mientras el tiempo pasa.

Todo se vuelve absolutamente mecanico: Jugar al ajedrez contra adversarios que desconozco, leer novelas y ensayos, en el piso más alto donde no hay nadie, o donde la gente está de paso. Me resulta una sensación agradable ver entrar y salir a la gente y observar que yo sigo aquí, tranquilo y seguro en mi existencia mecanica y rutinaria.

Y cada vez que vuelvo al tercer piso de la biblioteca es como si una gran parte de mi se hubiese quedado aquí y no quisiera salir y no pudiese convencerla. Y al sentarme en el mismo sitio de siempre noto una ligera sensación de recogimiento, la misma sensación que estar despierto bajo las sabanas en un día triste y hacerse el dormido. La misma sensación reconfortante que resulta pegar una figura de porcelana baratada de un todo a 100 con un poxipol. Un trabajo bien hecho.

Texto: Pepe Ruiz
Música: 15 steps (Radiohead)

lunes 8 de octubre de 2007

Arte en las calles

Nació como una iniciativa poética pero pasó de boca en boca convirtiéndose en una ACCIÓN ARTÍSTICA.
¿El objetivo? Demostrar que EL ARTE VIVE, en todas partes, a todas horas, con apoyos económicos y sin ellos, que en este siglo LA SENSIBILIDAD TIENE VOZ y pretende ser también ARMA.
Desde hace un tiempo internet está moviendo a grandes poetas, fotógrafos, músicos y demás, muchos de ellos reconocidos y premiados, muchos otros anónimos.
El Arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es lo que hace que el humano sea Humano.Se ha establecido que el día 30 de Noviembre vamos a concentrarnos en distintas ciudades de España, para poner al alcance de todo el mundo, de una manera gratuita el arte canónico y periférico.
Cada ciudad establecerá el lugar y la hora exacta a través de los comentarios que iréis dejando en www.arteenlascalles.blogspot.com y cuando esté todo claro lo difundiremos de una manera oficial a través de radio, tv y periódicos.
Pero hay algo muy importante:
ESTO NO PUEDE FUNCIONAR SIN TU AYUDA.
Como artista, o como público, tienes que manifestar tu apoyo, mover tu ficha.
Por favor, entra, y comenta: www.arteenlascalles.blogspot.com

domingo 7 de octubre de 2007

Octubre es esto: escritura automática.

Esta música acabará conmigo. Cada tecla de ese piano es una niña perdida, un parpadeo en la dirección equivocada, en esta dirección. Podemos hablar de las apuestas inútiles, de por qué sigo bebiendo si ya no puedo pensar con claridad o de quien no merece a quién. Pero tengo la mente en otro lado mientras una mujer canta algo en portugués sobre el mar y yo no puedo más que enmudecer. Justo después Ben Western habla acerca del cielo y a mí se me antoja inútil todo ese optimismo. No me apetece mover ficha. Inconscientemente le pego una patada a la escalera y ahora ya no puedo bajar de aquí. Las voces se apresuran en acudir al asedio, descalzas y a un ritmo de días nublados. Esta vez son bienvenidas y me invitan a un cigarro, que casi me apetece. En cierto modo tengo mejores excusas para beber que tú, pienso, pero enseguida me doy cuenta que no es cierto. La voz habla de Londres ¿Una vez estuviste allí, verdad? Creo que te enamoraste allí. Qué más da, hace mucho tiempo de aquello. Todos miramos al suelo en los aeropuertos. Aún no me he ido. Ya sabes, todo eso. Echo mucho de menos Dublín. Quisiera saber quien es el cabrón que está tocando el contrabajo en este momento y al imaginar que igual se trata de un hombre infeliz alivio mi envidia. El cabrón soy yo, desde luego. Seguidamente suena un saxofonista que murió a los 26 años y en mi cabeza aparece una lista de jóvenes suicidas que admiro. Recuerdo bromear sobre el seconal, fue hace poco tiempo y seguro que ella también lo recuerda, aunque no le haga ni puta gracia. Me abrazaba fuerte cuando se lo comentaba, enfadada y asustada al mismo tiempo. No te hagas el duro, me chilla Miles, con él no se discute. Me pregunto cuántas veces despegó los labios malgastados de la trompeta para emborracharse en uno de esos clubs europeos pensando en Juliette Gréco. Qué miserable te sentirías cada noche que tocabas en la sala Pleyel de Paris, donde os presentaron, al ver que ella ya no acudía a verte tocar. Así que no me toques los huevos, querido. Pero volvamos a esta habitación. Te hablaba antes, por cierto, de apuestas inútiles en clave de metáfora. Ya sabes: poesía. Pero pretendo ahora hacer acopio de sinceridad, sinceridad que achaco al Jack Daniel’s que me guardé en casa y que no me sabe a nada. Animarte a buscar otros objetivos a sabiendas del naufragio y todas esas cosas que una vez escuché en una canción de Silvio. Dijiste que te gustaban sus canciones. Quizá fue otra persona, qué importa. Está entrando frío por la ventana y tengo frío, tanto que se me antoja una despedida con abrazos pero no tengo ni siquiera una camisa limpia a mano para cubrirme. Todo este desorden. Sería útil algo similar a una prueba de embarazo, un cacharro que con solo enseñar tu foto pueda decirme si es que estoy perdiendo el tiempo o hay algo más. Ahora que lo pienso, no tengo ninguna y me parece ver un gato morado como el de Alicia sonriendo con ironía, pero esto no es el país de las maravillas. Si tan solo. Pero no me hace falta. Vuelven a la carga las teclas frías de un piano. No voy a poder dormir y el reloj del ordenador marca casi las tres de la mañana mientras un músico con una vida de fracasado me habla de la medianoche. No trato de ser irónico. Tampoco quiero que salga el sol, ni me apetece nada levantarme para ver a Luís. Vino a Valencia hace poco, tal y como yo le recomendé, pero sin avisar. Su presencia aquí ahora se me hace egoístamente incómoda, pero en el teléfono sonaba suplicante y triste -como siempre- así que me hizo sentir culpable. El muy capullo. Es un tango andante, este tipo. Tengo un hambre atroz y en la nevera hay poco aparte de un poco de arroz así que vuelvo sigiloso al pequeño cuarto con un pepino y un poco de sal. Si supieras lo terriblemente ridículo que me siento ahora mismo, dando mordiscos al pepino, pensando en qué piensas tú, tiritando de frío con la ventana abierta, borracho y escuchando una emisora de música que me deprime. El locutor confiesa que no le gusta la canción de Chiara Civello que acaba de poner, pero a mi me pone la piel de gallina. Al parecer no sé de jazz y me emociono con tonterías. Como tú.

Cucaracha totalmente homicida (nohagaisestoencasa,chicos)

miércoles 3 de octubre de 2007

Circulos Concentricos

Los malditos editores no paraban de agobiarle, ellos, y el miedo, (o tal vez una curiosidad morbosa, de saber si finalmente la inspiración se había evaporado para siempre), le empujaron a querer escribir.

Debían de ser alrededor de las 11:42 a.m., de octubre. Un cielo gris, como un ojo acusador, se instalaba al otro lado de la ventana. Él se escondía, de las nubes culpabilizadotas, del agresivo mundo que aguardaba fuera, sitiando su tranquila y pacífica soledad. Se escondía de las llamadas agresivas de teléfono, los pagos atrasados, y de todos los deberes que no era capaz de satisfacer. Deberes que reflejaba el horario que él mismo había confeccionado pocos días antes.

Por un momento tuvo de nuevo esa reacción natural en él. Deseaba huir. Pero sabía que por mucho que viajase sus problemas no iban a abandonarle jamás, que él era una de esas personas con problemas, que daba igual cuantas veces fuera a empezar de nuevo porque siempre , siempre, iban a reaparecer, en cualquier parte del globo.

Con cierto resentimiento miro alrededor de su estudio, una habitación de menos de 20 metros cuadrados, desordenada aunque no desastrada. Buscaba un objeto inspirador, una realidad que fuera capaz de desencadenar la palabra mágica que provoca una caída incesante de frases, como una larga fila de fichas de dominó.

Reclinó la cabeza hacia atrás. Hizo crujir su espalda. Recordó lo que el médico le dijo hace un par de días, acerca de su peligrosamente prematura escoliosis. Recordó los ejercicios abdominales, la prohibición de fumar, recordó que no recordaba su último cigarro. Quizás mejor así. En su caza de la palabra oculta, no encontraba más que referencias a la luz gris del exterior. Si encontraba dinero, recordaba que tenía que pagar. Si miraba sus libretas recordaba a los editores, si miraba la toalla de baño goteando recordaba la natación, y si miraba el teléfono recordaba que no sonaba, y peor, caía en la cuenta de que estaba deseando que sonase.

Dejó su cuerpo muerto encima de su mesa, durante un brevísimo espacio de tiempo, no más de 6 segundos, y entonces se puso a teclear: “Los malditos editores no paraban de agobiarle. Ellos, y el miedo, (o tal vez una curiosidad morbosa, de saber si finalmente la inspiración se había evaporado para siempre), le empujaron a querer escribir.

Debían de ser alrededor de las 11:42 a.m., de octubre. Un cielo gris, como un ojo acusador se instalaba al otro lado de la ventana. Él se escondía, de las nubes culpabilizadotas, del agresivo mundo que aguardaba fuera, sitiando su tranquila y pacífica soledad, de las llamadas agresivas de teléfono, los pagos atrasados, y de todos los deberes que no era capaz de satisfacer al horario que el mismo había confeccionado pocos días antes.

Por un momento tuvo de nuevo esa reacción natural en él. Deseaba huir. Así que antes de escribir ni una frase, hizo las maletas y huyó. Ese fue el principio de todo”



Texto: Pepe Ruiz Andrés (el Aviador)

Fotografía: Aída Quiensinó

Música: Radiohead (Paranoid Android)

martes 25 de septiembre de 2007

El Idolo

La muchedumbre se agolpa en las calles, colapsando el tráfico, de manera y con modos irracionales, en dirección a casa del ídolo. Gritan su nombre, se dejan llevar por la histeria colectiva. Los hombres beben y llevan grandes antorchas. Las mujeres, emperifolladas, agarran fuerte a sus hijos de la mano. Todos gritan. La turba esta descontrolada. Van a matarle.

El en cierta manera lo presupone, y bebe la última copa de su última cena. Sin entender el sentido de todo ello acepta su destino, porque sabe que él no es nadie sin su público.

Texto: Pepe Ruiz Andrés
Fotografía: Aída Quiensinó



lunes 10 de septiembre de 2007

One minute to midnight


Es siempre el mismo sueño. La repetitiva, recurrente y asfixiante pesadilla que me asalta siempre que no me lo espero, acechándome en noches tan tranquilas como esta, en las que aparece sin ningún sentido para despertarme mientras grito en mitad de la noche. Es siempre tan real.... pero esta vez me mantendré en mi sitio y esperare a despertarme, disfrutando del espectáculo de mi inconsciente.

Lo bueno de soñar lo mismo tantas noches es que sabes lo que va a suceder inmediatamente. En primer lugar me encuentro en mi cama, desvelado en mitad de la noche, contemplando, como de costumbre, como entra la luz amarilla de las farolas por el tragaluz inferior de la ventana; admirando el juego de luces y sombras. Es algo que suelo hacer durante algunas crisis insomnes para quedarme dormido, mi particular forma de contar ovejas. Y hasta aquí todo marcha bien.

Pero de repente, soy incapaz de moverme, no puedo realizar ninguna clase de movimiento, es como una parálisis repentina. Primero intento mover los dedos de los pies, pero no puedo hacerlo, y luego intento incorporarme para ver si los tengo dormidos, pero es como si hubiera una superficie sólida e invisible que me impidiese doblar el cuerpo. Comienzo a perder la paciencia, y trato de dar patadas al aire, pero mis piernas están amarradas al colchón. Tampoco puedo mover los brazos ni los dedos de las manos. Fuera de mi, trato de gritar con todas mis fuerzas, pero algo mantiene mis dos filas de molares soldados entre si. Aun así grito, y solo emito un impotente mugido que no es capaz de llamar la atención de Blanca, que duerme en el cuarto contiguo. Mis pulmones se van quedando sin aire, me ahogo muy lentamente.

Aquí es donde generalmente me doy cuenta de que es un sueño, de que me he quedado dormido al revés, y en mi propio sueño intento darme la vuelta para respirar en el mundo consciente, aunque suelo despertarme antes de conseguirlo. Pero no esta vez, hace segundos que tendría que haberlo hecho. Algo va mal.

Una voz que sale de ninguna parte me susurra al oído: “idiota, esta vez no es un sueño”, antes de ser pasto de mi asfixia.

lunes 3 de septiembre de 2007

Instintos Primarios

Correr es una acción.Pero a parte también es un medio para conseguir algo. Quizás se trate de huir, o de perseguir algo. La cuestión, ahora, es el qué, y hasta los primeros 200 metros, no sabia muy bien mi propósito o bien algún porque para mi acción. En momentos así, cualquier tipo de razonamiento queda anulado por un fluido irracional interior. Sencillamente es una actitud que me nace. Caminar deprisa y no pensar. Alguien dijo que la gente camina deprisa para olvidar. Otras veces tal vez fue así, pero no esta. Esta no.

“Me voy. ¿Dónde? No lo se, si llama dile que en cuanto pueda lo haré”. Un portazo y un ser primitivo, ciego de odio, corre sin sentido y sin una finalidad clara de momento. Hago esfuerzos por calmarme, pero solo 20 segundos. Dos cafeteras en menos de una hora son suficientes para construir un fuerte muro de irracionalidad (esa es mi excusa, aunque dudo que un tribunal me absolviese por enajenación mental transitoria, acogiéndome a una alta dosis de cafeína). Poco a poco, todas aquellas sensaciones van tomando cuerpo, como en la elaboración de una escultura grotesca, oscura, y terriblemente expresiva. Odio. Yo le odio. Y si lo hago es por una profunda desconfianza en mi mismo. Si no me quiero nada, si no me valoro, tengo miedo, y si tengo miedo busco un porque, un enemigo. La agresividad contra él es producto de mi propio miedo, de mi propia falta de autoestima. No necesito medicación ni psicólogos para justificar todo esto. Ya he reflexionado muchas veces sobre ello y no me estoy diciendo nada nuevo.

Resulta agradablemente perverso imaginar su sufrimiento. Hay tantas maneras y tantas formas... mi favorita es verle huir en un pasillo estrecho, con ojos de terror sabiendo que su final esta muy cerca. Yo detrás, mientras escojo la herramienta mas adecuada. Nada sofisticado. Armas primarias para sensaciones primarias. Un bate de baseball. Una palanca de hierro oxidada... millones de posibilidades. Me recreo en sus suplicas y alaridos al ver su rodilla partida antes del golpe de gracia. No me imagino que le diría. Creo que no soy capaz de emitir nada con sentido. Solo mi expresión macabramente hierática antes de salpicar mi cuerpo con su sangre.

Aunque la orgía se detiene en un punto de inflexión. La plaza es enorme. Lo horizontal me detiene, me hace pensar...estar tranquilo. El cielo, el mar... esa clase de cosas. Inspiro. Espiro. Vuelvo a inspirar mientras busco mi paquete de tabaco. Espiro mientras lo encuentro. Inspiro buscando el mechero. Inspiro y espiro hasta que me enciendo el cigarro. Un par de caladas en el limbo y llego a una conclusión.

“Voy a matarle”. Doy otra calada. “Le matare. Suena como siempre, pero esta vez lo digo enserio. Se a donde voy, se lo que estoy buscando. Quiero sentir como todos y cada uno de sus granos post-puberes rebientan cuando mis nudillos les golpeen”.

“Te matare gordo asqueroso, solo tengo que encontrarte. Es una cuestion de tiempo. No tengo prisa”

sábado 18 de agosto de 2007

Ain't no sunshine when..

Acumular datos y/o recuerdos,
meterlos en la mochila.
Los llevarás allí donde vas.

Mete los libros en las cajas,
en las más anchas y poco hondas
pues son lo que más pesa.

Apoyate en la puerta
y fotografía mentalmente todo lo que puedas.
Algún día -piensas-
querrás recordarlo.

Lo que no te destruye
es una pérdida de tiempo.

jueves 19 de julio de 2007

Dales de comer a los perros

Ya vienen.

Marcar mis iniciales
con las cenizas de tu pelo.
Para que sepan
que estuve aquí.

Ya llega la niebla
masticando mis ojos
con el viento en los bolsillos.

Son labios sus balas
contra eso no hay muro
cuando la esperanza es
recuerdo
de lluvia
y no queda verdad
más que en la huída.

Contra la pared,
mis dedos dibujan una G.
Yo
estuve
aquí.

lunes 2 de julio de 2007

Escritura a oscuras

Derribo muros de sonido
esta noche
Mi voz reluce
aún ténue,
dividida entre dos.

La propia sala sucumbe al silencio
y los pies
-mis pies-
apuntan al techo.

Ya no sueño,
escucho al genio,
que habla demasiadas veces
de verdades y periódicos.

Ya no hay sirenas,
y escribo a oscuras
para que las palabras
me sorprendan
al
amanecer.